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José María Asencio

Vuelva usted mañana

José María Asencio Mellado

Moderación y consenso

Moción de censura de Vox

Moción de censura de Vox

Lo vivido la semana pasada en el Congreso tuvo dos representaciones bien definidas. Por un lado, la propia de quienes se encuentran obligados a ser algo en el escenario de la confrontación permanente, en el indeseable marco de las dos Españas que, aunque se empeñen, no existe en la calle, ni por ahora empaña la convivencia. Por otro lado, la de los partidos de Estado que, visto está, deben entenderse por historia y responsabilidad, máxime en un momento en que ese concurso es imprescindible.

La vergüenza de presenciar un espectáculo repleto de insultos, menosprecios, posiciones extremas impropias de quienes deben gestionar un país diverso, pero no fracturado en sus gentes corrientes, se vio de alguna manera compensada con la esperanza, naciente, pero sensible, en que quienes tienen la mayor responsabilidad asuman la que les corresponde y, con el respeto debido a todas las posiciones, a todas, les otorguen el valor que tienen conforme a su representatividad y, sobre todo, aparquen aquellas que manifiestamente han acreditado que solo pueden subsistir en un clima de agresión permanente.

Que UP mantenga posiciones antisistema es normal en democracia. Pero, no puede estar en el gobierno quien ataca a las instituciones empañando la imagen de una de ellas, la del Poder Ejecutivo. Asumir el gobierno significa renunciar a posiciones contrarias al sistema mientras se permanezca en él. Ambas cosas son incompatibles.

PP y CS dieron una lección de moderación. Y el PSOE, aun teniendo en cuenta su situación de insuficiencia para gobernar, mostró ciertas formas que alumbran una luz de esperanza que pudiera dar paso a grandes acuerdos sobre los temas más determinantes y sensibles para una sociedad harta de políticos que confunden ideologías con intolerancia, libertad con desprecio al adversario, razón con exclusión. Esos no debieran tener cabida en esta sociedad que sufre en silencio y un silencio perturbado por los escandalosos exabruptos de la radicalidad de grupos cuya importancia en el buen gobierno debería ser ninguna. Que el PSOE abandone sus derivas de confrontación, auspiciadas por asesores que ven solo como objetivo el beneficio partidista, es imprescindible en estos momentos.

No era el momento de hablar de Franco, que salió cientos de veces aunque está muerto. Ni Franco vive, ni hay millones de franquistas salvo en el imaginario de iletrados cuyo discurso es de una elementalidad que asusta pensar en ellos como socios de gobierno.

Era el momento de mostrar sensibilidad hacia una ciudadanía que no soporta tanta estulticia y era el de fortalecer nuestro sistema ante Europa habida cuenta el daño a nuestra imagen causado por la precipitación y la tendencia al absurdo de usar la palabra como arma arrojadiza.

Es el momento de los pactos de Estado, sin grandes condicionamientos mutuos, con la mesura obligada cuando se acuerda y concierta. Aceptando la legitimidad del gobierno y de la oposición, así como de todos los grupos de la Cámara. No es lícito insultar a los votantes en general denigrando a quienes lo hacen a los adversarios y otorgando valor privilegiado a los propios.

El PP se ha arriesgado en la determinación de su centralidad y roto puentes con VOX, pagando el precio que pueda serle exigido. El PSOE, instalado igualmente en un entorno de radicalidad, está obligado a lo mismo, salvo que asuma como propias las posiciones ideológicas de sus socios y apoyos parlamentarios. Es el reto al que ha de enfrentarse. Pedir que el PP rechace el apoyo de VOX manteniendo el PSOE sus pactos extravagantes y desalojar al PP de sus espacios de poder, como demanda Lastra, no parece otra cosa que política de bajos vuelos y reiteración de idénticos comportamientos.

La educación, la sanidad, la historia común, que es de todos y la economía no son cuestiones susceptibles de cambiar profundamente cada cuatro años. De ahí sus deficiencias, pues no se establecen pautas comunes que generen seguridad y certeza y que, por el contrario, traen consigo inestabilidad. Podríamos aprender a pactar los grandes asuntos que ocupan la vida cotidiana, poniendo por encima de todo el respeto de todos y la eficacia del sistema. El sistema es extremadamente vulnerable debido a un pluralismo excesivo. Tantas sensibilidades no se explican más allá de la insoportable tendencia a la superioridad moral.

La moción de censura de VOX, inoportuna, tuvo valor puramente electoral, dirigida a lograr una posición preeminente en la derecha; de ahí que el discurso fuera bronco, plagado de excesos, desprecios a los adversarios y excluyente. No es ese el camino de lo que interesa a los españoles aunque pueda beneficiar a una formación determinada. Los discursos de las izquierdas más radicales y los independentistas, aburridos y groseros, intolerantes y anacrónicos, demostraron que no sirven para este momento y han de ser reconducidos a la oposición, pues hacen oposición al sistema que siempre representó el PSOE.

Casado se mostró como un líder sólido en la posición del centro derecha, que para consolidarse debe mostrarse en una actitud constructiva y rigurosa. Sánchez ha quedado expuesto a exigencias de centralidad si no quiere perderse en las actitudes de confrontación que, tarde o temprano, más temprano que tarde dada la situación económica, le pasarán factura.

Si de algo puede servir la moción de censura que sea para recuperar el consenso de una sociedad que lo necesita. Ya llegarán las contiendas electorales. Ahora no se prevén en el futuro inmediato y provocarlas no es propio de lo que se espera a quienes ocupan los espacios que representan a la inmensa mayoría de ciudadanos.

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