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Miguel Ángel Santos Guerra

Nosotros continuaremos, profesor

La UE se solidariza con Francia tras el atentado de Niza

El pasado día 16 de octubre se produjo en Conflans Sainte Honorine, una pequeña ciudad residencial de 35.000 habitantes, a 30 kilómetros de París, un hecho que ha conmovido al mundo, un asesinato que ha hecho temblar los pilares de nuestra civilización. El profesor de Secundaria Samuel Paty, de 47 años, que impartía Geografía e Historia y Educación Cívica en el College D´Aulne, fue decapitado por defender en sus clases la libertad de expresión.

El joven profesor mostró las caricaturas de Mahoma que había utilizado en el año 2015 la revista Charlie Hebdo provocando una masacre de 12 muertos en un acto terrorista que todavía nos sobrecoge. Lo hizo el día 5 de octubre pasado, en una clase sobre la libertad de expresión en el marco de la asignatura de Educación Cívica (dichosa asignatura que Francia mantiene contra viento y marea y que nosotros hicimos desaparecer por las alcantarillas de la historia), sabiendo probablemente que al hacerlo arriesgaba su vida. Un padre de la escuela denunció los hechos, acudió al centro pidiendo la expulsión del profesor e incendió las redes con acusaciones e insultos de todo tipo.

El viernes pasado, día 16 de octubre, después de una campaña de hostigamiento de más de diez días (qué responsabilidad la inoculación del odio a través de las redes) el profesor, al que sus alumnos y alumnas alaban como una persona cercana, entusiasta y comprometida, conoció en sus propias carnes la violencia más brutal e intolerable que nace del fanatismo y de la intolerancia. Pagó con la vida la defensa de la libertad.

El joven yihadista ruso de origen checheno, de 18 años, llamado Abdullakh Anzorov, acabó con la vida y con la tarea de enseñar de un profesional del pensamiento y de la libertad. El joven, que no estudiaba en el centro, llegó al Colegio el viernes, 16. El sábado siguiente comenzaban unas vacaciones de 15 días. Preguntó por profesor Paty, pagó 300 y 350 euros a dos alumnos a quienes pidió que le identificaran y le siguió hacia su casa. En el camino le decapitó con un cuchillo de 32 centímetros, luego hizo una foto y la envió a las redes con este mensaje dirigido a Macron, “el dirigente de los infieles”: “He ejecutado a uno de tus perros del infierno, que ha osado rebajar a Mahoma”. La policía le siguió. Él les plantó cara. Le dispararon y murió. Cuesta aceptar que un fundamentalista ignorante acabe con la vida de un profesional dedicado a formar en la tolerancia a sus alumnos y a sus alumnas. Cuesta digerir que el precio de la enseñanza de la libertad, sea la vida misma que la corta de cuajo.

“Se puede morir por una ideología, decía Machado, pero no se puede matar por una ideología”. ¿Quién le había metido en la cabeza esas ideas al joven Anzorov? ¿Quién ha sido su adoctrinador? Porque el chico no ha recibido la influencia beneficiosa de un maestro sino la presión indecente de un fanático. Ha sido adoctrinado, no educado. El adoctrinador, ese viernes, cenó, vio la televisión y se fue a dormir. El joven terrorista rezaba para que Alá le aceptase como un mártir de la causa.

¿Quién otorgó a estos fundamentalistas despreciables el derecho a convertirse en dueños de la vida de los demás? Si no están de acuerdo con el comportamiento ajeno, ahí están los tribunales. Pero no. Ahí están ellos decidiendo quién es bueno y quién es malo. Ahí están ellos diciendo quién debe vivir y quién no. Ahí están ellos autoproclamándose dueños del destino ajeno.

¿Qué pensarán los alumnos de Samuel Paty sobre la decisión de quitar de en medio a su querido profesor de una forma tan injusta y cruel? ¿Qué sentirá la familia ante ese acto de barbarie? ¿Qué sentirá su hijo de 5 años, al que, por cierto, han nombrado “pupilo de la nación francesa”?

