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Juan José Millas

Actitudes decimonónicas

Banco de alimentos

Banco de alimentos

No es fácil llevarse bien en un tablero de juego tan desigual como este en el que se desenvuelven nuestras existencias. Vivimos en sociedades viejas, repletas de hábitos antiguos, obsoletos, además de crueles. El mundo se ha marchitado una barbaridad a lo largo del último siglo. Creíamos que las nuevas tecnologías venían a renovarlo, pero le han añadido más roña, si cabe. Le han añadido más incertidumbre, más inseguridad, más injusticia social, más oscuridad, más gastos mensuales. La gente estira el dinero, pero el dinero no da más de sí. Crecen en cambio los recibos de la luz y del gas y del alquiler al tiempo que se acorta la lista de la compra. La lista de la compra, en tiempos de abundancia y solidaridad, es un poema. En tiempos de escasez y avaricia, un epitafio. Da pereza sentarse a escribirla porque parece una oración fúnebre más que una oda a las verduras frescas. No hay manera de ponerle una música bailable a esa triste sucesión de pescado podrido y fruta caducada.

Los bancos de alimentos empiezan a tener problemas para cubrir tanta demanda. En tales circunstancias, las disputas políticas artificiales constituyen un intento de sustituir el hambre por la rabia. Históricamente, esa treta ha funcionado, pero ya no cuela. La rabia no calma los jugos gástricos ni quita el frío, aunque aumenta el ruido ambiental que no conduce a ninguna parte. Cuando una sociedad se pone en marcha sin ir a ninguna parte, llega a ninguna parte. Ahí es donde estamos ahora mismo: en parte alguna, alucinados ante la inutilidad apaciguadora de nuestros dirigentes y el aumento de las desigualdades.

No nos den rabia, pues, señores políticos y señoras políticas. Dennos un horizonte. Dénselo, sobre todo, a los jóvenes que no pueden abandonar la casa de sus padres ni tener hijos ni planificar un futuro medianamente digno. No envenenen los telediarios, de los que empezamos a huir como de la peste. Cambien el tablero de juego, que pertenece al siglo XIX. Mantienen ustedes en pleno siglo XXI actitudes decimonónicas. Viajen un poco en el metro, en el autobús, dense una vuelta por los mercados, recorran las periferias de las ciudades que gobiernan (o que desgobiernan) y consulten sus decisiones con la almohada.

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