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El Capitolio, entre las sombras del valle

Hace dos años en estas mismas páginas («Cines lejanos», 01/07/2018) dábamos cuenta de la posibilidad del cierre de la tienda de Zara en el edificio que había albergado el cine Capitolio y que, de esa forma, resultaría «más complicado explicar a los espectadores más jóvenes, a nuestros descendientes, que una vez allí, en esa tienda, hubo una pantalla y un escenario para vestir con la imaginación las propias ilusiones.» Ese momento ha llegado y por muchos lamentos que genere (con la lógica preocupación por la ausencia importante en el comercio local) y porque remueva aquellos sentimientos que tuvimos los espectadores más fieles en 2003, cuando cerró a la vez que el cine Alcázar, lo cierto es que su muerte, la que nos infringió la impotencia más dolorosa por su pérdida, sólo aconteció entonces.

Por eso mereció entonces el Capitolio un obituario, junto a otros textos relativos a las exequias, en los que me cuidé en no recurrir al título premonitorio de la primera que película que se proyectó, «Por el valle de las sombras». En cierta manera, abrigaba la esperanza de un milagro. Pero la realidad era que el Capitolio, de una vida dedicada a proyectar las sombras de otras vidas, pasaba a habitar una zona tenebrosa que podía conducirle a la más absoluta oscuridad. Hay que recordar que, de acuerdo a la normativa vigente, sólo era exigible la protección de la fachada. Su interior no sólo era una muestra de delicadez ornamental, sino que bajo sus cimientos albergaba parte de la historia de la ciudad. Aquel título de Gary Cooper que inauguró su pantalla recordaba el valle extramuros de la Vila que suponía la calle Trinquet respecto el lienzo de la muralla en el que se situó el palacio de los Perpinyà y después el Casino y, tras su desaparición, el cine Capitolio en el que el arquitecto Pérez Aracil tuvo que ingeniárselas para resolver la diferencia de nivel con la calle Bisbe Tormo, a intramuros.

Sólo entonces, tras el anuncio del cierre definitivo del cine Capitolio, la sociedad ?sin redes virtuales pero estructurada para su participación municipal? podía haber exigido su recuperación pública incluso la conservación de sus enseres (el mobiliario acabó en el contenedor), siempre con la consideración de que era una propiedad privada sujeta a unos intereses particulares que no tenían traslación al provecho de toda la ciudadanía. Aún hoy, queda la sensación de que se estaba cometiendo un inmenso error, sobre todo para un cinéfilo combatiente que perdió otra sala más. Sin embargo, hubo poca reivindicación civil, dejadez cultural y poco interés por parte del Ayuntamiento. Estaba demasiado reciente la adquisición del Gran Teatro, que permitía conformarnos. Si no hubiera sido posible salvar el Capitolio, podía haber sido, al menos, el Alcázar. Así lo reclamó el Institut d'Estudis Comarcals del Baix Vinalopó, para que el Ayuntamiento pusiera a disposición de la ciudad una sede cultural en el Alcázar, justo cuando el futuro del Capitolio se empezaba a aclarar.

Era aquel el momento idóneo para echar la vista atrás y recuperar la historia del Capitolio, erigido en el baluarte de una élite cultural en contraposición al arraigo popular del Gran Teatro. En La Rella 19, tras celebrar la adquisición por parte del grupo Inditex del edificio del antiguo cine, acabé de bruces ante la evidencia de que el Capitolio ya no existía porque había desaparecido el cine que fue. La voluntad conservacionista de Amancio Ortega y el buen criterio de los arquitectos Serrano y Valderrama nos devolvió una ilusión, pero el cine Capitolio era tan sólo un montón de recuerdos para los nostálgicos de una manera de ser espectador, que hoy puede resultar antigua. Ahora mismo ni los jóvenes llorarán por el cierre de una tienda de ropa, pero en 2003 sí se vertieron muchas lágrimas.

Un cine, entonces, aún era considerado un testimonio ridículo del ocio, alejado de cualquier pretensión histórica o antropológica, tal como también había sido en las décadas finales del siglo que dejábamos atrás y que facilitó la pérdida de la mayor parte del patrimonio de una tipología arquitectónica única. Los cines eran valiosos en cuanto al rédito económico que podía proporcionar la superficie urbanística que ocupaban. Sólo tras la posterior crisis financiera, en un momento especialmente delicado para la industria que se había sobrepuesto a las irrupciones de la televisión y los reproductores domésticos pero que en con internet encontró al enemigo más potente, apareció un sentimiento generalizado hacia los cines y lo que habían supuesto para el entretenimiento de varias generaciones, aunque no se potenció su consumo, un declive que las plataformas y la pandemia han acabado de agudizar (y Disney de rematar, con su estreno estrella de la temporada sólo en streaming).

Recuperar el uso cultural del Capitolio puede ser una ingenuidad si no se tiene un as en la manga. A partir del 19 de septiembre, si nada lo remedia, el edificio empezará a encaminarse hacia la oscuridad y el olvido. Hoy como ayer, Elche sigue expuesta a la pérdida de su patrimonio mientras no se disponga de una herramienta efectiva que impida que edificios como el que nos concierne estén más cerca que nunca de su desaparición. Estamos a expensas de que un nuevo Amancio Ortega reconozca su valor o de que se pervierta su forma, como en el caso del cine Ideal de Alicante, que se convertirá en un hotel. ¿Ocurrirá como en el antiguo Teatro-Cine Alcázar y se perderá toda huella de su decoración interior, reforma tras reforma? ¿De verdad el Ayuntamiento se ve capaz de aprovechar el edificio, quizá pensando en las buenas relaciones con Inditex a raíz de su asentamiento en el Parque Empresarial? ¿Tenemos un proyecto cultural fuerte en Elche para implantar en el centro? ¿No valdría la pena empezar asegurando la conservación de la arquitectura del futuro Capitolio con un férreo Catálogo de Edificios Protegidos (y Estimados) por el pueblo de Elche? ¿No deberíamos aunar esfuerzos para la conservación del único edificio en el que podemos recuperar nuestra antigua condición de espectadores, el centenario Gran Teatro, incorporando el edificio que una vez se pensó que le diera fachada a la Glorieta? Todo son sombras.

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