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Gerardo Muñoz

Momentos de Alicante

Gerardo Muñoz

Los albores del turismo

Procedente del inglés «tourist» y este del francés «tour», la Real Academia Española (RAE) incluyó en su diccionario por primera vez en 1914 el término turista, con el significado: «viajero que recorre un país por distracción y recreo». El vocablo turismo fue recogido en español primero por el lexicógrafo Manuel Rodríguez-Navas en 1918 («Diccionario general y técnico hispano-americano») y luego por la RAE en su diccionario en la edición de 1925.

Pero en la prensa alicantina hacía ya muchos años que se empleaban estos vocablos, aunque como extranjerismos. En la página 3 de La Unión Democrática del 9 de julio de 1886, ya se lee «tourista». Su derivado «tourismo» tardó un poco más en aparecer: La Voz de Alicante, 17 septiembre 1904, página 1.

Casetas de Baño

Por lo tanto, quienes venían de fuera de Alicante en verano para disfrutar de los baños de mar, no fueron conocidos como turistas hasta la década de 1880. De ahí que las consideradas primeras guías turísticas alicantinas no mencionen el término turista, sino forastero: «Guía del alicantino y el forastero en Alicante», de José Pastor de la Roca (1875), «Guía de Alicante: manual del alicantino y del forastero», de José Alfonso Roca de Togores (1883). Estos foráneos veraneantes venían a nuestra ciudad desde hacía muchos años antes, procedentes de poblaciones del interior de la provincia y del país, sobre todo de Madrid.

Las primeras casetas de baño se levantaron junto al muelle, frente a la actual Casa Carbonell, durante la tercera década del siglo XIX. De la primera que se tiene noticias es de 1834, instalada por Miguel Pascual de Bonanza, según Antonio Ramos Hidalgo. Cada año, los propietarios de las casetas debían desmontarlas al finalizar la temporada de baños y pedir permiso para levantarlas al inicio de la siguiente, pero la realidad es que muchas permanecían todo el año, ya que estaban construidas con mampostería de yeso y pilares de piedra, contraviniendo así la Ley de Aguas.

Balnearios

Tras la llegada del ferrocarril que conectó Madrid con Alicante en 1858 el número de veraneantes foráneos aumentó considerablemente.

En septiembre de 1875, las autoridades decidieron derribar las 30 casetas de baño por haber abusado sus propietarios de las licencias, estableciendo en ellas tiendas, bodegas y hasta viviendas, haciendo intransitable la playa y provocando la queja de los pescadores. Con autorización gubernativa, se permitió la instalación de balnearios en la playa del Postiguet. Llegaron a ser once, cuatro de los cuales eran de grandes dimensiones y permanecieron de forma permanente, mientras que los restantes se montaban y desmontaban a principio y a final de la temporada veraniega. Los últimos dos balnearios fueron desmontados definitivamente en 1969.

Trenes botijo

Ramiro Maestre Martínez, redactor del diario madrileño La Correspondencia de España, era un entusiasta del clima alicantino. En 1893 ideó una posibilidad barata de viajar desde Madrid a Alicante en trenes especiales durante la temporada de baños, consiguiendo condiciones económicas para una estancia mínima de once días. El 20 de agosto de aquel año fletó el primer tren, que realizó el viaje en dieciocho horas, con una tarifa de 12 pesetas por el billete de ida y vuelta. Aunque la mayor parte del trayecto se hacía de noche, la costumbre de los primeros pasajeros de portar botijos para combatir el calor y la sed dio nombre a este tipo de tren. Pronto se establecieron seis trenes anuales, desde julio hasta septiembre.

Con los trenes botijo aumentó considerablemente el número de veraneantes (conocidos ya como «touristas») que llegaban a Alicante. El negocio de los balnearios también creció y algunos propietarios de estos adquirieron también hoteles y posadas para albergar a sus clientes. Es el caso de Tesifonte García Vázquez, que en 1912 compró el balneario Diana y, por cien mil pesetas, adquirió el Hotel Palace.

En 1917, en plena guerra mundial, los trenes botijo fueron suprimidos pese a traer alrededor de 30.000 turistas cada verano.

Propaganda del clima y Residencia de invierno

El 25 de octubre de 1880, el diario madrileño El Imparcial publicó un artículo titulado «Una residencia de invierno» en el que se resaltaban las recomendables condiciones del clima alicantino. El fundador de dicho periódico, Eduardo Gasset y Artime, solía pasar largas temporadas en Alicante.

