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 Me wasapea un amigo de fuera de Madrid y me pregunta si estoy vivo. Desde la periferia, la capital de España debe de parecer una ciudad tomada por muertos vivientes. Y así es como nos sentimos nosotros a veces, como muertos vivientes. O como muertos a secas. Madrid debería llamarse Comala, igual que la localidad de la novela de Juan Rulfo, habitada por difuntos capaces de murmurar y hablar, y de quejarse. Yo me quejo, me quejo de un modo lastimero de la situación. Me quejo sin fuerzas, como el niño que lleva doce horas llorando en el contenedor de la basura, donde una madre desesperada lo ha abandonado con el cordón umbilical colgando como una goma. Me quejo agotado, sin ganas. Me quejo de que una cuidadora de una residencia de Ciempozuelos se riera de una anciana tirada en el suelo mientras la grababa intentando alcanzar la silla de ruedas. Me quejo de la crueldad ambiental, de la imbecilidad climática, de las contradicciones políticas constantes.

Me quejo del ardor de estómago, del tiempo atmosférico, del metro y del autobús atiborrados, de las colas para sacarse el DNI o los papeles de la jubilación, me quejo de que no me cojan el teléfono de atención al cliente de mi operadora mientras que recibo miles de llamadas de las operadoras de la competencia ofreciéndome esto o lo otro. Me quejo de que el ascensor no funcione, me quejo de Froilán y de Hernán Cortes y hasta de Carlos I de España y V de Alemania. Me quejo de que esta noche me han roto un retrovisor del coche, aparcado en la calle. Me quejo de la gente que duerme en los cajeros automáticos. Me quejo de la cisterna del retrete, que gotea. Las cisternas de mis retretes han goteado desde que tengo uso de razón. Me he pasado la vida armándolas y desarmándolas. Tengo un máster en cisternas que solo me sirve para arreglar las de mis amigos.

Me quejo del goteo constante de las ideas obsesivas, que se filtran desde el cerebro hasta la lengua por alguna grieta del paladar. Me quejo de su amargura. Me quejo de vivir en Madrid y de que mis amigos de la periferia me hayan dado por muerto. Me quejo de carecer de valor para marcharme.

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