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Gerardo Muñoz

Momentos de Alicante

Gerardo Muñoz

Caso Pryca: la tragedia

Labores de limpieza  tras la explosión.

Labores de limpieza tras la explosión.

El sábado 19 de agosto de 1989, a las ocho y media de la tarde, un coche explotó en el aparcamiento (con capacidad para 1400 automóviles) del hipermercado Pryca, situado en el término municipal de San Juan (actual Carrefour).

El coche que explotó estaba aparcado a unos 30 metros de la puerta principal del centro comercial, junto a un locutorio telefónico. La onda expansiva esparció el chasis del coche en un radio de 20 metros y provocó la explosión en cadena de los depósitos de gasolina de otros vehículos estacionados cerca. «Oí un ruido seco y vi cómo saltaba por los aires una plancha de metal que debía ser el techo del coche y a continuación se formaba un hongo negro de humo», declaró posteriormente un testigo que se hallaba en la terraza de un polideportivo próximo.

Al ser sábado y verano, había unas dos mil personas realizando sus compras en el centro comercial. Tras la explosión, cundió el pánico tanto en el interior como en el exterior del hipermercado. Los clientes que estaban dentro se agolparon en las puertas de salida, muchos con los carros llenos. En el aparcamiento había mucho humo y un fuerte olor a goma quemada. La mayoría se fue enseguida en sus automóviles; otros se quedaron para ayudar a los heridos o porque sus coches estaban ardiendo.

No tardaron en llegar las fuerzas del orden y los bomberos, así como numerosas ambulancias.

Muy pronto se supo que en el interior del coche que explotó ocasionando la tragedia y que había quedado reducido a un montón de chatarra quemada había dos cadáveres. Era un Peugeot, pero no fue hasta unas horas más tarde que se supo el modelo y la matrícula, al mismo tiempo que se identificaba a sus dos ocupantes.

Otros seis cadáveres se hallaron en el aparcamiento, cerca de donde había explosionado el Peugeot. Uno estaba dentro de un automóvil. Dos estaban en el locutorio, uno de ellos un niño de dos años de edad. Unas 30 personas estaban heridas.

Se tardó cerca de hora y media en levantar los cadáveres, que fueron transportados en carros de la compra hasta una dependencia del hipermercado donde se improvisó un depósito para su identificación.

Los heridos fueron trasladados a tres hospitales alicantinos. En el Hospital General fueron dados de alta a las pocas horas tres heridos, quedando ingresados 11 mujeres y un hombre. En la clínica Vistahermosa ingresaron siete mujeres y un varón fue dado de alta esa misma noche. En la clínica del Perpetuo Socorro ingresó un joven.Llamadas amenazantes

Enseguida se extendió la noticia de que había sido un atentado de ETA. Por desgracia, en aquella época no era extraño que los etarras hicieran explotar bombas en destinos turísticos. Además, minutos antes de la explosión, al parecer se habían recibido llamadas telefónicas de supuestos portavoces de la banda terrorista vasca que avisaban de la inminente explosión de una bomba en la capilla del monasterio de la Santa Faz. Llamadas que se dijeron fueron recibidas en la emisora alicantina de la Cadena COPE y en las redacciones de los periódicos INFORMACIÓN y La Verdad.

En este diario se informó del supuesto comunicado terrorista: «A las 20,10 horas este periódico recibió un comunicado en nombre de ETA que decía: "Atento a lo que te voy a decir. Esto es un comunicado de ETA. Dentro de veinte minutos va a explotar una bomba en la capilla de la Santa Faz. Avise a la Policía para que disuelva una manifestación fascista que se está celebrando en este momento". Y se despidió con unas palabras en vasco. Inmediatamente se avisó al Cuerpo Nacional de Policía».

A la misma hora (20:10) se recibió una llamada telefónica similar en el monasterio de la Verónica. Instantes después una monja entró en la capilla donde se estaba celebrando una boda gritando que «la iglesia iba a volar por los aires». Fueron desalojados de inmediato quienes había en la iglesia, incluidos los novios, Francisco Cameo e Isabel Iñesta. A los pocos minutos fue revisado el edificio por un grupo de guardias civiles especializado en explosivos y, al no hallarse bomba alguna, la ceremonia fue reanudada en la capilla, acabándola enseguida. Pasaban unos pocos minutos de las 20:30 cuando los guardias civiles se marcharon deprisa al centro comercial Pryca de San Juan, donde se había producido una explosión.

