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Francisco García

De Troya a Buridán

En la España actual de galgos o podencos, el edificio constitucional es percibido de manera desigual por monárquicos y republicanos. Para unos, la Corona soporta el andamiaje del régimen del 78 y ejerce de cemento y argamasa de las instituciones del Estado. Para los otros, se hace preciso demoler ya el inmueble borbónico, sea con el soplido furioso de la izquierda radical como si Zarzuela fuera la cabaña de los tres cerditos o mediante sucesivos hachazos del secesionismo desintegrador a los palos del sombrajo. El enfrentamiento verbal entre esas dos visiones tiene su correspondencia en el Consejo de Ministros, donde conviven sensibilidades distintas a la hora de valorar la relevancia de la monarquía. A los ataques podemistas contra el Rey emérito -al que ahora acusan de huir cuando su intención era echarlo- se ve obligada a responder la plana mayor del PSOE, con el presidente Sánchez a la cabeza, apuntalando la imagen de Felipe VI, a quien se hace necesario preservar de los desatinos de su señor padre. Cuando el Gobierno no es uno, no habla por una sola boca y con frecuencia se trastabilla. Y salen del gabinete mensajes contradictorios, que en poco benefician a la estabilidad del país. Pablo Iglesias le quiere meter a Sánchez a Juan Carlos I en el patio de armas como si fuera el caballo de Troya y el Presidente corre el riesgo de acabar como el asno de Buridán, sin saber a qué atenerse, si al cubo de agua o al montón de paja. Los afines a la Corona de este país tienen también la oportunidad de dejar de idealizar a los Borbones. Aparcar definitivamente el "juancarlismo" y convertirse de una vez por todas en monárquicos. No vayan ahora a esmerarse en exaltar el "felipismo" sin caer en la cuenta que lo relevante es la institución, no el pasajero que la ostenta.

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