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Tomás Mayoral

Opinión

Tomás Mayoral

Director de INFORMACIÓN

El mapa, el «baron noir» y la prudencia del miedo

Una España es la de la fase 3, a punto de salir de lo peor de la emergencia, lo que la convierte en la aristocracia regional del virus

No sé si Pedro Sánchez le habrá recomendado ya a Ximo Puig la serie francesa «Baron noir» que emite HBO, un descarnado fresco de la ¿peor? política (es decir, de la que le gusta a los políticos, al menos en la ficción: recuerden que para casi toda nuestra clase política «House of cards» fue como los patios del horario escolar para los niños) con la que, al parecer, ha aliviado sus cuitas el presidente durante el confinamiento. Y digo que no sé si se la habrá recomendado porque las crónicas cuentan que se la ha elogiado encarecidamente, animándoles a verla cuanto antes, a «los suyos» y si tenemos que hacer caso a algún comentario reciente ( Carlos Mazón llegó a decir con una poco habitual falta de ambages que Ximo no pinta nada en Madrid) nuestro president no parece encontrarse entre ellos.

Sin ánimo de destriparles la serie, que a mi modesto juicio (y aquí quedo pendiente de que José Antonio Martínez siente doctrina sobre el tema) convierte «Borgen» en un idílico y lejano pícnic danés, en «Baron noir» conviven un presidente cesarista, un «barón» territorial que tuvo que enfrentarse a «monsieur le Président» cuando este decidió soltar lastre en plena campaña electoral y algunos secundarios en los que el parecido con la realidad dista de ser casual. Es verdad que no hay pandemia y que la moralidad de los políticos en la ficción es más ramplona y unidimensional que en la vida real. Pero aun así, coincidencias, haylas.

Olvídense un momento de esta introducción que tal vez cobre sentido unas líneas más adelante y observen el mapa que ilustra el artículo. Refleja las dos Españas que al menos esta vez no van a helarle el corazón a ningún españolito, pero que al «arribafirmante» le dejaron el pasado viernes con una seria duda sobre el discurso oficial que Ximo Puig ha venido defendiendo hasta el presente. Una España es la de la fase 3, a punto de salir de lo peor de la emergencia, lo que la convierte en la aristocracia regional del virus. Y otra España es la de la fase 2, el curso de los alumnos atrasados, de los que peor han afrontado las consecuencias del virus, y gran «zona 0» patria de la pandemia. La pregunta es: ¿realmente merece la Comunidad Valenciana estar en esta última?

Cuando algunos censuramos seriamente a Sánchez con la innombrable discriminación a la que sometió a la Comunidad Valenciana en el pase a la fase 1, se inició un proceso que, visto lo visto, ya no tenía marcha atrás. Alguien bien informado apuntó entonces certeramente: «Lo malo no será no pasar ahora, sino que sigamos descolgados después». Pues ahí están nuestros peores temores plenamente confirmados.

Ahora, hagamos una segunda reflexión. La Comunidad Valenciana es la única comunidad turísticamente importante de España que sigue en fase 2. Nuestras comunidades hermanas, no por más hermanas menos competidoras, y con algo que decir en la industria, incluyendo Andalucía, que se descolgó primero pero ha recuperado para Málaga el lugar que su potencia turística merece, han rebasado el Hades de las fases donde, sinceramente, no me la jugaría en unas vacaciones. Dirán ustedes, seguramente con razón, que en julio poco importará todo esto porque todos habremos salido ya a la «nueva normalidad». Pero muchos de ustedes también habrán entendido la gravedad del varapalo que supone para la imagen de una zona turística que espera centenares de miles de visitantes el encontrarse en «zona de riesgo» no para cuando vengan, en el futuro, sino cuanto los turistas tienen que contratar sus vacaciones, lo que en teoría está pasando ahora. Sobre todo cuando todas las demás sí han pasado de fase y publicitan en el mundo, como debe de ser, las bondades de su situación.

Vuelvo a preguntar: ¿realmente merecemos estar al nivel de Madrid, de Barcelona o de ambas Castillas? ¿Tan mal hemos hecho las cosas, tan indisciplinados hemos sido que nos hemos ganado a pulso esta posición tan pobre? ¿O es que realmente no nos hemos querido atrever a pasar de fase? ¿Y si es así, por qué?

Ximo Puig es un político prudente. Nadie puede discutirlo. Pero que Puig sea prudente no convierte a Urkullu, Feijoo, Fernández Vara o Armengol en unos presidentes imprudentes y temerarios por haber hecho todo lo posible para que su comunidad saliera de esa situación cuando antes en la «fase 3». Ellos tienen, en la mayoría de los casos, como ya se demostró cuando no pasamos de la «fase 0», peores datos y ratios que nosotros. Pero han pasado. ¿Son unos completos irresponsables? La diferencia es que ellos pidieron, batallaron y no dejaron en ningún momento de exigir que les dejaran gestionar la salida final del proceso de fases. Lo hicieron sin ningún complejo aunque pertenecieran al mismo partido que el presidente del Gobierno. Pero Ximo, por prudencia, o por miedo a un no que resultaría letal políticamente para él, no lo pidió. Ni siquiera su petición de que en «fase 2» se permitiera la movilidad entre provincias de la misma comunidad fue atendida, bofetón menor comparado con el de la «fase 0», pero bofetón al fin. El ministro Illa nos dejó claro que no merecemos ser excepción en nada.

A veces la aconsejable prudencia que un político debe cuidar al gobernar esconde miedo. Y no siempre es malo, porque el miedo puede ser un gran consejero. Pero el miedo es también una droga paralizante. ¿Quemó todas sus naves Ximo Puig cuando se convirtió, por un par de días, en el «Philippe Rickwaert», de la política española y se enfrentó realmente por primera vez a Sánchez? ¿Se le acabó ahí el fuelle opositor, aunque ese fuelle lo alimente la razón y la defensa sin fisuras de los intereses de la Comunidad que invocó sin aparentes equívocos cuando se rieron de nosotros en Madrid, no sería realmente justo andarse con paños calientes en este caso, en el paso a la «fase 1»?

Rickwaert, el amoral pero infatigable protagonista de «Baron Noir», es un ejemplo ambiguo, como lo es todo en política, de que en este territorio no hay medias tintas. Laugier, el político al que se ha enfrentado Rickwaert, que era su amigo personal e, incluso, padrino de su hija, jamás olvidará, especialmente ahora que es presidente de la República Francesa, que uno de los suyos le traicionó y hará todo lo posible por cargárselo. La lucha no es a primera sangre, como en los duelos románticos, sino a muerte. No por más política, menos muerte. En guerras como esas siempre quedan daños colaterales más graves de los que los contendientes quieren reconocer. ¿Es en lo que nos estamos convirtiendo?

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