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¿Un PP en descomposicion?

A Casado se le termina el tiempo para reaccionar

Un lector avezado puede sospechar que el titulo que encabeza esta página exagera y tiene razón. Sustituyamos entonces una de las de las palabras –descomposición– por otra –decadencia– y cualquier exageración queda reducida a su justo término. De la decadencia a la descomposición media una distancia que puede ser de años, meses o días. Se diría que es el trecho que va de la erosión del suelo a la desertización. La primera es reversible, la segunda no.

La última razón de este proceso es la llamada operación Kitchen: un feo asunto de Estado que, presuntamente, implica a algunos hombres fuertes del gobierno Rajoy. La Kitchen agrava el mal momento del partido conservador, aquejado de una grave crisis de identidad y de un pobre liderazgo político. Ambos motivos se encuentran fuertemente relacionados. Si la caída del comunismo puso en un brete a la socialdemocracia clásica –que se quedó sin discurso propio ante un liberalismo convertido en la única alternativa creíble–, el crack financiero de 2008 ha noqueado a los partidarios de las privatizaciones masivas y de la desregulación de los mercados. Con razón o sin ella, el centro derecha se ha quedado sin un argumentario que suene convincente. Ni queda ya mucho que privatizar ni parece que las privatizaciones mejoren demasiado la gestión de los servicios. La globalización ha servido para abaratar la cesta de la compra, pero también ha precarizado el trabajo y recortado sueldos. En el discurso político, los servicios sociales, el transporte público, los lenguajes identitarios –feminismo, nacionalismos, etc.– y el ecologismo cotizan al alza, mientras que la reducción de impuestos, el coche diésel y las reválidas de bachillerato lo hacen a la baja. Son bucles que dan vueltas y vueltas –a una generación conservadora le sigue otra progresista y viceversa–, pero no sólo eso. Hay que adaptarse a los desafíos que plantean las distintas épocas, que no siempre requieren las mismas soluciones.

Si te quedas sin identidad propia –en una tierra de nadie entre el nacionalismo robusto de Vox y el diseño urbano de Cs–, la alternativa conservadora sólo puede pasar por un proyecto que transmita seriedad y confianza. De hecho, en el imaginario colectivo español, el punto fuerte de los populares radica en el campo económico: es la creencia, muy extendida entre las clases medias, de que la derecha gestiona mejor la economía que los partidos de izquierda. Está claro que esta aseveración resulta discutible, pero no hablo tanto de hechos como de convicciones generalizadas. La ideología del español medio tiende a la izquierda, pero el bolsillo de las clases medias bascula hacia la derecha. Ligeramente y sólo cuando arrecia el temporal de una crisis, por supuesto. Pero ese péndulo es real y operativo. O, al menos, lo ha sido hasta ahora.

Pablo Casado ha tenido dos años para formar un equipo y plantear una alternativa económica y social que transmita confianza y se encuentre a la altura de los tiempos. Ni lo ha hecho ni parece que lo vaya a hacer. Permanece inmóvil, eclipsado en un contexto de teatralización continua. Necesita ofrecer seriedad y eso sólo se consigue con trabajo y equipos solventes. Por ahora, carece de ambos. Y el tiempo se le está terminando.

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