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La ingrata realidad

Con la bancada socialista atestada, incumpliendo la limitación de aforo al saltarse las recomendaciones sanitarias, para así poder surtir de aplausos, al por mayor, al presidente del gobierno, tras su regreso invicto de la cumbre europea, se ha ofrecido al gran público una performance vodevilesca, hábilmente diseminada en pantallas calvinistas.

Momento emocional, coronado por el anuncio de una moción de censura testimonial, auspiciada a sabiendas de que se trata de un viaje a ninguna parte, como pronto corroboró el grupo popular, al negar su apoyo.

Tanta euforia venia a coincidir con el anuncio, asombroso, de la inexistencia del comité de expertos, creado ex profeso durante el estado de alarma, tratando de poner a la ciencia lo más cerca de la verdad, aunque se negase la identidad de sus componentes.

El portavoz sanitario del Gobierno tuvo una irrupción infausta, al declarar "agradezco que los gobiernos belga y británico aconsejen a sus turistas no visitar España, un problema que nos quitan".

Y como anticipo de una nueva realidad, el anuncio de una caída del 18,5% del PIB, dato catastrófico que equivale a entrar en recesión. Con la mala fortuna que la televisión publica ofreció los gráficos de forma oblicua, motivando una nueva rectificación.

En la conferencia de presidentes autonómicos, el jefe del Gobierno madrugó, apropiándose del boquerel, al anunciar que sería él quien se ocupará, personalmente, con el auxilio de una socorrida comisión interministerial, de distribuir el maná de la UE.

Al no haberse alcanzado un consenso sobre la senda de déficit y la capacidad de endeudamiento del País Vasco, tras la fuerte caída de la recaudación fiscal, el lehendakari vasco, había anunciado que no acudiría a la reunión convocada por el jefe del Ejecutivo, con apertura litúrgica del jefe del Estado. Tras alcanzar un arreglo beneficioso para sus intereses, se presentó en el último momento en el Monasterio de Yuso, con el acuerdo bajo el brazo.

Quien no hizo acto de presencia en San Millán de la Cogolla fue el presidente de la Generalitat que, cautivo de emoción republicana y, como dice mi dilecto Joan, corroído por el resentimiento eterno a una España que no conoce, no participó en la discusión sobre la gestión del Fondo de Recuperación para hacer frente a la crisis del coronavirus, con rebrotes tan activos en Cataluña. Flaco favor a los catalanes, huérfanos cuando se barajan las cartas a jugar para mitigar la hecatombe.

Entre tantas emociones yuxtapuestas, un juez francés alivió a un destacado líder terrorista des confinándole de prisión, para salvarle del virus, el Supremo enmendó el error judicial que había condenado al jefe del independentismo vasco y los fiscales de la Sala Segunda no fueron condescendientes con el tercer grado encubierto favorecido por el gobierno catalán a los presos del procés, condenados por sedición.

En la mezcla de hilaridad por la falsa euforia y la indignación por la combinación de todas las crisis que llevan a España a ocupar una posición destacada en el concierto de las naciones, he buceado en un libro reciente, "Twilight of Democracy", escrito por la periodista e historiadora, Anne Applebaum.

Escribe la articulista de The Atlantic: "El ruido de la discusión, el zumbido constante del desacuerdo puede irritar a la gente que prefiere vivir en una sociedad unida por una sola narrativa". Y se detiene en la nostalgia, "en el mejor de los casos, un óxido de la memoria, que la baña en sentimentalismo".

No cabe expresar con mayor elocuencia lo que, en vísperas de una crisis desconocida, embarga a una opinión desconcertada, temerosa, inquieta y silente. A esta gran mayoría, azotada por el ruido y el desacuerdo, no le queda otra opción que renunciar a parapetarse en el burladero de la añoranza.

La puesta en cuestión sistemática de los protagonistas, como consecuencia de pulsiones emocionales, es un error porque, en la ecuación, ninguna de las variables tiene marcha atrás, como pondrá de relieve el previsible fracaso de la anunciada moción de censura.

Sobra arrogancia: "¿Por qué espera al mes de septiembre? ¿Se va de vacaciones?" y escasea la ironía y el sarcasmo: ¿Qué aplauden y de qué se ríen? Han muerto 45.000 compatriotas y 7 millones no pueden trabajar".

La realidad es ingrata y obstinada. Hay un Gobierno de factura social-comunista, enfrentado a todo a la vez, que cuenta con una ayuda financiera, formidable e irrepetible, para afrontar desafíos que tiene planteados nuestro país. No hay una mayoría alternativa en la derecha. Y la magnitud de la adversidad reclama ingentes esfuerzos para caminar por la empinada cuesta de un acuerdo, urgente e inevitable.

Ahonda Applebaum en las causas de lo que pasa: "Los populismos seducen al individuo radicalmente solitario, que encuentra un hogar de acogida en un movimiento político de inmersión o en un entorno que rechaza las odiosas nociones de meritocracia, competencia política y libre mercado, principios que, por definición, nunca han beneficiado a los menos afortunados".

La pandemia de pesimismo de la derecha y el miedo a los contrarios, que se esconde detrás de la cortina, choca con una insolencia insoportable y la superioridad moral de la izquierda. Lo que no deja de ser la antesala de una aprensión, la inevitabilidad de la derrota.

Esto puede explicar la imposibilidad de alcanzar un arreglo que serene a la sociedad y lo haga con rigor, autoridad, respeto democrático, austeridad en el manejo de los fondos públicos y un ejemplo continuo.

Para Applebaum, la gente que no está preparada para lidiar con la complejidad, los hechos fríos y la inseguridad, busca a menudo el consuelo de las creencias sin complicaciones.

La democracia de este país se fundó en el concepto de resolver los problemas a través de un debate razonado. Se impone pues una reflexión, sin tantas emociones, para hacer frente al cataclismo que nos espera, si seguimos pensando que se puede capear sin unidad, inermes y a la intemperie.

Aunque somos un gran país, no deberíamos encabezar todos los rankings indeseables, como es el caso.

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