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Crítica de música

Evidencia de lo auténtico

Javier Perianes, en el concierto del Teatro Principal.

Javier Perianes, en el concierto del Teatro Principal.

La costumbre y la cercanía hacen que no se aprecien ciertas cosas. Para el forastero, llegar a Alicante y encontrarse con la programación de su ya casi cincuentenaria Sociedad de Conciertos (1972) sorprende, impacta y admira. Basta repasar algunos nombres de los artistas invitados de esta misma temporada para quedarse casi tan pasmado como el rey de Torrente Ballester. Solo entre los pianistas, la relación comprende nombres como Yefim Bronfman, Josep Colom, Nikolái Demídenko, Elisabeth Leonskaya, Andrea Lucchesini, Dezsö Ránki, Varvara, Eliso Virsaladse, Alexéi Volodin y el onubense Javier Perianes (1978), quien el miércoles puso el listón quizá aún más alto en su regreso al Teatro Principal, con un programa de hondos vuelos que agrupaba tres sonatas sutilmente enzarzadas: las 12 y 31 de Beethoven (ambas en La bemol mayor), y la Segunda de Chopin, que atesora en su tercer movimiento -como la duodécima de Beethoven- una marcha fúnebre.

Perianes es ya, ¡quién lo discute!, uno de los grandes del teclado del siglo XXI. Cada recital supone un reencuentro con la música. Toca desde el alma tanto como desde la razón. Con un sentido estético cada día aún más rotundo y natural, cómplice y servidor de la partitura, de cada uno de sus inagotables detalles y secretos. En pocos intérpretes se manifiesta tan evidente esta vocación, sin que ello presuma falta de personalidad interpretativa: el artista Perianes marca sus versiones con la evidencia de lo auténtico, pero también con la inteligencia de una mente musical privilegiada y la calidad escrupulosa de unos formidables medios técnicos empeñados en eludir protagonismo.

Beethoven es uno de los variados puntales en los que se ha basado su firme carrera internacional. No solo el Beethoven de los cinco conciertos para piano, que ha tocado en su totalidad en maratonianas jornadas con directores como Jesús López Cobos y orquestas como la Filarmónica de Londres, sino también el de las sonatas, frecuentadas tanto en disco como en salas de concierto. Han transcurrido ya seis años –el 1 de abril de 2014- desde que tocara para la Sociedad de Conciertos la Sonata número 12, en La bemol mayor. Desde entonces, han ocurrido muchas cosas. También en la carrera de Perianes, que nunca ha estado lejos de Alicante y del público de la Sociedad de Conciertos. El entonces joven artista, por el que desde el primer momento tan decididamente apostaron los avispados programadores de la SCA, retorna con el mismo y nuevo Beethoven. Igual de verdadero, igual de impecable, tan fascinante como siempre, pero también robustecido con un sonido más expandido, más rotundo, más extremo incluso, que por ello no pierde ese fraseo, sonido y control de las dinámicas tan inconfundibles y únicos, tan «marca» de la casa.

La serie de cinco variaciones del primer movimiento de la sonata beethoveniana y el mesurado scherzo del segundo desembocaron en el intenso punto culminante que es la marcha fúnebre, de dramatismo tan diferente y al mismo tiempo tan parejo del de la marcha fúnebre de Chopin. «Sulla morte d’un Eore», anota Beethoven en el pentagrama. Un héroe desconocido, ignoto, que podría ser cualquiera. Quizá como el de la Sonata de Chopin, obra que encontró en los dedos de Perianes una interpretación extraordinariamente novedosa y particular. Las primeras notas del movimiento inicial, dichas con enorme potencia y fuerza, ya apuntaron lo que iba a ocurrir: una interpretación arriesgada y valiente, extravertida y en ocasiones hasta arrolladora. Pletórica de fuste pianístico y de contagiosa expresión. Íntima e introspectiva, de dinámicas extremas, con pianísimos y sonoridades que no eluden los maravillosos recursos del piano moderno. Chopin, tan poco amigo de las grandes sonoridades, se hubiera quedado maravillado con las increíbles gamas dinámicas y con los colores y registros con que se escuchó su sonata. Perianes hace así presente las raíces de futuro que Chopin traza en su música. La famosa marcha fúnebre, con su fascinante sección central modulada a la tonalidad relativa de Re bemol mayor, fue uno de los puntos álgidos de un recital todo él en la cúspide.

También en la cúspide transcurrieron las dos propinas que se escucharon como respuesta al entusiasmo, a los bravos y aplausos dispensados por un público maravillosamente silencioso, que, en virtud de la normativa derivada de la pandemia, cubrió algo menos de la mitad del aforo del Teatro Principal. El secreto de La maja y el ruiseñor de Granados encontró en sus dedos comunicativos un confidente comparable a la excelsa Alicia de Larrocha, como la última de las Tres mazurcas opus 63 de Chopin, colofón definitivo de un recital que queda marcado como fecha inolvidable en la memoria de la Sociedad de Conciertos.

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