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Francisco Esquivel

Tiene que llover

Francisco Esquivel

La de vendas que bajó ella

El humorista gráfico Joaquín Salvador Lavado Tejón, Quino, Premio Príncipe de Asturias de Comunicación y Humanidades,en la inauguración de una escultura oficial de Mafalda

El humorista gráfico Joaquín Salvador Lavado Tejón, Quino, Premio Príncipe de Asturias de Comunicación y Humanidades,en la inauguración de una escultura oficial de Mafalda

Está Mafalda acompañada de su tropa cuando se acerca a la enfermera y le señala: «Venimos por la vacuna contra el despotismo, por favor». Horas antes de producirse del deceso del niño andaluz al que sus padres cogieron de la mano para cruzar el charco, un médico me dispensó un buen tratamiento con las tiras estas que a la primera incorporaron una brújula de precisión hasta el extremo de que, descansar para los restos, no se antoja una salida tenebrosa cuando lo que está por venir –¡Cielo santo!– quedó retratado en ellas hace un porrón. Así que para qué.

  Quino no tuvo hijos. ¡Anda ya! En los sesenta los críos éramos pánfilos. Supongo que en cada país sería una historia, pero aquí nos chupábamos el dedo y el que no se los chupaba empezaba a resultar sospechoso. Con las persianas echadas en una época más que cortita, los límites de la realidad se dejaban por completo al arbitrio de la imaginación y ahí es cuando la zagala aquella idealista, utópica, tremenda irrumpió en el cuarto para abrirnos por fin los ojos de par en par.

  Me hace gracia recordar la de vendas que bajó. Los vecinos tienen un crío que, pese a no llamarse igual, es Miguelito. Desde que escucho gracias a las paredes estas que son de papel cómo sobre las siete abre la ducha hasta que por la noche apaga la luz no para. Esta semana andaba mosqueado porque, con la vuelta a la jornada completa, no lo sueltan del cole antes de las seis por lo que se le ha caído una porción del virreinato casero ostentado desde marzo. El «tour de force» con los padres es para grabarlo. No pierde el hilo, los pone en un brete, valiente preguntas y qué razomientos. Miguelito, ya digo. Armado con los avances que medio siglo atrás apenas si existían en sueños, no necesita salir del rincón en el que gobierna los mandos a su disposición para colarse en el confín que le plazca. El padre lleva con verdadero aplomo la cuestión y advierte que el suyo no es especial, sino que todos los amiguitos son así. Con lo que en el horizonte da la impresión que les espera, más les vale.

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