Todo ello hizo que durante más de dos horas se diera por seguro que había sido un coche-bomba preparado por terroristas el que había explotado en el aparcamiento de Pryca. Fuentes de la Guardia Civil llegaron a afirmar que había sido colocada una carga de entre 10 y 15 kilos de amonal en el automóvil, al que le habían cambiado las placas de la matrícula.No fue un atentado

Cerca de medianoche el portavoz oficial del Ministerio del Interior, Agustín Valladolid, leyó en Madrid un comunicado ante los medios de comunicación en el que descartaba que la explosión en el aparcamiento de Pryca de San Juan fuese un atentado terrorista.

Restos del coche siniestrado. rafa arjones

No se había encontrado en el lugar del suceso la metralla que ETA solía utilizar en los coches-bomba y un análisis más detallado de los restos del vehículo que había explotado había permitido descubrir trozos de cohetes pirotécnicos. Se trataba de un Peugeot 205 de color rojo y con matrícula A-8041-AJ, propiedad de Joaquín Rigal Martínez. Distintos medios de comunicación señalaron erróneamente a Rigal como dueño de la pirotecnia La Levantina, que había sido clausurada el 1 de agosto después de que se produjera un accidente en los talleres de la empresa, situados en San Vicente del Raspeig.

Joaquín Rigal había llegado al lugar de la explosión muy alterado porque sospechaba que había sido su vehículo el causante del suceso y porque era conducido por su hijo, a quien acompañaba un amigo. Más tarde se identificaron los cadáveres calcinados hallados entre los restos del Peugeot como los de Antonio Joaquín Rigal Vicó, de 22 años, y de José Muñoz Molina, de 25 años.

En las declaraciones que realizó ante la Guardia Civil aquella misma noche, Joaquín Rigal explicó que era un antiguo empleado de la Fábrica de Aluminio y que se dedicaba al comercio en pequeña escala de material pirotécnico, ayudado por su hijo. Este debía transportar esa tarde, en compañía de un amigo suyo, la mercancía que le habían encargado para realizar una traca en un chalé de San Juan, donde se celebraba una boda. Como la dirección que les dieron estaba incompleta y no sabían llegar, fueron a ver a la novia de Antonio Joaquín, que trabajaba en una promoción en Pryca, para que le dejara telefonear al dueño del chalé. Así lo hicieron, dejando el coche en el aparcamiento del hipermercado. Cuando regresaron al automóvil y pusieron el motor en marcha, se produjo la explosión. Según información facilitada posteriormente por los peritos forenses, la altísima temperatura que se registraba en aquel momento en el interior del vehículo, que estaba expuesto al sol, propició la deflagración de la pólvora que había en el maletero.

De manera que a partir de la medianoche el atentado había sido descartado oficialmente como causa de la explosión. Todo apuntaba a que se trataba de un accidente. Pero, entonces, ¿qué pasaba con las llamadas telefónicas que se habían recibido en varios medios de comunicación alicantinos, así como en el monasterio de la Verónica, en las que supuestos etarras amenazaban con la explosión de una bomba en la capilla de la Santa Faz, minutos antes de que se produjera la tragedia en el parking de Pryca? ¿Habían existido de verdad? ¿Se trataba de una broma pesada que desgraciadamente había coincidido con la accidental explosión de un coche cargado con material pirotécnico? Esta cuestión continuó debatiéndose en los medios de comunicación durante unos días más, sin que nadie ofreciese una respuesta convincente.

Las víctimas mortales

Las ocho personas que murieron en el acto aquella tarde del 19 de agosto de 1989, como consecuencia de la explosión producida en el aparcamiento de Pryca de San Juan, fueron:

Josefina Juan Ripoll, de 51 años. Fue enterrada en San Juan. Iba acompañada por su hija María José Llorca Juan, de 16 años, que había sido elegida ese año reina de las fiestas de San Juan. Esta sufrió heridas muy graves, una de las cuales le ocasionó una profunda sordera.

Antonio Romera Cañete, de 24 años. Fue enterrado en Sant Boi de Llobregat (Barcelona).

Ana María Carrasco García, de 31 años, y su hija Patricia Antonia Albero Carrasco, de 2 años. Ambas fueron enterradas en Alicante.

Andrés de Castro Contreras, de 27 años. Fue enterrado en Alicante.

Vanesa González Tendero, de 6 años. Era de Mutxamel, donde fue enterrada.

Antonio Joaquín Rigal Vicó, de 22 años, conductor del coche que portaba el material pirotécnico y su amigo José Muñoz Molina, de 25 años. Ambos fueron enterrados en Alicante.

Como veremos en el próximo artículo, a esta funesta lista se unieron unos días después dos de las mujeres que se hallaban muy graves.

www.gerardomunoz.com

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