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Juan R. Gil

Análisis

Juan R. Gil

O César o nada

El pasado martes, la líder del Partido Socialista de Euskadi sufrió un escrache, realizado por energúmenos alentados por Bildu, partido que justificó públicamente que se arrojara pintura roja sobre la casa de Idoia Mendieta y le lanzaran pasquines en los que le llamaban «asesina». El PSOE no salió a defender a su candidata. Al mismo tiempo que en Euskadi se cometía ese atentado, en Madrid se perpetraba una ignominia. Pedro Sánchez negociaba en secreto con los agresores de Idoia Mendieta para asegurarse una abstención en la votación sobre la prórroga del Estado de Alarma que ni siquiera necesitaba, aunque él, presa no sé si de un momento de pánico, pudiera pensar que sí. Si la izquierda no tiene principios, ni ética, si no tiene memoria, si consiente que los herederos de los que masacraron a tantos ciudadanos y a sus propios compañeros se sienten a la mesa de la Democracia sin arrepentirse de nada al mismo tiempo que vuelven a campar a sus anchas, si no es capaz de mantener la palabra dada, ni a los ciudadanos, ni a otras fuerzas políticas, ni a los agentes sociales; a todos aquellos que en definitiva forman el cuerpo social, ¿entonces qué izquierda es? Desde luego, no una izquierda digna de ser apoyada, sino la que llevó a Ortega a proclamar aquel estruendoso «No es esto, no es esto».

Ya he escrito muchas veces, al igual que lo han hecho decenas de articulistas, que Madrid es el auténtico agujero negro de la política española. Con el paso de las semanas desde que se inició la pandemia, la burbuja tóxica en la que viven encerrados quienes allí pervierten la política ha ido degenerando hacia la condición, no ya de agujero, sino de sumidero. Con honrosas, pero cada vez menores, excepciones, a sus señorías de la Carrera de San Jerónimo no habría que facilitarles cada vez que pisan el hemiciclo mascarillas, sino bozales. No argumentan: se insultan, se amenazan. Y con ello nos insultan y amenazan a todos. No quieren convencer, sino vencer. Y con ello nos derrotan a todos. No les importan los ciudadanos, sino los tertulianos, y por eso las televisiones son la primera industria -la única, en el sector de la comunicación- para la que se aprobaron ayudas millonarias, con la aquiescencia de todos.

Sí. Ya sabemos que tenemos una de las peores, si no la peor, oposición de Europa. Una oposición a la que se le llena la boca de libertad y democracia cuando persigue con saña siempre que gobierna la primera y se cisca en la segunda en cuanto puede. ¿Acaso no es el PP el padre de la «ley mordaza», que ahora el PSOE, para decepción de muchos, usa también a placer? ¿Acaso no es Vox, más que un partido, una secta, que se embolsa el dinero público sin rendir cuentas de sus actos y pone a los periodistas en la diana con el mismo discurso que antes patentó Herri Batasuna? El PP lleva década y media sin reconocer el resultado de las urnas. Después de Felipe González, ningún presidente socialista le ha parecido legítimo: ni Zapatero, ni ahora Sánchez. Eso es ácido para la Democracia. Vox demostró ayer cuál es su solución para este país, en medio de la crisis más grande de su historia: sacar los coches y las cacerolas a la calle para que el ruido de unos cuantos parezca el clamor de todos. Ya lo hicieron sus conmilitones antes: en España, contra la República; o en Chile hasta acabar, físicamente, con Salvador Allende. A aquel le llamaban criminal, lo mismo que dicen ahora de Sánchez.

Una situación así sólo se combate con pedagogía y transparencia. La única defensa que tiene la Democracia es más Democracia. Pero Sánchez ha escogido justo el camino contrario. En vez de atraerse a los ciudadanos, se despega cada día más de ellos tomando decisiones que no pueden compartir porque no entienden ya que nadie se las explica; en vez de buscar alianzas sólidas para una política, no sólo de contención del virus, sino también de reconstrucción de España, juega de continuo a ese invento de la geometría variable logrando que a la postre nadie se fie de su palabra. Y el peor de los errores: maltrata a quienes más le podrían ayudar, los presidentes autonómicos. Sean del partido que sean, gobiernan. Y puesto que gobiernan, saben que ellos también se la juegan. Quieran o no quieran, tienen que ser leales. Pero también hay que ser leal con ellos. En lugar de eso, Sánchez ha optado por marearlos, pactando con unos lo contrario que con los otros y cambiando de compañeros de partida en cada una de las misas telemáticas a las que les hace asistir los domingos. Teniendo claro todos sus sitio, la cogobernanza habría sido la única fórmula capaz de mantener a raya a los doberman de Madrid. Y la mejor manera de salir del desconfinamiento: nadie como ellos conocen su territorio. Porque todos los presidentes autonómicos -todos, con la única excepción de esa mater dolorosa de apellido Ayuso- han mostrado una sensatez digna de encomio, véase la decisión de Ximo Puig de no pedir el cambio de fase para la Comunidad Valenciana al haber detectado un aumento en la tasa de contagios. Pero Sánchez no ha sido capaz de ceder un ápice en su soberbia. Él, que llegó a la Moncloa en precario, es el primer Mando Único de nuestra historia democrática. Y le gusta.

