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Europa a través del espejo

Con el Plan Europeo de Recuperación, nace la unión financiera

Tras arduas negociaciones en una excepcionalmente larga reunión del Consejo Europeo, el 21 de julio de 2020 los líderes han acordado que la Comisión Europea (el ejecutivo comunitario), en nombre de la Unión, emita deuda por valor de 750.000 millones de euros para alimentar el Plan Europeo de Recuperación. Este Plan financiará préstamos (360.000 millones) y transferencias (390.000 millones) a los estados, pero también reforzará algunas partidas del presupuesto comunitario ordinario, como el programa de investigación Horizonte Europa. Esta emisión de bonos de la Unión se amortizará con cargo al propio presupuesto, cuyo techo de ingresos se eleva hasta el 2 por ciento de la renta bruta comunitaria, desde el 1,4 actual, al tiempo que se acuerda introducir una tasa europea al plástico no reciclado y se encarga a la Comisión la elaboración de propuestas para crear un impuesto paneuropeo digital y un impuesto en frontera al C02 importado. Pero todo ello requerirá la unanimidad en el Consejo de Ministros de la Unión Europea, la aprobación de los veintisiete parlamentos nacionales, lo que no estará exento de dificultades, y por el lado del gasto, la participación del Parlamento Europeo. Será preciso acelerar el proceso, sin menoscabo del papel de la Eurocámara, para garantizar que las ayudas lleguen lo antes posible a las economías más necesitadas, como la nuestra.

En todo caso, en lo que al Plan de Recuperación se refiere, se trata de un acuerdo de dimensiones históricas, tan solo comparable a la creación del euro. Nunca la Unión había realizado una emisión de deuda por una cantidad tan elevada y, sobre todo, por primera vez el capital captado no se destinará solamente a préstamos, sino también a financiar el presupuesto comunitario y a otorgar ayudas directas a los Estados más afectados por la pandemia del coronavirus. Se estima que nuestro país recibirá algo más de 70.000 millones de euros en subvenciones, y otro tanto en créditos blandos, para reactivar la actividad económica y reforzar la transición ecológica y la digitalización. Para poner en perspectiva la magnitud de la ayuda, se trata de diez veces más de lo que en su momento España recibió en concepto de los fondos estructurales y de cohesión. La concesión se vinculará como es lógico a la presentación de planes nacionales de recuperación y de proyectos solventes, que deberán ser coherentes con las recomendaciones de la Comisión en materia de reformas estructurales. El logro de Pedro Sánchez en esta cumbre solo es comparable al éxito de Felipe González en 1992, cuando logró arrancar la política de cohesión en una reunión del Consejo Europeo en Edimburgo.

Es sin duda un gran triunfo para el interés general europeo, además de particularmente beneficioso para el pueblo español. Con este Plan, Europa se dota por fin del ansiado eurobono, en su versión más federal, ya que es la Unión y no los estados quien lo emitirá, creando por tanto una unión financiera. Este nuevo activo financiero, además de apoyar la recuperación, profundizará el mercado de capital europeo y el papel internacional del euro como divisa para las transacciones comerciales y de reserva. Además, el Consejo Europeo se ha puesto de acuerdo en acompañarla con una unión fiscal (tributos paneuropeos) que haga creíble la amortización de la emisión, si bien no será nada fácil concretar estas propuestas que requieren la unanimidad de los estados miembros y de sus parlamentos nacionales.

Sin duda, el correlato lógico de estas dos uniones es la unión política plenamente federal, para así asegurar la legitimidad y la rendición de cuentas democráticas de los empréstitos, es decir, otorgando al Parlamento Europeo un papel reforzado, del que ahora carece, en la aprobación de futuras emisiones de deuda y de los nuevos gravámenes, además de constitucionalizar el nuevo instrumento. La Conferencia sobre el Futuro de Europa, que debe empezar en otoño de 2020, es el foro más indicado para abrir esta importante y trascendental reflexión.

