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Un día estábamos a la mesa, comiendo, cuando una de mis hermanas protestó por algo.

-Estas son las normas de esta casa -dijo mi padre-, al que no le gusten, ya sabe dónde tiene la puerta.

Yo salté como un muelle:

-A mí no me gustan.

Y me levanté y me fui. ¿Adónde? A ningún sitio. Debía de tener quince o dieciséis años. Era verano en Madrid y mi huida debió de producirse a eso de la tres de la tarde. Podías morir bajo aquel sol que caía a plomo. Soñé con un país lleno de bruma. Cerca de mi casa había un descampado muy bueno para dar patadas a las piedras. Es lo que hice durante varias horas: dar patadas a las piedras. Odiaba a mi padre por pronunciar aquella frase. Me odiaba a mí por haber respondido y me preguntaba cómo salir de la situación sin perder del todo la dignidad adquirida con aquel portazo que creía haber dado a la familia y que era el primero, en realidad, que le daba a la vida.

Al mismo tiempo, si pensaba en la angustia de mis padres, que lógicamente se preguntarían dónde andaría yo, me abrasaban los remordimientos. No era justo hacerlos sufrir de aquel modo. Días antes, cerca de mi calle, había desaparecido un joven de mi edad y el suceso era motivo de preocupación entre todos los vecinos. Aquel chico, por cierto, nunca apareció. Cada cierto tiempo me viene a la memoria y pienso que yo podría haberme evaporado también aquella tarde de agosto.

Al anochecer, deshecho por las emociones y por aquel ir y venir pateando el suelo, regresé al hogar. Mi familia estaba a la mesa, dando cuenta de unas judías verdes. Con la cabeza agachada, me dirigí a mi silla y comencé a comer de mi plato, que estaba servido, como esperándome. Nadie dijo nada. Tras la cena, escuchamos un poco la radio y luego nos fuimos a la cama. Desde entonces, he dado varios portazos a la existencia por no estar de acuerdo con sus normas. Pero siempre, al caer la tarde, he vuelto resignadamente a las normas. Y así será, supongo, hasta que dé el portazo último: el del féretro.

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