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Gerardo Muñoz

Momentos de Alicante

Gerardo Muñoz

Matalino Pusa: la agencia de colocación

El veterano inspector Pepe Amat Carbonell fue aquella mañana del jueves 14 de junio de 1888 al barrio de Santa Cruz de Alicante, para inspeccionar una agencia de colocación de sirvientes.

En los últimos diez días habían sido robadas de manera misteriosa dos valiosas joyas en las casas de doña Luisa Pasqual de Bonanza y del barón de Finestrat. En ambas casas hacía poco tiempo que habían entrado a servir dos jóvenes criadas que no eran sospechosas puesto que las alhajas fueron robadas en los días en que ellas se hallaban disfrutando de su descanso semanal. Pero como el joven inspector Pepito Carratalá había advertido que las dos criadas habían encontrado sendos trabajos gracias a la misma agencia de colocación de sirvientes, el escrupuloso Amat decidió visitar dicha empresa. Lo hizo sin previo aviso, seguro de que sería bien recibido puesto que el «Reglamento para la vigilancia del servicio doméstico» obligaba a los responsables de las agencias de colocación a facilitar cualquier inspección, por imprevista que fuera, so pena de tener que pagar una multa de 25 pesetas si incumplía la primera vez y perder la licencia si era la segunda.

Magdalena

Amat se encontró con que la agencia en cuestión no era una oficina al uso, sino una vivienda común, situada en el primer piso de un edificio que se levantaba en una de las calles más empinadas y estrechas del barrio de Santa Cruz. Según el libro de registro que había consultado en la Inspección de Vigilancia, la licencia del Gobierno Civil había sido extendida cinco meses antes a nombre de Magdalena Pons, viuda sin hijos de un directivo de la Compañía Española de Tabacos de Filipinas, quien había acreditado debidamente las condiciones de moralidad y honradez requeridas. Había llegado a la ciudad, proveniente de Manila, hacía poco menos de un año.

Tras subir la escalera y llamar a la única puerta del primer piso de aquel edificio, Amat fue recibido por un personaje muy peculiar. Por su indumentaria parecía un sirviente, pero iba descalzo y tenía su cabellera negra sin peinar. Era un filipino delgado y no muy alto, de edad difícilmente calculable para el observador occidental, cuya principal característica era su amplia y, como pronto descubrió Amat, eterna sonrisa.

El filipino saludó sonriente e inclinando la cabeza, escuchó atentamente la presentación del visitante y, tras hacer un gesto con sus manos que significaba claramente que debía esperar en la puerta, desapareció diligente en el interior de la vivienda. Tardó solo unos segundos en regresar con paso rápido y silencioso, para invitarle a pasar haciéndole una reverencia y sin dejar de sonreír.

La primera impresión que le causó a Amat aquel piso fue de asombro. Por su ubicación, esperaba encontrar una vivienda humilde, sin apenas decoración, pero muy al contrario descubrió que estaba repleta de muebles y enseres exóticos, en apariencia valiosos, aunque de un lujo ciertamente extravagante. También sorprendió al inspector, según avanzaba por el pasillo y accedía a la estancia principal, la cantidad de gatos que allí había. Dejó de contar cuando llegó a la decena. Eran gatos de diferentes razas, colores y tamaños. Se acordó de una noticia que, hacía unos cuatro años, había leído en El Constitucional y que le pareció una prueba palmaria de la frivolidad alcanzada por la sociedad sibarita anglosajona. Según esta noticia, en Londres se había establecido una hospedería de gatos: «Los anuncios dicen que por la módica suma de un chelín y seis peniques semanales (unos siete reales y medio), se dará á cada gato sólida alimentación y una hermosa y espaciosa jaula», informaba el diario alicantino. La estancia principal no era muy grande, pero estaba abarrotada de muebles: un aparador de madera maciza de mango turquesa pintado a mano, sobre el cual había varios jarrones y una varita de incienso de sándalo desprendiendo un olor que invadía toda la estancia; una mesa grande y redonda pintada del color del coral, con multitud de objetos diversos encima; un gran sofá de cuero oscuro, acompañado por un sillón de mimbre negro y un par de sillas de bambú.

Las paredes estaban decoradas con tapices artesanales, siendo el más grande el que había colocado detrás del sofá, con un elefante bordado en color rosado sobre fondo azul. Casi todo el suelo estaba cubierto por alfombras de variados colores.

