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Marc Llorente

Tormenta familiar

LAS COSAS QUE SÉ QUE SON VERDAD

Teatro Principal de Alicante

3 estrellas

Una obra sobre la familia con la que no resulta difícil sintonizar de alguna manera, ya que la realidad individual y compartida tiene vínculos con las escenas amargas o cordiales de Andrew Bovell. Choques, ternura e intensidad componen el interés de Las cosas que sé que son verdad, obra ubicada en un pequeño jardín familiar con un árbol suspendido en el aire al revés, como reflejo de la contrariedad, y otros simbólicos espacios. El padre es Julio Vélez. Los hijos acuden de visita. Pilar Gómez, Borja Maestre, Candela Salguero y Jorge Muriel, adaptador y traductor de una pieza en la que nos cuentan la historia con la teatralidad reforzada y al descubierto. No obstante, el realismo psicológico funciona. Y un competente cuarteto de jóvenes con tonos amables que avanzan hacia cuerdas tensas. La madre es Verónica Forqué, galardonada en los Premios Max por esta obra, con esas marcadas características que se apoderan del papel y pueden gustar más o menos. Lo que toca se convierte en comedia, aunque no sea ese el objetivo esencial de la pieza del autor australiano. Sereno o dramático, Vélez acoge sus circunstancias con control. La rutina matrimonial, la calma y la tempestad transitan en un espacio escénico donde los deseos y las frustraciones, como en tantas otras piezas, residen en los pasajes dirigidos por Julián Fuentes Reta. La confrontación tiene momentos con las tintas algo cargadas, y las cuatro estaciones del año vienen, se van y vuelven. Las vicisitudes de los personajes actúan de similar modo. La hija despechada por un individuo. La ambición de un hijo que le empuja al desfalco. El hermano se siente mujer, o la otra hija que choca con la actitud protectora de la madre y que pretende huir lejos de su madura pareja, de sus hijos y de la monotonía habitual. Salvando las distancias, esto recuerda a la Nora de Casa de muñecas, de Ibsen, que atiza un portazo y se larga con su incipiente feminismo. La borrasca evoca el espíritu teatral de Tennessee Williams. Y el drama termina en tragedia. Pero haciendo piña.

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