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Pedro Casaldáliga y la teología de la liberación

La vida del catalán Pedro Casaldáliga, misionero, escritor, poeta y obispo emérito de São Félix do Araguaia, en la Amazonía brasileña, se apagó el pasado sábado 8 de agosto a la edad de 92 años, pero su testimonio vital, siempre del lado de los olvidados, trascendió su lejana diócesis y lo convirtió, a través de sus apariciones públicas, su obra escrita en prosa y verso, y sus posicionamientos políticos, en uno de los principales referentes de la Teología de la Liberación, corriente surgida en la Iglesia latinoamericana a finales de los años sesenta y principios de los setenta, y que interpretó con ojos nuevos textos bíblicos como el Éxodo, los profetas del Antiguo Testamento y los Evangelios, desde la óptica de las mayorías empobrecidas de ese continente, con la esperanza de liberarlas de su fatal destino.

"Cuando Dios hizo el Edén pensó en América", finaliza el estribillo de la famosa canción interpretada por Nino Bravo en homenaje al continente americano, pero la realidad que encontró Pedro Casaldáliga a su llegada a São Félix do Araguaia en 1968 distaba mucho de ser un Edén y se asemejaba mucho más al Infierno. En plena dictadura militar, la propiedad de la tierra estaba en manos de unos pocos terratenientes con conexiones directas con el régimen, que poseían enormes latifundios en constante conflicto con campesinos sin tierra que emigraban a esa región en busca de un futuro mejor, y también con los pueblos indígenas que las habitaban desde tiempo inmemorial, a quienes trataban de expulsar.

Pronto Pedro Casaldáliga tomó conciencia que la tradicional pastoral espiritual y asistencial debía ser sustituida por otra basada en la defensa de los derechos de peones, campesinos e indígenas, y de denuncia de las injusticias y violencia que sufrían. Casaldáliga, ordenado obispo en 1971 en una sencilla ceremonia con un sombrero de paja en vez de mitra, un remo en vez de báculo, y un anillo de palma en vez del episcopal, publicó ese mismo año la carta pastoral "Una iglesia de la Amazonía en conflicto con el latifundio y la marginación social", que causó un gran impacto en Brasil. La consecuencia lógica de esta nueva pastoral fue una espiral de amenazas, detenciones, torturas y asesinatos que se desató sobre sus más directos colaboradores, y también sobre él mismo, que sufrió varios procesos de expulsión de Brasil, numerosas amenazas de muerte y varios intentos de asesinato.

Junto a Pedro Casaldáliga hubo otros obispos en América Latina que también destacaron en esos años por su denuncia de las injusticias en sus países, como el mexicano Samuel Ruiz en Chiapas, el estado más pobre de México, y que saltó a los medios internacionales por el levantamiento zapatista de diciembre de 1994; el ecuatoriano Leonidas Proaño, incansable defensor de los derechos de los pueblos indígenas en su país, o el arzobispo brasileño Hélder Câmara, famoso por la frase, "Cuando doy comida a los pobres, me llaman santo. Cuando pregunto por qué son pobres, me llaman comunista". Pero quizá el testimonio más conocido sea el del arzobispo de San Salvador Óscar Arnulfo Romero, asesinado en 1980 mientras oficiaba misa, y que denunció las injusticias en uno de los países más pobres y violentos del conteniente americano como El Salvador, dominado y gobernado desde su independencia por una oligarquía de poco más de catorce familias. También en este pequeño país centroamericano se produjo el asesinato en noviembre de 1989 de seis jesuitas, entre ellos el rector de universidad Ignacio Ellacuría y destacado teólogo de la liberación, su empleada y la hija de ésta, de 16 años, crimen que a día de hoy todavía está siendo juzgado.

Y es que la violencia desatada desde el poder político y económico contra la Iglesia cuya pastoral estaba basada en los principios de la Teología de la Liberación fue la consecuencia lógica de denunciar las estructuras políticas, económicas y sociales que provocaban la marginación de la mayoría de la población latinoamericana, tanto en el mundo rural, regido por un latifundismo feudal y la ley del machete, como en las ciudades, en las que coexistían, en ocasiones a muy pocos metros, ostentosas urbanizaciones de lujo con interminables barriadas en las que sus moradores se hacinaban sin los servicios más básicos. Además, si en los años setenta numerosos países de América Latina sufrieron dictaduras militares y guerras civiles, en los ochenta la situación se agravó por la crisis de la deuda externa que provocó la aplicación de durísimos ajustes económicos dictados por el FMI y el Banco Mundial que no hicieron más que aumentar la pobreza y las desigualdades sociales.

Los principales referentes de la Teología de la Liberación, entre ellos el propio Casaldáliga, también sufrieron la incomprensión y la hostilidad por parte de amplios sectores de la jerarquía católica, en especial con la llegada al Vaticano de Juan Pablo II, el cual, habiendo sufrido una dictadura comunista, no compartía que esta nueva teología aplicase el marxismo como herramienta de interpretación de la realidad latinoamericana, ni tampoco que sus principales representantes tuvieran simpatía por regímenes como el castrista o el sandinista, sobre los que en esos años ya empezaban a realizarse denuncias sobre violaciones de los derechos humanos. No obstante, debe tenerse en cuenta que la Teología de la Liberación no tiene como precedente histórico el marxismo sino el testimonio de algunos religiosos que en los primeros años de la conquista de América denunciaron el trato dado a los indios, como los dominicos Antonio de Montesinos y Bartolomé de las Casas, o el del capuchino Francisco José de Jaca, uno de los pocos que denunció la esclavitud africana.

La actualidad ha querido que Pedro Casaldáliga se haya despedido de un Brasil gobernado por Bolsonaro, que a sus ojos representaba todo aquello que combatió a lo largo de su vida, y que la realidad latinoamericana y global de hoy diste mucho de ser la que él soñó. Por ello, el testigo dejado por Casaldáliga merece ser recogido por mujeres y hombres dispuestos a continuar trabajando por un mundo nuevo y una tierra justa, ya que, al igual que en tiempos de Jesús de Nazaret, la mies es mucha y los obreros pocos, y la humanidad sigue necesitando de quijotes que luchen contra gigantes que, consecuencias de la globalización, son hoy cada vez más poderosos y generan males como precarización laboral, desmantelamiento del tejido productivo, empobrecimiento de las clases medias, desigualdades sociales y todo aquello contra lo que luchó incansablemente hasta los 92 años Pedro Casaldáliga. Descanse en Paz.

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