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Debates de mayor altura

La pérdida del valor de la palabra en el juego político, donde priman la bronca y el denuesto

Como dejó dicho Ortega, "gobernar no es cuestión de puños, sino de posaderas". La frase acumula numerosas décadas, pero su vigencia permanece, como aquella otra en la que el filósofo alertaba, en los convulsos años previos a la contienda civil, del riesgo de llenar el Congreso de payasos, tenores y jabalíes. No hemos perdido ese vicio de convertir el debate político en un cuadrilátero o en un tatami, como si el debate político pudiera resolverse a golpes o a estocadas. Mientras los portavoces se ejercitan en el arte de la guerra sin la maestría de Sun Tzu, la gente de la calle trata de discernir, sin referentes intelectuales, si vivimos una época de cambios o nos conducimos a un cambio de época. Los ciudadanos, así, asistimos perplejos a un permanente frontón donde, en cualquier escenario político, gobierno y oposición se enzarzan en combates de full contact, a codazos y a puntapiés, o en reyertas de filo de navaja. Tan es así que los votantes desconfían de aquellos que confunden la política con el boxeo. Sería admisible, si acaso, la esgrima de salón, que no provoca sangre y que debiera practicarse con el florete de la dialéctica; pero de ese deporte inteligente nos encontramos ayunos y huérfanos: cuánto se echa de menos un salón de plenos o un Parlamento regional o nacional donde la discusión sea ingeniosa, incisiva y punzante. Donde salga por boca de cada cual algo más que espumarajos. Pero en este país ya no quedan Ortegas que convenzan con el ingenio de la palabra, sino mastuerzos.

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