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Juan Tapia

Nuestro mundo es el mundo

Juan Tapia

Madrid no es Wall Street, ¡lástima!

América tiene un presidente «especial» que hace pocos días aconsejaba desinfectantes de limpieza contra el coronavirus (luego lo calificó de broma). El número de muertos supera ya el de los ocho años de la guerra de Vietnam. El PIB ha caído en el primer trimestre y suman ya 30 millones los trabajadores que en las cinco últimas semanas han pedido acogerse al desempleo.

Es una gran catástrofe. Y sin embargo el índice más representativo de Wall Street (el S&P) ha subido un 12,8% en abril, su mayor aumento mensual desde 1987. Y un 30% desde el mínimo del 23 de marzo. ¡Increíble! Y no es sólo una locura americana. El Dax alemán subió en abril un 8% e incluso nuestro triste Ibex recuperó un 3%.

Paul Samuelson ya enseño que la bolsa predijo bien nueve de las últimas cinco recesiones de su tiempo. Y Paul Krugman insistía el viernes en que la bolsa no es la economía. Claro, pero ¿por qué los inversores -gente con posibles, más los fondos de pensiones, que quieren ganar- compran cuando las expectativas son tan negras?

Deben tener alguna fe en que las fuertes medidas de apoyo a la economía de los estados y de los bancos centrales (la FED americana y el BCE) van a dar frutos y doblegar la recesión a no muy largo plazo. También que el desconfinamiento que, con grandes cautelas, los países están iniciando va a tener éxito. Y crecientes esperanzas en el logro de una vacuna -o de medicamentos que nos acerquen a ella- a primeros de año.

Lo indudable es que «el dinero» (término primitivo) compra hoy porque espera beneficios. Y los diarios americanos recuerdan que en la crisis del 2009 Wall Street empezó a subir en marzo mientras que el rebote (el americano) no llegó hasta entrado el otoño.

¿Tendrá razón «el dinero»? Sería lo mejor. Tanto para los que lo tienen como para los que no. Pero hoy la realidad española es muy otra. El PIB ha caído un 5,6% en el trimestre -más que la media europea, aunque menos que Francia- y las previsiones oficiales (siempre contenidas) son de una caída del 9,2% el 2021, una subida hasta el 19% del paro y un brusco aumento (del 2,8% al 10%) del déficit público. Y la deuda pública -la espada de Damocles- pasará del 96% al 115% del PIB. Además, la recuperación del 2021 será menor y no volveremos a los parámetros del 2019 hasta el 2022.

Rezando para que Wall Street acierte, aquí lo más sensato sería tejer un pacto amplio de los partidos, los interlocutores sociales y las comunidades autónomas para respirar (mal), prorrogar los ERTE y aguantar el paraguas mientras dure la tempestad.

Pero el pacto parece imposible y además el Gobierno surgido tras las elecciones de noviembre carece de mayoría parlamentaria, algo que no sucede ni en Gran Bretaña ni en Alemania ni en Francia ni en Italia. Todo más complicado. Y este ejecutivo débil tiene que pedir cada quince días la prórroga del estado de alarma. Ahora para algo tan inédito y difícil como un desconfinamiento gradual, por fases, que impida que la epidemia rebrote.

Cierto que hasta ahora el estado de alarma ha sido aprobado, acompañado de grandes broncas, por amplias mayorías (269 votos sobre 350 votos la última vez), que incluían a partidos tan heterogéneos como el PP, Cs y el PNV, y con la abstención de ERC y Bildu. Pero ante la prórroga de la próxima semana todo está muy confuso. El Gobierno ha perdido apoyo, al menos aparente, de partidos que le acompañan desde el primer momento (el PNV) y no ha sabido acordar nada con comunidades de distinto signo que critican el cuadro provincial de la desescalada.

Si la prórroga del estado de alarma es derrotada, la crisis sanitaria y económica empeorará y todos pagaremos las consecuencias. La responsabilidad de los partidos que votaran en contra sería alta. También la del Gobierno que no parece haberse esforzado en un diálogo imprescindible.

¿Cómo afrontaría España los graves meses que se avecinan con un gobierno desautorizado y sin visible mayoría de recambio?

En Wall Street hay brotes verdes pese a que los últimos ataques de Trump a China (el presidente teme por su reelección en noviembre), truncaron el viernes su marcha adelante. En Madrid, un bloqueo político la próxima semana, en la prórroga del estado de alarma, demostraría que las cosas, por muy mal que estén, siempre son susceptibles de empeorar.

Los ciudadanos no se merecen este plus de castigo. Sólo se beneficiarían los populistas que creen poder engordar con la miseria económica y la miope estupidez de los partidos democráticos. Desde Pablo Casado a Gabriel Rufián pasando por Pedro Sánchez.

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