En dicho artículo se afirmaba que Málaga y Alicante (sobre todo esta última) eran dos ciudades españolas que poseían condiciones climáticas magníficas y superiores a otros lugares de Francia e Italia, elegidos entre los turistas como lugares de residencia en temporada de invierno: Cannes, Niza, San Remo. Con una temperatura media de 11,2 grados entre los meses de diciembre y febrero, Alicante era una residencia sin rival, sobre todo para los enfermos, decía el artículo de El Imparcial, ya que la ciudad era «una lengua de tierra llana y extensa que penetra en el mar, acariciada por las brisas y donde se respira con igual pureza y plenitud que a bordo, sin los inconvenientes del peligro y el mareo que acompañan á la vida del mar». Al día siguiente, el diario alicantino El Constitucional reproducía el artículo y lo celebraba: «Si Alicante sin anuncio ni propaganda de ningun género, por la bondad incuestionable de su clima ha empezado de algún tiempo á esta parte á atraer una distinguida colonia forastera durante la estacion de los fríos, júzguese hasta qué punto se verá concurrido y cuan alto vuelo tomará en cuanto vayan siendo conocidas las escelentes condiciones climatológicas con que plugo á la naturaleza favorecernos».

El 11 de febrero de 1897, La Correspondencia Alicantina se hacía eco de una noticia de un periódico de Málaga en la que se anunciaba que «en breve se celebrará en aquella localidad una gran reunión de capitalistas con el objeto de poner dicha población en condiciones de ser una excelente estación de invierno», y a continuación instaba a las autoridades alicantinas a que activasen «los trabajos emprendidos por la comisión de propaganda de nuestro clima».

A finales del siglo XIX y principios del siguiente fueron publicados varios trabajos propagandísticos del clima alicantino y de promoción de la ciudad como residencia invernal para turistas. Así, en 1881, la Sociedad Amigos del País publicó una memoria que escribieron el secretario de esta sociedad, Carlos Sánchez Palacios, y el médico Vicente Navarro Albero sobre el clima de Alicante. En 1883 fue editada la «Topografía Médica de Alicante», del médico Evaristo Manero, premiada por la Real Academia de Medicina de Barcelona. En 1889 fueron publicadas «Alicante, estación sanitaria», de Federico Parreño Ballesteros, y «Residencia invernal de Alicante», de Esteban Sánchez Santana. En 1899 vio la luz «Alicante, estación invernal», de Pedro Sañudo Autrán. Entre 1895 y 1909 apareció, dividida en tres partes, «Reformas en Alicante para el siglo XX», de José Guardiola Picó. En 1908, «Utilidad de los baños de mar», de Pascual Pérez Martínez, publicado en Diario de Alicante. En 1913, «Alicante, sus bellezas y su clima», de E. Tomassetti y J. Coloma.

El objetivo de estas publicaciones era convencer a las autoridades alicantinas de que debían realizar las actuaciones necesarias (higiénicas, urbanísticas y sociales), para convertir la ciudad en una verdadera residencia invernal, una ciudad ideal para acoger a los enfermos ricos de Europa, aprovechando los datos climatológicos que se extraían del observatorio meteorológico que funcionaba en Alicante desde 1855, los cuales demostraban la abundancia de días despejados de que se gozaba en los meses de invierno, los denominados «días médicos».

La propuesta más concreta que se hacía en este sentido era de Sánchez Santana: la creación del llamado «Sanitarium», un núcleo residencial urbanizado dentro de la ciudad, adentrado en el mar y situado en la playa de Babel, a la sazón con mejores condiciones para la renovación del aire que la del Postiguet. Estaría formado por pabellones para albergar a cien familias, incluido el personal de servicio, y contaría con iglesia, jardines, bibliotecas, servicios de baños y aeroterapia, gimnasio y sala de esgrima. Calculaba el coste en 750.000 pesetas, que podrían financiarse, como el barrio de Benalúa, por medio de un sistema de acciones entre particulares.

El profesor Jorge Olcina apunta una curiosidad respecto a esta promoción del clima invernal de Alicante a finales del siglo XIX: «coincide con una fase cálida de la temperatura en todo el planeta que, sin duda, permitió el desarrollo de inviernos algo más suaves».

www.gerardomunoz.com

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