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Sorbos de fondillón

Azorín con Cervantes

Hace dos semanas, encaramado en el tejado de la bodega, mientras oteaba el incendio que a escasos dos kilómetros de donde yo estaba devastaba parte del bosque de mi pueblo, pensaba en Azorín. Enfrente de mi atalaya, a tiro de piedra, está la pedanía del «Collado de Azorín». Un lugar bucólico y apacible donde el escritor pasó los veranos hasta 1936. Herencia de su madre, escribió allí varios libros y bellas páginas cargadas de evocadores cuadros, donde la naturaleza y los objetos de la casa, con sus nombres casi en desuso, resucitaban de su sabia mano. Largos paseos con su hermano Amancio por los parajes de Alforins, la Forna y la Gralla -de esta última dijo Don José María Román que era el paraíso del perdigote- hoy calcinados, le sirvieron de inspiración. Tierra de secano, con cientos de hectáreas de viñedos de Monastrell, olivos y almendros, están todavía rodeados de laderas repletas de pinos frondosos y monte bajo seco como la pólvora. Los fuegos estivales quedaron recogidos en el diario de Bernardo Rico, capataz de las fincas de la familia Martínez-Ruiz, que en 1898 escribió: « Estuvo todo el día el Coto de Monóvar quemando, pero mui de veras». Luego Bernardo se refiere al propio Azorín y dice: «Se quedó el señorito Pepe el domingo en el Collao».

En junio de 1944, Azorín recogió varios artículos sobre el autor del Quijote que publicó en Espasa Calpe bajo el título «Con Cervantes», donde imaginaba a Don Miguel dormitando en una sencilla cama de bancos idéntica a la que Azorín usaba en los veraneos del Collado. Más adelante el escritor monovero imagina un banquete al que Sancho, cual gobernador de la Ínsula de Barataria, es obsequiado por el doctor Pedro Recio de Tirteafuera: « Hemos traído de todo, según se convino, señor gobernador. Aquí hay vino de Esquivias, ligero y fresco, meloso Fondillón de Alicante, generoso vino de Málaga, aromático Jerez, y como estimulante a modo de prefacio, antes de comida, incomparable amontillado».

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