¿Qué piensa el pueblo francés y el mundo entero sobre ese atropello? Pero a ellos les da igual. Los fanáticos han conseguido adoctrinar a ese joven incauto y ellos se han quedado protegidos por su cobardía y su maldad. ¿En nombre de qué Dios o de qué Profeta matan? Al parecer “en nombre de Alá, el todo misericordioso”. ¿Misericordioso con la familia de Paty?

¿Misericordioso con los docentes del mundo? Los fundamentalistas obedecen a una moral miserable mientras pisotean la ética universal.

Resulta difícil de comprender hasta dónde llegan los límites del fanatismo. Un fanático está más cerca de la muerte que de la libertad. Un fanático no acepta la presencia de un pensamiento distinto al propio.

Acabar con la vida de un profesor por este motivo es un acto de barbarie insoportable. Le podía haber pasado a cualquiera. Decapitar a un docente es cortarle la cabeza a la libertad.

Francia ha rendido un homenaje oficial al profesor Samuel Paty, y en él a todos los docentes que luchan cada día por la libertad de expresión. “Je sui prof”, se ha convertido en un hermoso y profundo lema.

El presidente francés, Emmanuel Macron, aseguró este miércoles en el homenaje nacional al profesor decapitado que Francia “no renunciará a las caricaturas” y proseguirá “el combate por la libertad” que Samuel Paty encarnaba.

“Nosotros haremos descubrir la literatura, la música, todas las obras del alma y del espíritu. Nosotros amaremos con todas nuestras fuerzas el debate, los argumentos razonables, las persuasiones amables. Amaremos la ciencia y sus controversias. Como usted cultivaremos la tolerancia. Como usted, buscaremos comprender, sin descanso. Aprenderemos el humor, la distancia. Nosotros recordaremos que la finalidad la libertad es el final del odio y de la violencia. Por el respeto al otro. Nosotros continuaremos, profesor. A lo largo de su vida los centenares de alumnos que ha formado ejercitarán el espíritu crítico que les has enseñado.

Algunos de ellos serán a su vez profesores. Ellos formarán jóvenes ciudadanos… en una cadena que no se romperá jamás. Nosotros continuaremos, sí, el combate por la libertad y la razón. Te lo debemos. Nos lo debemos”.

La emocionante ceremonia tuvo lugar en el patio de honor de la universidad parisina de la Sorbona, “lugar del humanismo” y del “saber universal”. El féretro se encontraba entre las estatuas de Louis Pasteur y de Víctor Hugo. Una acumulación de símbolos del saber, de la cultura y de la libertad.

En el acto de homenaje al profesor Paty, una alumna leyó la conmovedora carta que Albert Camus, al recibir el Premio Nobel de Literatura, le escribió a su maestro el Señor Germain: “Esperé que se apagara un poco el ruido que ha rodeado todos estos días antes de hablarle de todo corazón.

He recibido un honor demasiado grande, que no he buscado ni pedido. Pero, cuando supe la noticia, pensé primero en mi madre y después en usted. Sin usted, sin la mano afectuosa que tendió al niño pobre que yo era, sin su esperanza y ejemplo, no hubiese sucedido nada de todo esto. No es que conceda demasiada importancia a un honor de este tipo. Pero ofrece por lo menos la oportunidad de decirle lo que usted ha sido y sigue siendo para mí, y de corroborarle que sus esfuerzos, su trabajo y el corazón generosos que usted puso en ello continúan siempre vivos en uno de sus pequeños escolares que, pese a los años, no ha dejado de ser su alumno agradecido”.

Decapitar a un profesor es clavar un puñal afilado en el corazón de la cultura. Es asestar un terrible golpe a la libertad de pensamiento. Es colocar una bomba en los cimientos de la escuela. Decapitar a un profesor es alentar la barbarie, esparcir el odio y destruir la civilización.

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