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¿Vida trascendente?

Sobre el concepto de Evolución, la mejor explicación del mecanismo que nos acerca a Dios

La palabra trascendente viene del latín "transcendere", empezar a conocerse algo que estaba oculto; extensión de las consecuencias de un hecho; superación de un determinado límite. Y hay que reconocer que el alcance semántico de la RAE no puede estar mejor aquilatado: lo que trasciende va más allá de lo habitual. El fenómeno de trascendencia está ciertamente relacionado con el concepto científico de "evolución", que es una acción de desarrollo que implica cambios de estructura, de forma, de pensamiento o de conducta, relacionados con la adaptación a las variaciones ambientales. Estos cambios pueden ser rápidos o "taquitélicos"; o lentos, esto es "braditélicos". También se pueden clasificar en "ortogenéticos" (rectos, afortunados) y "clinogenéticos" (declinantes, desafortunados), como los definimos en Biología: pero hay que decir que la Evolución (dicha así, con mayúscula) es más que puramente biológica: hay evolución física, psicológica, social, histórica, química y cosmológica, como también literaria, artística y política. Yo he tenido la gran suerte de ser discípulo, primero, y modesto colaborador, después, de dos grandes paleontólogos y evolucionistas, los doctores Crusafont Pairó y Truyols Santoja, de cuyo gratísimo trato y buen recuerdo me siento privilegiado, que me trasmitieron a su vez su admiración por el profesor Teilhard de Chardin. Por eso mismo, no puedo entender que aún hoy en algunas universidades americanas se niegue el proceso evolutivo. Simplemente con asomarse a la Anatomía Comparada, las pruebas son abrumadoras. Bajo el punto de vista didáctico, basta con invitar a ordenar cronológicamente las imágenes de una trirreme, una carabela, una fragata a vela, un barco de vapor y un submarino nuclear, para notar los cambios progresivos de sus diseños y su mayor funcionalidad. Curiosamente, la Evolución, que inicialmente fue recibida con reticencia y reparos en medios eclesiales, es hoy (en mi humilde opinión personal) la mejor explicación del mecanismo que nos acerca progresivamente a Dios, por el camino de la trascendencia entre lo simple y lo complejo; lo material y lo espiritual, y pasando por la aparición de la conciencia. Lo que la Teología es incapaz de explicar clara y racionalmente para algunos hombres de buena voluntad se puede alcanzar intuitivamente por la experiencia mística. La pregunta nos interesa seguramente a todos: ¿es nuestra vida trascendente? Todo parece depender de creer o no creer. Y esto último es más sentimiento que ciencia. Yo no soy milagrero, pero creo firmemente que el providencialismo divino alcanza a todo lo creado, y lo tengo constatado experimentalmente por mis propias vivencias: en una noche de noviembre de 1936, una granada de artillería cruzó el cielo de Oviedo e hizo astillas mi cuna. Aparecí entre un montón de escombros protegido por la colchoneta (¿milagro? No, realidad). Once trozos de metralla impactaron en la habitación. Un segundo pepinazo impactó allí pocos minutos después, incrustándose en una pared; pero no explosionó, probablemente por una defectuosa manipulación de la espoleta del proyectil, aunque seguramente el artillero era el mismo: ¿segundo milagro? No. Simplemente, pertinaz asistencia de la Providencia Divina. Tras estas dos experiencias vividas a los nueve meses, he salido vivo de otras seis o siete situaciones posteriores, próximas a la muerte. Es fácil comprender por qué soy providencialista acérrimo: la Providencia me ha protegido descaradamente, por encima de toda probabilidad racional. Pasados con generosidad los 80 años, seas creyente o escéptico, es inevitable preguntarse por la otra vida: ¿existe? Científicamente, es difícil de probar el sí o el no. La humanidad lo ha intuido largamente: y se ha dicho con sensatez que la especie humana queda positivamente distinguida de cualquiera otra animal, desde que entierra y venera a sus muertos, reconociendo implícitamente que de alguna manera están vivos. Llevamos miles de años con esta tradición piadosa y elogiable. El respeto y devoción a los muertos es propiciado por las más relevantes religiones que se pronuncian por la trascendencia, aunque con diversas modalidades. La moderna Tanatología (ciencia de la muerte) estudia con interés el problema de las llamadas "experiencias cercanas a la muerte", con trabajos como los de Kubler Ros, Moody, Osis, Haraldson y otros, que coinciden en algunos aspectos fundamentales: aumento generalizado de la esperanza de vida; sentimientos de dudas y miedos, que se recomienda sustituir con la aceptación de lo que es un hecho natural; mejor tolerancia con la edad avanzada y sus consiguientes limitaciones, que algunos interpretan como una piadosa y providencial anestesia ante el trance; progresiva tolerancia al dolor, cada día más controlable; confianza en la Providencia Divina, que aporta calma y resistencia moral; claro reconocimiento de la real existencia de la bondad y la maldad en este mundo material, que ya sería un verdadero paraíso si la maldad desapareciera. Tal vez podríamos concluir que la humanidad evoluciona de lo material hacia lo espiritual, en un proceso lento pero continuado de "ortogenia" (evolución positiva ascendente). El simple repaso de la Historia nos lleva a tiempos pasados peores. Hay también un cierto consenso en que el otro mundo se debe parecer bastante a este, filtrando o eliminando lo malo que se sufre aquí. Con esa visión, la muerte supone simplemente acercar para cada uno de nosotros ese proceso de transformación positiva. En resumen, la receta es sencilla: hay que ser "buenas personas" y no causar daño a los demás. Y, puestos a escoger procedimientos, mejor la Mística que la Teología, que es más complicada y menos convincente. Si ahora me extendiera en explicar lo que es la "Mística" probablemente los budistas, que son en general gente excelente, me lo reprocharían, porque nuestra mejora requiere, en su sano criterio, algún esfuerzo personal. Como probablemente tienen razón, les invito a consultar el diccionario o en internet. Merece la pena.

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