Suscríbete desde 3,99€/mes

Contenido exclusivo para suscriptores digitales

Opinión

En el mar revuelto, mantener el timón

unca hubo tantos grupos de whatsapp, de videoconferencias, tantos vídeos circulando, tanta imaginación, ingenio y entretenimiento. Y tanta información confusa y conflictiva acerca de la pandemia. Es lógico que en una situación tan nueva, sorprendente y cambiante, las opiniones sean dispares y los juicios y pronósticos contradictorios. Hay muchas incógnitas e incertidumbres. Se nota la ausencia de una autoridad mundial que guíe en este camino tortuoso y peligroso. Alguien que establezca normas en las que apoyarse. La OMS no consigue tener esa «auctoritas» que todos deseamos, el CDC americano ha perdido su prestigio, el europeo nunca lo tuvo. En España, el Ministerio, reducido a mínimos, tiene que convencer a los gobiernos autónomos, que son los que tienen la autoridad.

En este naufragio flota una tabla que puede ser de salvación. Los Institutos Nacionales de Salud de EE UU acaban de publicar una guía consensuada por expertos de máximo prestigio para el manejo de la enfermedad Covid-19. Han tratado de exponer sus recomendaciones basadas en las mejores pruebas científicas dando a cada una la fuerza que corresponde en función del saber acumulado a la fecha.

No hay dudas sobre cómo se debe establecer el diagnóstico: con la prueba de PCR. Un breve homenaje a su diseñador, Kary Muller, por el que obtuvo el premio Nobel. Murió este año. Decía que había tenido una revelación mientras conducía por la autopista de la costa californiana buscando un lugar para hacer surf, su verdadera pasión. Mientras su mente divagaba, se le ocurrió una forma simple de amplificar partes del genoma. De esa manera se podría identificar fácilmente la cadena de nucleótidos que interesa. En este caso, la que caracteriza a nuestro virus. Ha tenido una importancia capital en la comprensión y manejo de muchas enfermedades.

La pregunta es: a quién realizar la prueba. Porque depende de cuántas y a quién se haga así será la incidencia de casos confirmados. Si todos siguen la misma estrategia, las cifras serán comparables. NIH establece tres prioridades que no se diferencian sustancialmente de lo recomendado por el Ministerio. Lo que importa aquí es que si realmente el NIH mantiene el prestigio que una vez tuvo, estas recomendaciones pueden servir para armonizar el manejo y poder comparar incidencia y resultados entre países.

La primera prioridad es realizar el diagnóstico virológico en pacientes hospitalizados y trabajadores sanitarios con síntomas. Una vez asegurado que se puede hacer a toda esa población se pasa al segundo círculo: personas con síntomas mayores de 65 años o con factores de riesgo que viven en residencias de larga estancia y trabajadores con síntomas que están en la de primera línea de respuesta. Cubiertas esas necesidades se puede extender la realización de la prueba en lugares de alta tasa de hospitalización, a los trabajadores de infraestructuras de sectores críticos, a los de salud y primera respuesta. En esta tercera prioridad ya se incluye a todos los ciudadanos con síntomas leves o moderados.

Los enfermos con síntomas leves o moderados son el porcentaje mayor de posibles casos de Covid-19. Hasta el momento, en España la recomendación es aislamiento domiciliario vigilado por la atención primaria. Aunque no figuran en las estadísticas, estos casos se comunican, de manera desigual, a la autoridad central. El Instituto de Salud Carlos III ofrece análisis de sus características y ahí podemos aprender muchas cosas.

Consensuada la guía para manejar la estrategia diagnóstica, queda la segunda gran decisión en medicina: cómo tratar. No cabe duda que ante una enfermedad tan agresiva uno se sienta inclinado a emplear cualquier medio terapéutico que pueda ofrecer la más mínima esperanza. Y así se está haciendo, de forma muy variable. El problema, y así lo reconoce el Ministerio y lo confirman los NIH, es que no hay suficientes pruebas a favor o en contra de los medicamentos que se emplean, sean para detener al virus o para controlar la respuesta inmunitaria desbocada, que a veces es la peor consecuencia.

Qué hacer entonces. Pues tal como recoge la investigación realizada por los NIH, hay cientos de ensayos clínicos en marcha. La recomendación es usar los medicamentos en ese contexto.

El imperio del ensayo clínico como casi única herramienta para confirmar la utilidad terapéutica tiene algunas consecuencias negativas. No cabe duda de que es la forma ideal, pero no siempre la mejor. Son muy caros, se desarrollan en un ambiente difícilmente reproducible en la práctica cotidiana, producen muchas desigualdades entre pacientes, clínicos y hospitales. La alternativa de los estudios observacionales bien diseñados no se puede desdeñar. Con la capacidad que hoy se tiene de recoger información por medios electrónicos, es hasta cierto punto posible controlar esas variables que ensucian los resultados. Así pues, el reto se centra en definir qué datos se deben recoger y en hacerlo de forma estandarizada. Es una práctica ya habitual en algunos entornos para varias enfermedades y actuaciones. Si se consigue un protocolo consensuado, los centros o servicios que tienen dificultades para entrar en ensayos clínicos podrían colaborar al conocimiento que tanto se precisa y su experiencia no sería vana.

Para continuar leyendo, suscríbete al acceso de contenidos web

¿Ya eres suscriptor? Inicia sesión aquí

Y para los que quieren más, nuestras otras opciones de suscripción

Compartir el artículo

stats