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Francisco García

Montesquieu, de actualidad

Una estatua de Montesquieu

Una estatua de Montesquieu

Alfonso Guerra mató a Montesquieu y el PP pretende ahora resucitarlo con bálsamo de Fierabrás. Les costará trabajo a los populares el milagro de devolver a la escena pública al filósofo francés, que reclamar la separación de poderes no parece un Lázaro redivivo desde el día en que Sánchez puso candado férreo al mausoleo de la Ilustración cuando designó fiscal general del Estado a su antigua ministra de Justicia, Dolores Delgado. Y de esos barros viene el lodazal que embadurna de inmundicia la vida política a cuenta de la renovación del Consejo General del Poder Judicial. Para garantizar la sanidad del sistema democrático no conviene cerrar los ojos a los intentos frecuentes del gobierno de turno de injerencia en uno de los pilares que sujetan el edificio común. En el Estado de derecho, la Justicia se levanta como muro de contención para evitar los desmanes de la política.

De ahí el empeño en controlar a la magistratura. A los políticos les interesa instalar a jueces afines en los sillones principales de tribunales relevantes, por si algún día se ven en el banquillo. Puestos a preferir, el judicial debe ser el más independiente de los poderes. Ya escribió el mentado Montesquieu que “para no abusar del poder conviene que otro poder detenga al poder”. Lo cual recomienda finiquitar el modelo vigente de reparto partidista de cargos en el gobierno de los jueces, al antojo de los partidos políticos. O cambia el sistema actual de cuotas en la designación de los miembros del Consejo General de Poder Judicial o el desprestigio de la institución será irreversible. Cuanto más se demore el arreglo del actual desaguisado, conducido por intereses partidistas a un callejón sin salida, más costará restaurar el crédito del poder judicial.

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