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Diluir a Casaldàliga

Las fricciones entre Milan Kundera y Vaclav Hável no impidieron al primero concluir que el segundo "convirtió su vida en una obra de arte". La inmediata transposición a la existencia del obispo Pere Casaldàliga en el impenetrable Mato Grosso no puede olvidar la abundancia de estilos artísticos. Los homenajes a este santo en el mejor concepto de la palabra santidad tienden a obviar su condición de revolucionario, su compromiso radical con la versión extrema de los Evangelios. Fallecido después de medio siglo sin abandonar su diócesis ni con motivo de la muerte de su madre, está a años luz de los conferenciantes inocuos sobre lo sostenible y lo inclusivo.

Casaldàliga era un obispo de combate a quien costaría llamar violento, pero que recordaba que la injusticia se mantiene siempre desde la violencia. Su muerte debe haber apaciguado conciencias culpables, porque ha despertado mayores pronunciamientos de solidaridad que su citación a Roma para explicarle el marxismo a Juan Pablo II, o su defensa sin complejos de la revolución cubana y del levantamiento de Chiapas. Es indigno diluir su mensaje para adaptarlo a un ciclo de charlas con aire acondicionado.

Si acaso, Casaldàliga demuestra que la interpretación más auténtica de Cristo resulta incompatible con las concesiones efectuadas por la Iglesia. En su tierra natal podría predicar el mismo sermón, pero quizás desde una cárcel donde habría sido encerrado por rebelión, sedición y demás vicios nefandos, en su caso por la guerra declarada al latifundio. Es injusto acusar a los hagiógrafos póstumos de la humana adaptación del santo a la propia concepción de la existencia. Sin embargo, la distorsión de la figura del obispo catalán contribuye a disimular la evidencia de que los mercaderes se han adueñado del templo tras expulsar a Cristo a latigazos. El Papa Francisco también lo sabe, pero es argentino.

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