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Un rebelde en la fe

Un breve repaso a la biografía y el pensamiento del obispo Pedro Casaldáliga, un emblema vivo de la renovadora Iglesia del Concilio Vaticano II

Diseñaba uno de los números de la revista de las Obras Misionales Pontificias, cincuenta años atrás, cuando la dirigía el cura, teólogo y periodista Manuel de Unciti, quien me había pedido el favor de prepararle la publicación provisionalmente. El reportaje central en aquella fecha veraniega estaba dedicado al obispo Pere Casaldàliga. Descubrí así a quien entonces apenas era conocido en España, este prelado que acaba de fallecer a los 92 años, símbolo de la resiliencia, en un hospital de Batatais, São Paulo. El obispo catalán, Pedro para sus feligreses, era ya un rebelde para la curia romana en aquellos años setenta del pasado siglo. Había llegado a Brasil en 1968, donde fundó una misión de la orden claretiana en el estado de Mato Grosso, en la amazónica región del Araguaia. Dos años después fue nombrado administrador apostólico de la prelatura que había fundado y dieciocho meses después obispo titular de São Felix de Araguaia. Nunca más salió de Brasil o regresó a su pueblo, Balsareny (Barcelona), donde había nacido el 16 de febrero de 1928. Pere Casaldàliga había ingresado en el seminario de Vic a los nueve años y el 31 de mayo de 1952 fue ordenado sacerdote en Montjuic (Barcelona). Ingresó en los claretianos y después de ejercer en Sabadell, Barbastro o Madrid fue destinado a misiones brasileñas. Entusiasmado con la doctrina del concilio Vaticano II, cuando llegó al Mato Grosso se encontró con una tierra sin escuelas, sin médicos, sin presencia del Estado, donde imperaba la terrible ley de los terratenientes y en escaso tiempo cuentan que enterró a cientos de peones campesinos. Con ocasión de su ordenación como obispo hizo público el documento "Una iglesia de la Amazonía en conflicto con el latifundio y la marginación social", posiblemente básico para desarrollar la "teología de la Liberación". Ejerció la dirección de la diócesis unos 33 años durante los cuales fue amenazado de muerte, varios de sus colaboradores fueron asesinados y le abrieron cinco procesos de expulsión. Apenas consiguieron nada sus detractores, gobiernos brasileños y responsables varios de la Curia. Cuando cumplió los 75 años, edad en la que Roma "jubila" a sus prelados, el Vaticano le exigió que saliese de Brasil antes de que nombrase a su sucesor. Pero Casaldàliga se negó porque quería seguir siendo el cura de los humildes, de los campesinos, los indios, los negros, de los más pobres. "La globalización neoliberal es el capitalismo llevado a su plena exageración", manifestó en una conversación con Maria Lluïsa Oliveres, viuda de Alfonso Carlos Comín, fundador de Cristianos por el Socialismo. "Soy un hijo obediente de la Iglesia, pero al mismo tiempo no puedo permitir que se sigan usando métodos antidemocráticos en la relación del Vaticano con los obispos, nombrándolos sin la menor consulta con la comunidad local que lo va a acoger". Al cumplir los 76 años, enfermo de diabetes, hipertensión y Parkinson, se vió obligado a dejar el cargo episcopal sin abandonar su zona ni ser un símbolo de la teología de la liberación. Emblema vivo de la renovadora iglesia del Vaticano II, para Pere Casaldàliga "la religión es resistencia". Personalmente no quiso distinguirse entre teólogos como Leonardo Boff, Jon Sobrino o Miguel D'Escoto. Su "palacio episcopal", su hogar, era una casa de campesino, vestía pantalón vaquero y camisa como sus pobres feligreses y cuando era convocado a reuniones de la conferencia episcopal y de las autoridades civiles acudía en autobús aunque emplease dos días en el trayecto en vez unas horas en avión. Era difícil distinguirlo entre sus campesinos. Enjuto, solamente su altura y sus gafas separaban al prelado resiliente de sus parroquianos. Una pequeña de 6 años le dijo una vez: "¿Pedro, puedo llamarte abuelito?".

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