El colmo de esta deriva se produjo el miércoles, cuando tras la aprobación en el Congreso, merced a los votos del PNV y de Ciudadanos, de otra prórroga del Estado de Alarma por quince días, se supo del pacto secreto con Bildu por el que se anunciaba la derogación íntegra de la reforma laboral aprobada por los gobiernos de Rajoy. No es el qué -el PSOE llevaba esa derogación, si bien como compromiso genérico, en su programa electoral- sino el cuándo, el cómo, el porqué y el para qué. La respuesta a todas estas preguntas conduce a una nueva edición de la Antología del Disparate. El pacto se hizo a oscuras, se ocultó al Congreso pese a estar reunido, no se informó a los propios ministros, lo hilvanaron entre tres -Sánchez, Iglesias y el líder de Bildu, el mismo que había alentado el ataque a Idoia Mendieta-,apartando a Carmen Calvo, a José Luis Ábalos, incluso a Yolanda Díaz, ministra de Trabajo, aunque milita en Podemos; se despreció a los agentes sociales, puesto que ni se avisó a los sindicatos, imprescindibles para lo que está por venir, ni a la CEOE, pese al papel de contención entre los suyos que está haciendo su presidente, Antonio Garamendi; se atacó directamente al PNV -el partido, guste o no, que en España sostiene o derriba gobiernos-, dándole armas a sus rivales en su propio territorio; se dejó con el culo al aire a Ciudadanos, cuando a los de Arrimadas habría que premiarles por la responsabilidad que están demostrando; se puso en un brete a los líderes autonómicos, todos los cuales intentan en sus comunidades mantener el diálogo social con empresarios y sindicatos conscientes del tsunami que se nos viene encima; se recargó de munición de grueso calibre al PP y a Vox y se fracturó aún más el propio Gobierno, que si ya estaba roto entre socialistas y podemitas, ahora está sometido a una tensión insoportable entre dos vicepresidentes: Iglesias, cuya deslealtad con el Ejecutivo de coalición está siendo una constante desde el primer día a pesar de lo cual el presidente le deja alardear de que el verdadero líder de ese Gobierno es él y el único programa su revolución pendiente, y Nadia Calviño, que se vio obligada a echar el órdago de que, o se rectificaba, o dimitía, lo que habría sido terrible para los intereses de España porque es Calviño la única que tiene crédito en Europa y sólo Europa nos puede salvar de la ruina. Lo que habrá que ver es lo que nos cobrarán por ello, pero en esa tesitura que vendrá nadie sensato preferiría que los negociadores en Bruselas fueran Iglesias y Otegi, antes que Calviño.

¿Y todo este desastre, en el que Sánchez ha echado por tierra toda la credibilidad que podía tener, para qué? ¿Por la salud de los españoles, como dice ahora, tras tener que rectificar ante los chuzos de punta que de inmediato le empezaron a llover? No es cierto. La prórroga estaba garantizada con el apoyo del PNV y de Cs y el PP y Vox se habrían quedado, con su voto en contra, en el mismo bando que los independentistas, los antisistema, el pobre Baldoví, mareado por los suyos e increpado sin ningún miramiento por los otros... y Bildu. Pero a Pablo Iglesias Ciudadanos le repele y el PNV es el enemigo a batir, con la ayuda de Bildu, en las elecciones vascas. Así que esto no fue de salud pública, sino de cálculo político mezquino: de pegarle una patada al tablero y volver a empezar, jugando con la seguridad jurídica de empresarios y trabajadores y con la imagen del Estado en el peor momento posible. Pero fue un cálculo en el que entró de hoz y coz Sánchez aun a costa de poner en peligro la gobernabilidad del país e incluso los resultados de los suyos en Euskadi. Porque Sánchez porta el mismo blasón que los Borja (Borgia cuando lo italianizaron) : «O César o nada». Y así vamos. Camino a la nada.

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