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Marc Llorente

Juvenil griterío

Mi padre es un hombre

Caja negra del C.C. Las Cigarreras

Creación colectiva de Cía Traspasarte

Dirección técnica: Alberto Sabina

Un año más acabamos de ver una de las obras seleccionadas en el concurso de proyectos de producción de teatro, danza y circo, abierto, desde las últimas ediciones, a grupos que pretenden consolidarse en el ámbito profesional. No es un potente empuje por parte del Ayuntamiento y de la Diputación, pero ahí está un pequeño escaparate con el espíritu innovador que busca tener Alacant a Escena, destinado preferentemente a grupos locales y provinciales. No es así con Cía Traspasarte, creada en Murcia, en 2014, y residente en Madrid, que ya estuvo en este ciclo. Sea como fuere, la investigación con sus variados lenguajes, el compromiso social del arte vivo y la creación colectiva son los motores de esta compañía. Las intenciones pueden estar bien. Pero la juvenil propuesta solo es apta para los más voluntariosos. Mi padre es un hombre se apoya en el influjo emocional de una poderosa figura paterna convertida en el padre de un club de fútbol con los jugadores-actores. Con sus trazos simbólicos, la dramaturgia y el juego teatral no tienen una clara definición. Ni músculo. Solo efectos teatrales para llamar la atención de los espectadores. Indirectamente se cuestiona la actitud del macho con hambre de gol y fama, y una de las actrices, Sara Ruiz Ferrer, tiene un arrebato feminista. Fernando Ruiz, padre de la actriz, no es actor, y a él le acompañan, también, Blanca Escobar, Antonio Mateos y Carlos T. Blanco. De Alberto Sabina es la dirección técnica de este montaje visto en la Caja Negra de Las Cigarreras, una sala íntima que al asumir la reducción de su pequeño aforo, como consecuencia de las medidas de seguridad actuales, lo amplia más bien al eliminar su habitual graderío. Los jóvenes intérpretes estuvieron al margen de la pandemia con gritos, contactos entre ellos, muy cercanos a las primeras filas de los espectadores, y ruidosa entrada por el pasillo hacia el espacio escénico. Y una labor que, pretendiendo nutrirse de la relación entre padres e hijos, no funciona aunque todos, eso sí, se entreguen.

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