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Joaquín Rábago

Erdogan desanda el camino del padre de la República laica turca

Visité una vez Santa Sofía hace ya muchos años, y todavía recuerdo la impresión que me produjo aquella bellísima cúpula central soportada por cuatro arcos y sobre todo aquel enorme espacio interior penetrado por la luz desde todas partes.

La armonía y el sentido de la proporción de la que fue originalmente una catedral ortodoxa, construida en la capital del imperio bizantino por los arquitectos Antemio de Trales e Isidoro de Mileto y dedicada a la Santa Sabiduría por el emperador Justiniano, son realmente únicos.

Como lo es su historia: convertida en mezquita tras la conquista de Constantinopla por el sultán Mehmed II, fue luego de nuevo catedral durante el breve imperio latino (1204-1261) que siguió a la reconquista de la ciudad junto al Bósforo en la Cuarta Cruzada.

Volvió a ser mezquita durante siglos hasta que en 1934, Kemal Atatürk, el primer presidente de la República turca y artífice de la modernización del país la convirtió en museo, lo que hizo que recuperase muchos elementos de la simbología cristiana que habían quedado ocultos bajo el islam.

Esa transformación, parte del importante proceso secularizador acometido por Atatürk, no fue, sin embargo, obstáculo para que en adelante acudieran a Santa Sofía creyentes de las distintas religiones monoteístas lo mismo que agnósticos o ateos en busca bien de la espiritualidad, bien de una experiencia estética.

El actual presidente turco, decidido a desandar el camino andado en su día por Atatürk , ha querido reconvertir Santa Sofía en mezquita como parte de un proceso de reislamización del país y recuperación de su pasado otomano.

Ese gesto ha suscitado fuertes reacciones de repulsa no sólo en la iglesia ortodoxa de Rusia, Grecia o Armenia, en el mundo católico y protestante, sobre todo entre quienes abogan por el ecumenismo y la tolerancia, sino también por parte de la UNESCO, que ha solicitado un debate al respecto.

Para el sociólogo y teólogo islámico austriaco Mouhanad Khorchide, Erdogan es “un falso abogado de Dios” ya que profesa un “islam político” que traiciona, según él, los valores profundos de esa religión como son, según afirma, el amor, la espiritualidad o la fraternidad.

En opinión de Susanne Schröter, directora del centro de investigación Globaler Islam, de Frankfurt, Erdogan aspira a liderar un imperio neo-otomano, para lo que recurre a absurdas comparaciones históricas como cuando 2017 habló de la Unión Europea como una alianza de cruzados.

El ministro turco de Exteriores no ha dudado, por su parte, en poner como ejemplo de lo que pretende hacer su Gobierno con Santa Sofía la conversión de la mezquita de Córdoba en catedral católica: su denominación oficial es “Catedral de la Asunción de Nuestra Señora” .

Y hurgando en la herida, uno de los siete Emiratos Árabes Unidos, el de Sharjah, hizo recientemente un llamamiento a favor de recuperar para el culto islámico la mezquita cordobesa, algo que viene reclamando también desde hace años la Junta Islámica de España, pero que rechaza tajantemente el obispado de esa ciudad andaluza.

Mal andamos cuando se busca resucitar viejos conflictos religiosos para hacer con ellos política como hace Erdogan o como, desde el extremo opuesto, hacen también quienes como el ex presidente del Gobierno español José María Aznar se queja de que ningún musulmán haya “pedido perdón por conquistar España y estar allí ocho siglos”.

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