¿Quiere esto decir que el acuerdo es perfecto? En absoluto. Como toda negociación europea, las cesiones y renuncias son inevitables, por parte de todos. El precio que se ha pagado por acordar la creación de eurobonos federales es sin duda elevado, pues los mal llamados estados frugales, bajo la amenaza del veto, que hay que eliminar de una vez, han vendido caro su consentimiento a un nuevo instrumento, el de la deuda comunitaria, que detestan, y que saben que difícilmente lograrán evitar que se haga permanente.

Así, han obtenido la posibilidad de cuestionar y paralizar, mediante recurso al Consejo Europeo durante al menos tres meses, el desembolso de la ayuda a algún Estado miembro, lo que, sin constituir un derecho unilateral a bloquearlo indefinidamente, sin duda supone un engendro intergubernamental en una norma que en todo caso hay que negociar con el Parlamento, además de generar inseguridad jurídica y potenciales polémicas políticas. Con carácter general, es de esperar que la Eurocámara luchará por obtener poderes similares a los que aspira el Consejo a la hora de aprobar los planes nacionales de recuperación.

Pero, sobre todo, no solo se han mantenido los llamados cheques, devoluciones sobre la aportación al presupuesto de las que se benefician Alemania, Austria, Dinamarca, Holanda, y Suecia y que pagamos todos los demás, sino que para los cuatro últimos se han aumentado muy considerablemente. Merkel tuvo el detalle de no reclamar subir el de su país. También se ha incrementado la fracción por el coste de recaudación de los ingresos comunitarios, y que se quedan los Estados, del 20 al 25 por ciento (el coste real se estima en el 10 por ciento). Tampoco ha prosperado vincular el Plan de Recuperación al cumplimiento de los valores fundamentales, si bien se asume que el Consejo tendrá que decidir sobre la propuesta que en su día hizo la Comisión en esta materia.

Por último, los líderes han fijado en 1,07 billones la posición del Consejo sobre el presupuesto septenal ordinario, conocido como Marco Financiero Plurianual (MFP) para el período 2021-2027, de cara a la negociación con el Parlamento Europeo. Esta cifra queda muy por debajo de la propuesta del Parlamento (1,3 billones), y es también inferior a la de la Comisión (1,11 billones), y al último MFP (2014-2020), que contó con 1,13 billones (pero no queda muy lejos de 1,08 billones resultante de ajustarlo a una UE de 27 miembros).

Si se adiciona el presupuesto a largo plazo de la UE al componente de ayudas directas del Plan Europeo de Recuperación, la suma total resulta en casi 1,5 billones de euros, lo que es muy superior a cualquiera de las cifras manejadas para el próximo MFP, Es cierto que se ha optado más por dar el dinero del Plan a los Estados que por reforzar el presupuesto comunitario, el cual podría haber sido la palanca de la recuperación a través de sus distintos programas, además de financiar las prioridades a medio y largo plazo de la Unión, sin perjuicio de haber igualmente transferido financiación directa a los países.

El Parlamento en una resolución aprobada el 23 de julio de 2020 ya ha manifestado su oposición a los recortes, entre los que cabe lamentar especialmente la reducción del programa de Derechos y Valores y de otros vinculados con la acción exterior, tales como el Instrumento de Vecindad, Desarrollo y Cooperación Internacional, el instrumento de Ayuda Humanitaria o el Instrumento de Ayuda de Preadhesión, que se reducen por debajo del marco presupuestario 2014-2020. Por otro lado, el Parlamento pide reforzar áreas estratégicas, tales como el programa de salud, la investigación, Erasmus Plus, las migraciones, o la defensa. Esta falta de visión de futuro deberá suplirla el Parlamento durante las futuras negociaciones, lo que podría permitir algunas mejoras en el siguiente MFP.

Pero más allá de estas cuestiones, que son importantes, queda el hecho de que el Consejo Europeo ha sabido estar a la altura, en un espíritu de solidaridad, en contraste con la austeridad ordoliberal que caracterizó la crisis del euro a partir de la primavera de 2010, profundizando de paso en la integración financiera y fiscal. Tras el trauma del Brexit, la Unión encara los retos del porvenir con renovada confianza.

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