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Antonio Estañ

Lo que no se llevó la DANA

Se crearon auténticas redes de solidaridad y apoyo, voluntarios para la limpieza de casas y calles, recogida de alimentos, reparto de transportes...etc

Si algo nos ha enseñado la actual pandemia es que las catástrofes, por desgracia, no necesariamente enseñan algo. Es tal la fugacidad mediática y, sobre todo, el peso de algunas inercias e intereses, que hasta en una de las catástrofes más intensas e insólitas de nuestra historia reciente se piensa que nuestro modelo económico, sanitario, residencial, turístico (y un largo etc.) pueden continuar igual. No obstante, los efectos del drama perduran y las causas que los agravan, también.

En el caso de las terribles inundaciones que nos golpearon en la Vega Baja, llevándose por delante negocios, hogares y vidas humanas; parece que muchos se resisten a aprender de lo ocurrido hace un año -aunque ya parezca un siglo- y desde algunas instituciones y actores económicos se pretende volver a una “normalidad” que, por los numerosos errores cometidos durante años, agravó -y agravará- los daños sufridos.

La respuesta de la gente de esta comarca fue ejemplar. Se crearon auténticas redes de solidaridad y apoyo, voluntarios para la limpieza de casas y calles, recogida de alimentos, reparto de transportes...etc. Sin embargo la respuesta de muchos de los responsables de la tragedia no lo ha sido en absoluto.

Se han realizado planes, congresos, encuentros y comisiones de gran utilidad técnica, pero las administraciones han seguido, prácticamente con días de diferencia, insistiendo en los mismos errores pasados. Con urbanizaciones enteras situadas en zonas inundables y polígonos e industrias ocupando lugares de paso del agua y para los que no se plantea alternativa o solución viable. La imagen de un concesionario de coches en plena rambla y las imágenes dignas de hollywood que dieron la vuelta al mundo, no se explican únicamente por la cantidad de lluvias, sino por la desfachatez a la hora de vender y ocupar lo público para favorecer intereses privados. Sirva de ejemplo reciente la aprobación de una gasolinera con restaurante (tanto por la Generalitat Valenciana como por el Ayuntamiento de Orihuela) en plena zona inundable, que sigue su camino ajena a planes, directrices y a la realidad. 

El pasado jueves se celebró un congreso nacional sobre inundaciones. La intervención del experto alicantino y comisionado del plan Vega Renhace, Jorge Olcina, fue clara: Si no cambiamos nuestra forma de relacionarnos con el territorio, da igual el dinero invertido, no servirá de nada. El contexto de cambio climático nos empuja a más sequías y más lluvias torrenciales. No obstante, las respuestas que dan los que mandan y han mandado en esta zona, han sido y son las mismas: reclamar más agua del exterior (que no vendrá) y seguir construyendo en zonas inundables (que se inundarán).

La semana que viene se expondrá dicho plan, cuyo éxito dependerá, al menos, de dos elementos: por supuesto, del dinero asignado para desarrollar las infraestructuras y medidas, lugar común de conflicto y arma arrojadiza institucional como ya lo viene siendo en la realización de las ayudas. Segundo, de la capacidad de que el interés general, basado en criterios científicos y de sostenibilidad, consiga imponerse sobre los de una minoría privilegiada. Si bien hay motivos para confiar en gran parte de las propuestas técnicas del plan, no los hay para confiar en que algunos sectores empresariales sean capaces de renunciar al modelo de ocupación urbanística que les ha hecho ricos, aunque estos perjudiquen gravemente a la comarca, tanto social como territorialmente.

Necesitamos inversiones, infraestructuras, planes y un ordenamiento mínimamente racional del territorio. Pero no para generar otra sensación de barra libre como si las inundaciones no fueran a repetirse, porque esto es sencillamente falso. Esto no implica llevarnos la Vega Baja a otro lado, como parecen inferir algunos cuando se les dice que no se puede construir donde se antoje, pero sí abandonar la idea de que la única forma de hacer negocio es aumentando el riesgo general mientras se ocupa más y más terreno de huerta tradicional, no sólo fundamental para desaguar en las riadas cuando su mantenimiento y cuidado lo permite, sino para lo que la Vega Baja significa. Y esto también es llevársela.

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