Una mujer oronda estaba más echada que sentada en el sofá, rodeada de cojines y gatos. Estaba tocada con un pañuelo a juego con la amplia y llamativa túnica de seda que vestía, con extraños dibujos estampados y de colores vivos. Ni siquiera hizo el amago de intentar incorporarse ni ofreció asiento al recién llegado. Se presentó como la dueña de la casa y, en cuanto Amat le dijo el motivo de su visita, ordenó al filipino con voz imperiosa y el ceño fruncido que trajese el libro de la agencia.

Durante el minuto y medio que el filipino tardó en regresar a la sala, anfitriona y visitante estuvieron callados. Él, de pie, con el sombrero en la mano y observándola a ella, que permanecía indiferente, mirando y acariciando a los gatos que se acomodaban o se restregaban en diferentes partes de su corpachón. Era tan obesa que su rostro carecía de arrugas, pero Amat sabía, por los certificados que había presentado para adquirir la licencia de agencia de colocación de sirvientes, que tenía 61 años.

La luz solar entraba a raudales por un balcón cuyas puertas estaban abiertas. En él había una palangana donde bebían los gatos. También vio Amat en el balcón dos plantas. Una estaba en una maceta y era un geranio. La otra, más grande, crecía en un recipiente mayor y era desconocida para él.

El filipino le entregó un libro a Amat, que este hojeó de pie. En él constaban los nombres de los criados a los que la agencia había proporcionado colocación y las casas en las que habían entrado a servir. A cada uno de ellos la agencia había cobrado una peseta. La misma cantidad había cobrado la agencia a los dueños de las casas en las que habían sido colocados los criados.

Amat contó con sus ojos húmedos nueve nombres de sirvientes registrados en el libro. Todos menos uno eran mujeres jóvenes. Entre ellas estaban, en efecto, las criadas de doña Luisa Pasqual de Bonanza y del barón de Finestrat. Extrajo de un bolsillo de su levita una libretita de notas y un lapicero, sin pedir permiso se sentó en una silla que había frente al aparador, se acomodó mejor las lentes sobre la nariz y copió los otros siete nombres.

La mujer miró al inspector con desdén, pero no protestó. Tampoco lo hizo cuando, después de devolverle el libro al filipino, Amat se dirigió hacia el balcón, donde examinó detenidamente la planta cuyo nombre no conocía, de unos treinta centímetros de altura, velluda, hojas de borde dentado y flores de color amarillo y rosa. Ante la atenta mirada de la anfitriona y del filipino, Amat olió el tallo y las hojas. Desprendían un suave olor cítrico.

Mántuc

Al regresar al centro de la salita para despedirse, Amat se encontró con que la mujer le miraba con sonrisa burlona.

-¿Le gusta la hierba gatera? Espero que no se frote con ella y se revuelque en el suelo de placer, como hacen mis gatos.

Su voz era desagradable, áspera, como la que tienen los muy aficionados al aguardiente.

-¿Cómo se llama? -preguntó el inspector a la mujer, señalando al filipino, que esperaba de pie junto a la puerta de la sala.

- Mántuc -contestó ella.

-¿Hace mucho que le sirve? -volvió a preguntar Amat con su voz grave y pausada.

Magdalena levantó la mirada al techo mientras pensaba, antes de responder:

-Mi marido lo trajo a nuestra casa de Manila pocos meses después de que se fundara la compañía de tabacos. Así que?, hace siete años que Mántuc entró a formar parte de la familia.

-¿Le tiene registrado como sirviente?

Magdalena se removió en el sofá, con su enorme papada balanceándose como una carúncula de gelatina, y desplegó hacia el inspector una llamarada de reproche.

-Como le acabo de decir, Mántuc es como de la familia, no un criado. Aún era menor de edad cuando le conocí y, aunque no oficialmente, en la práctica mi marido y yo lo adoptamos como hijo -masculló la mujer. Luego continuó hablando algo más relajada-: Mántuc era huérfano y se crio con los jesuitas en Butuán, hasta que el padre Saturnino Uríos se lo presentó a mi esposo. Es un buen cristiano que me hace compañía como el mejor de los hijos.

Amat volvió a observar al filipino. Sus pantalones anchos y ligeramente cortos y su camisa blanca con dos franjas de bordados en el pecho seguían pareciéndole un uniforme de sirviente. Pero Magdalena, que adivinó sus pensamientos, le dijo:

-No se confunda, inspector. Lo que lleva puesto Mántuc es un barong tagalog, una prenda de tela de piña muy común entre los hombres elegantes en Filipinas.

Levemente turbado, Amat se despidió de la mujer y fue acompañado por el sonriente Mántuc hasta la puerta de la vivienda.

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