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Opinión

Aire de Gary Cooper

La «nueva normalidad», esa descripción tan inquietantemente tranquila, o tan inútilmente necesaria que nos contó el presidente hace diez días, ha venido y nadie sabe cómo ha sido. También nos contó no sé qué de unas fases y sobre qué hacer con la paella de los domingos (sobre si bajar al bar y encargarla, o hacerla en casa con lo que haya. Yo me perdí, la verdad. Otra cosa es que nos hubiera dicho qué hay que ponerle a la paella durante la fase cero. Ahí sí hay un debate). Este sábado fue más al grano porque tener el estado de alarma como único plan simplifica bastante, y poder gastar dieciséis mil millones también ayuda, y a todos nos hacen los ojos chiribitas, incluyendo a los presidentes de las autonomías, pobres, que nadie les echa cuentas. Que uno ve y oye a Urkullu -con ese aire de jota que dios le ha dado- sin poder mover un papel sin que se lo firmen en Madrid, que no deja de dar un poco de lástima.

En la nueva normalidad, esa descripción fantasmagóricamente real, ya no tenemos diecisiete autonomías, sino que tenemos otra vez cincuenta y dos provincias, como cuando íbamos a quinto de EGB. También tenemos un líder de la oposición que lo que más le gusta es hacerse fotos en los lavabos con cara de intenso, mientras se deja el grifo del agua abierto. A Fraga le cabía el estado en la cabeza, pero a Casado se le está yendo por el sumidero. Respecto al más televisivo de todos, Iglesias, cuando habla de manera tan bajita y tan queda, no sé por qué tiendo a pensar que quizá, quizá sea todo táctica, o quizá todo estrategia. O quizá todo sea una táctica estratégica, vete tú a saber, maquinada mientras se mesaba los cabellos frente al espejo. Otro desperdiciado en esta crisis, en cualquier caso, que no sabe a qué palo agarrarse para aparecer.

Y es que, pese a la gravedad de la situación, que aconsejaría arrimar a cuantos más partícipes mejor, a nuestro presidente le gusta presentarse solo ante peligro. Por no llamar, no llama ni a los de su partido (si es que existiera, su partido). Y ante las cámaras es un armario. De buena planta, pero un armario. Y empotrado, además. No hay manera de que traspase alguna de las seiscientas veinticinco líneas de nuestros televisores, qué se le va a hacer, con unos discursos además demasiado largos, con demasiados lugares comunes y que acaban siendo demasiado plomizos. Y eso que si se pusiera el sombrero y la cartuchera le daría aún más ese aire a Gary Cooper que parece que le gusta. Pero yo creo que ni con esas.

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