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Un pedazo de nada

Datos móviles.

Datos móviles.

Estamos sucediendo todos los segundos, todos los minutos, todos los días, todas las semanas, todos los meses, todos los años de nuestras vidas. Cada latido de la sangre es un suceso; cada respiración, un acontecimiento; cada parpadeo, una aventura. ¿Cómo averiguar si llegará el siguiente parpadeo, si sobrevendrá la respiración sucesiva, si comparecerá el próximo latido? ¿Quién sabe, cuando se mete en la bañera, si volverá a salir de ella? Se me ocurre esto mientras subo las escaleras porque el ascensor está averiado. El esfuerzo me hace consciente de la condición accidental de la existencia, de la calidad de peripecia de todas las biografías. Entonces suena el móvil. Es un señor que me ofrece gigas sin límites a un precio de risa.

- ¿Quiere usted decir gigabytes? -pregunto.

-Eso es, gigabytes

-Estoy subiendo unas escaleras -le digo.

-Pagará menos de la mitad de lo que paga ahora -insiste.

Cuelgo y continúo mi ascenso pensando ahora en este comercio nuevo, el de los bytes, de los que hablo a veces sin saber nada de ellos, más allá de que constituyen una unidad de almacenamiento. ¿De almacenamiento de qué? De datos, supongo.

Me parece mentira que las compañías telefónicas se hagan millonarias con la venta de esa cosa inmaterial. ¿Dónde adquieren los bytes estas compañías? ¿O los cultivan ellas? ¿Podría yo tener un huerto de bytes como el que tiene un huerto de lechugas?

De modo que una unidad de almacenamiento. ¿Podríamos decir que un byte es un cofre digital, un joyero en el que guardar nuestras riquezas virtuales? Soy capaz de imaginar el tamaño de una botella de un litro, pero ignoro cómo representarme un byte. O un gigabyte, que son mil millones de bytes.

Acabo de llega al sexto piso casi sin darme cuenta, enredado en estos pensamientos. Pero respiro mal. Y ahí es donde caigo en la cuenta de que estoy sucediendo, de que soy un suceso que en cualquier momento puede dejar de suceder. Una ocurrencia que en cualquier momento puede dejar de ocurrir. Una mota de polvo llevada por el aire. Un pedazo minúsculo de nada. Suena otra vez el móvil, pero no lo cojo.

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