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Opinión

Tras el virus, un otoño caliente

Estamos en un momento en que las mayorías políticas de España se enfrentan deambulando bajo el palio peligroso de ese virus que no quiero nombrar. Mientras la derecha de siempre se apoderó de la salud nacional, la izquierda en coalición se adueñó de la verdad. Si lees las redes sociales la derecha discurre por las críticas a las políticas sanitarias del Gobierno, mientras éste deplora el protagonismo de la presidenta de la Comunidad de Madrid, Isabel Díaz Ayuso, en diversos foros de televisión. De hecho, María Casado, que es presidenta de la Academia de la Televisión, fue destituida de TVE por entrevistarla en una trifulca de prioridades con su colega Xavier Fortes. Lo que predomina ahora ya no son las grandes ideas, ni los elevados principios políticos, sino estar en los medios por el motivo que sea. Exhibir verdades que aparecen desteñidas o mostrar a la presidenta madrileña ocupando portadas (en el diario El Mundo) estilo Vogue a toda página, insinuando ser la mejor, aunque no se sabe muy bien en qué.

Eso enerva a la izquierda cuya vicepresidenta primera y ministra de la Presidencia, Relaciones con las Cortes y Memoria Democrática, Carmen Calvo, apareció en los últimos días, afortunadamente recién repuesta de la enfermedad del virus, con aspecto convaleciente, arrebujada bajo una manta y una mascarilla en la soledad de su escaño del Congreso. Nada que ver con la solvencia fresca de Díaz Ayuso, que está robándole protagonismo al propio Pablo Casado, presidente de su partido. Cuando los medios están mostrando todo el rato escenas de dolor en hospitales, caras compungidas, historias traumáticas de superación del virus, incluso de personajes conocidos de diversos ámbitos de la sociedad, da la impresión de que la gente necesita caras nuevas, sonrisas aunque sean a destiempo, incluso se aplaude menos a las ocho, según dicen. Con la fase 1 en media España es como si ya llegara el folclore veraniego.

Mientras los partidos se defienden de las mentiras del otro. A las interminables charlas de los sábados del presidente Sánchez, que mucha gente ya escucha como el serial de la sobremesa, se suceden escenas del Congreso desolado, como si hubiera una estampida del sálvese quien pueda. Media docena de señorías escondidas como en los peores instantes del intento de golpe del 23-F de 1981. En cambio las calles peatonalizadas de muchas ciudades están a rebosar de gente que corre a ninguna parte. Los sanitarios, como si no tuvieran suficiente con los infectados, están perplejos ante la cantidad de lesiones de personas que nunca echaron una carrera y ahora huyen de ellas mismas calle abajo como si el virus las persiguiera con la guadaña en ristre.

La inactividad laboral, el cachondeo insulso y la crisis económica sin evaluar han convertido a las ciudades soleadas en perpetuas carreras ciclistas. La parcelación en horarios de la salida al patio de recreo ha generado mundos diferentes según a qué hora se miren los arcenes. Madrugadores sin motivo que compiten sin meta definida, ancianos enmascarados tras el tapabocas sin dirección clara, o chiquillería correteando sin colegio. Hay que plantearse que hasta septiembre esto seguirá así de «divertido». Como dicen los sindicalistas, habrá un otoño caliente.

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