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Alfonso González Jerez

Simulacros

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En la serie de televisión danesa Borgen la líder de un partido minoritario se convierte en primera ministra – una sorpresa: no es de CC – y al llegar a su nuevo despacho, el primer día de su mandato, se encuentra ahí a su jefe de gabinete. Y lo seguirá siendo en los meses y años venideros. Y no porque lo confirme, sino porque el jefe del gabinete, en la Presidencia del Gobierno del Reino de Dinamarca, es un alto funcionario de la administración del Estado. Recuerdo ver ese capítulo con lágrimas en los ojos. Dios mío, qué nivel de civilización y cultura política. Con su jefa de secretaría ocurre lo mismo: es una funcionaria, y aunque a la primera ministra inicialmente no le agrada, no puede removerla del cargo fácilmente. Por supuesto, la lideresa puede fichar (y así lo hace) a un spin doctor, un asesor en materia de comunicación y propaganda que juega un papel relevante en su entorno, pero que en absoluto se atreve a diseñar políticas: aconseja como venderlas, o suprimirlas, o evitar contradicciones destructivas. Al pobre le dejan a su vez contratar a un cagatintas, pero nada más.

Actualmente, ya se sabe, gobernar consiste en ofrecer espectáculo y reescribir sistemática y constantemente un relato de los hechos (alternativos) para legitimar o deslegitimar al usufructuario del poder. La gestión es un espasmo covachueril más o menos organizado y profesionalizado; la política, el territorio de simulacros, la fabricación de consensos y disensos de ficción. Aquello que afirmaba Baudrillard: una suplantación de lo real por los signos de lo real, una ofrenda permanente a lo que queremos escuchar, ver y sentir para tranquilizarnos y/o indignarnos. Su principal objetivo (como ocurre con la economía de la atención descrita por Tim Wu) es que nos distraigamos incesantemente con sus discursos y sus rituales. Hay que sorprender a diario y ese dédalo de sorpresas se levanta anárquicamente para que las contradicciones y compromisos se pierdan de vista para siempre o queden reducidas a un eco débil, ausente, sin sentido. Eso no lo puede hacer un spin doctor ni un asesor del viejo estilo que se limitaba a escribir discursos con una sintaxis más o menos correcta y el demasiado modesto propósito de agradar o el ridículo anhelo de ser comprendido. Lo que ahora es necesario es una mezcla de publicista, guionista de televisión, marrullero sublime, pornógrafo de corazón y discípulo de Corín Tellado: Iván Redondo, jefe del Gabinete de la Presidencia del Gobierno de Pedro Sánchez con 40 altos cargos bajo su mando directo.0

La fantochada que padecimos el lunes, la cumbrecita entre Pedro Sánchez e Isabel Díaz Ayuso en un Madrid asolado por la pandemia, esa estomagante y ofensiva estupidez del libro de firmas, las cientos de cámaras, los asientos para tomar el té y no para desplegar documentos y trabajar, el bosque de banderas oficiales, toda esa montaña que ha parido una decisión que cabe en un folio, es la obra rococó de Iván Redondo a la que ha sucumbido, encantado, Miguel Ángel Rodríguez. Y Sánchez gana en ese juego de simulacros ahora aparatoso, circense, casi autoparódico: él desciende a salvar a la capital pero no lo bastante para que nadie olvide a quién debe responsabilizarse de esta hecatombe; el elige a su contrincante, convenientemente obtusa e incapaz, que babea hipnóticamente ineptitud en su gallarda presencia; él recordará en su momento que lo intentó todo, absolutamente todo, hasta tomar un coche y plantarse en la sede de la CAM en media hora, pero que no hubo manera: la derecha es así.

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