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Consecuencias económicas y sociales de la pandemia

La lectura del último informe de Oxfam ("Una reconstrucción justa es posible y necesaria") sobre los efectos socioeconómicos de la pandemia del covid-19 en España nos pone los pelos de punta. Nunca podremos decir que, dados los alrededor de treinta y mil muertos que desgraciadamente hasta ahora ha causado el virus en nuestro país, las consecuencias socioeconómicas pueden llegar a ser tan trágicas como las de los fallecidos que la crisis sanitaria ha causado. Pero la magnitud de los efectos a nivel económico-social que está ya causando y los que amenaza seguir produciendo en esos aspectos no le va desde luego a la zaga. Y la paradoja es que los trabajadores esenciales, esto es, los de los equipos sanitarios y los otros sectores de personal que estuvieron en el frente directo de la lucha contra el virus, procedentes de las clases populares y medias de la sociedad, puede ocurrir que sean otra vez los más perjudicados en el proceso de reconstrucción económica con el que se trate de dar una respuesta a la situación crítica por la que atraviesa España y el resto del mundo, como ocurrió con la Gran Recesión. En realidad, los datos que nos proporciona el citado informe para España, pasados sólo cinco meses desde el impacto en nuestro país del virus, van de manera evidente es esa dirección. Y sería del todo injusto que las políticas de reconstrucción no tuviesen en cuenta esos hechos y de nuevo, como en 2008, fueran los de abajo los que terminaran pagando esa pesada factura que nos deja la pandemia. La tasa de paro en estos cinco meses ha pasado del 13% al 19% y el número de pobres podría aumentar en más de 700.000 personas hasta alcanzar la situación de pobreza a más de 10,8 millones. Este aumento de la pobreza castiga sobre todo a las mujeres y los migrantes y puede llegar alcanzar al 23,1% de la población, esto es, a casi uno de cada cuatro españoles. Por comunidades, las más afectadas en términos relativos por esa pobreza son, según nuestro informe, Baleares, seguida de Castilla y León y en cifras de pobreza absoluta destaca Andalucía con 201.000 pobres. Y la caída del PIB en la renta neta disponible será más acusada en Extremadura, Canarias y Andalucía. Esto es: la pobreza castigaría sobremanera a las comunidades ya de por sí más pobres del conjunto estatal y menos a las más ricas como País Vasco, Cataluña y Madrid. Pero la pandemia ha aportado no sólo más pobreza, sino también mayor desigualdad social. Su impacto económico y social afecta sobre todo a las rentas más bajas, porque el desempleo que está produciendo es asimétrico afectando, sobre todo, a las personas con menos niveles de renta. El índice de Gini que expresa la desigualdad en una sociedad aumentaría en 1,7 puntos hasta alcanzar los 34,2 puntos. Bastante más que en la crisis económica anterior. Una distribución desigual de la riqueza que hasta puede apreciarse cualitativamente y que casi me atrevería a calificarla como obscena. Entre el 18 de marzo y principios de junio de este año, esto es, en alrededor de 79 días los millonarios de la lista Forbes han visto aumentar el valor de su riqueza en algo más de 19.200 millones de euros. Si no queremos que esos efectos sociales negativos de la pandemia caigan, como en la crisis anterior, sobre los más débiles (bastante han padecido ya estos los de la crisis sanitaria) es necesario, como apunta el informe de Oxfam, por una parte, reforzar la actuación de los poderes públicos para que adopten políticas en ayuda de los más débiles. Y eso significa, desde luego, hacer más progresivo el sistema fiscal cuya presión es todavía inferior al de los grandes estados de la Unión Europea. Pero evitando que, al final, como suele ocurrir, ese tipo de reformas no castigue en realidad a las clases medias que están siendo también un sector masacrado por los efectos de la pandemia. Del mismo modo debe quedar claro, según los autores del informe, que la respuesta a la pandemia debe ser global. Los líderes mundiales (la pregunta es si realmente los hay en la actualidad), y en particular el G-20, deben desarrollar un plan global de salud pública y emergencia para salvar vidas humanas. Como también debe de articularse un plan de rescate económico mundial a la altura de la crisis para impedir el colapso económico global. Recomendaciones estas últimas pertinentes, sin duda, pero que la realidad de la geopolítica mundial actual con personajes y líderes del nivel intelectual y sobre todo la calaña moral de Trump, Bolsonaro, Putin y Johnson a la cabeza de sus estados, es difícil que puedan hacerse realidad.

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