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Opinión

Sobre la «normalidad» y sus efectos

Llevo contando los días que ahora ya se cuentan por semanas desde que comenzó el estado de alarma. Llevo contando las horas y los minutos que nunca supuse que fueran ni tan largos ni tan espaciados. Llevo buscando el segundo que, en un instante del tiempo, se perdió en un lamento. Y aun así sigo soñando con la vuelta a la «normalidad». Permitidme que la ponga entrecomillado porque la «normalidad» siempre fue una palabra ambigua. Y la ambigüedad forma parte de la existencia misma. Por eso llevo contando los días y las semanas y las horas y los minutos y los segundos de un tiempo que ya no volverá a ser «normalidad». Me refiero a tal y como la hemos vivido.

Y desde que voy deseando la vuelta a esa «normalidad» porque ahora mismo, en el instante que escribo, sigo teletrabajando desde casa, aunque no tengo conexión a internet. La avería se prolonga como lo hace el estado de alarma y como lo hace esa tan ansiada vuelta a la «normalidad». Claro eso también forma parte de la «normalidad».

He leído numerosos artículos. He navegado por las redes sociales, pero me he mantenido casi en silencio, en estado latente, resistiendo como todas y todos nosotros. Me sigo asomando a la ventana a las 20h para aplaudir porque así lo siento. Sigo escuchando desde mi ventana Aromas Ilicitanos que unos vecinos nos regalan todos los días tras los aplausos. No sé qué rostro tienen. Solo sé que siguen siendo puntuales a la cita como el primer día. Conforme avanzaron las semanas y pasamos al horario de verano, un día descubrimos que nuestro vecindario poseía un rostro al igual que nosotras y nosotros. Un día, al fin, nos descubrimos mirándonos, antes sólo veíamos el sonido de unos aplausos. Y mientras hacíamos todo esto seguíamos buscando la «normalidad».

Recordad que ya os he avanzado que la «normalidad» como tal no existe. La «normalidad» es ese estado al que queremos regresar porque en él todo era medible, controlable, adecuado a nuestro modo de vivir y entender el mundo. ¡Cuántas expresiones a lo largo del tiempo nos devuelven a la normalidad! ¡Cuántas ansias escondidas bajo ese manto de infinita «normalidad»!

La última vez que probé las dulces mieles de su infinita belleza, cobijada en ese manto de «normalidad», fue antes de que el estado de alarma se adueñara, él también, de esa característica. La última vez que atravesé el cristal, como Alicia y su espejo, era casi mediados de marzo, y no llovía. El sol brillaba, bueno no, resplandecía. Y casi desconcertada, crucé el umbral de su belleza y me cobijé en esa otra «normalidad». Y así día a día, semana a semana, paso a paso, fuimos perdiendo muchas vidas que un día, también, creyeron en la tan ansiada «normalidad». Y descubrimos que la «normalidad» tenía infinitos efectos, el más peligroso era haber creído en ella.

El silencio se apoderó progresivamente de mi voz y quise ser silencio dormido. Quise ser gota de lluvia, como ese día en que me despedí de mi «normalidad», incrédula todavía a lo que se nos venía encima, y no llovía. Recuerdo un artículo que me devolvió las ganas de coger de nuevo la pluma y escribir. Lo citaré porque me parece de una gran profundidad y belleza. «Después recordaré», de Leila Guerriero. «¿Qué recordaré de todo esto, de los días iguales, de este miércoles que es también domingo, o martes, ya ni sé?», se preguntaba ella.

¿Qué recordaremos? me pregunto cuando ya hemos entrado en esa nueva fase que es la fase 1. ¿Qué recordaremos de todo lo que hemos vivido y aún nos queda por vivir? No puedo olvidar las palabras que escuché por primera vez cuando Ida Grinspan, superviviente de Auschwitz, dijo que no habíamos aprendido nada de todo lo sucedido. Y, sin embargo, pensábamos que sí. Con ella y sus palabras, aprendí a recordar y pensé que la vida ya me había enseñado su lado más oscuro pues se escapaba de la «normalidad». ¡Qué puedo decir ahora que la «normalidad» ha superado todos sus estados una vez más! ¡Qué puedo decir de la «normalidad» y sus efectos sobre la vida que creímos tener!

Es tiempo de volver a recordar que la ciudad que estuvo dormida poco a poco va despertando, que las voces y las miradas que nos han acompañado sigue presentes, que las risas y las lágrimas que compartimos son una muestra de la humanidad que nos hace existir. He vuelto a pasear un día más dentro de esa nueva «normalidad» y he recordado que, hace más de dos meses, no pude ser gota de lluvia porque el sol brillaba. Por eso seré rocío de la mañana para despertar una y otra y otra vez en los abrazos defectuosos de la «normalidad», y descubrir que la «normalidad» no es más que un estado de tránsito entre el querer y el estar.

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