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Manuel Alcaraz

La plaza y el palacio

Manuel Alcaraz

La presión no ayuda

Mónica Oltra, vicepresidenta del Consell.

Hace unos días la vicepresidenta Mónica Oltra alzó cierto revuelo porque dijo que en algunas decisiones sobre la pandemia podían incidir las presiones de algunos lobbys. A mí me parecieron sensibles y más que oportunas. Al menos por dos razones.

La primera porque es obvio. Pero a veces si no se dice lo obvio, te quema la lengua y el alma. Sobre la necesidad, apremiante ya, de actuar con más rigor para defender la economía antes que la enfermedad, se han pronunciado, tenderos al por mayor y otros guardianes de las esencias del capital. Y si eso lo dicen algunos en público ni imaginar quiero lo que expresarán en privado. Lo que Oltra dijo, pues, no es mera imaginación sino verificación realista. Y es que no es lo mismo que el frutero de la esquina opine de la gestión anticovid que lo haga algún otro. En esta sociedad desigual la palabra también cotiza en bolsa, si tienes la posibilidad de que sea interpretada como advertencia, siquiera sea de futuro enfado. Por supuesto no elige el tono quien quiere, sino quien puede. Aunque a veces se equivoque. Porque siendo legítimo que cada cual defienda sus intereses, su sector, sus expectativas de ganancia o de recuperación, no es legítimo que se ponga a la sociedad, estresada hasta lo inimaginable, en la tesitura de una elección que, además, es falaz. Desgraciadamente ya sabemos que con más muertes no va a mejorar la economía, salvo que nos despreocupemos totalmente y dejemos a los enfermos esparcidos por las calles, a las puertas de los comercios, bancos u hoteles.

La cuestión aún se complica más: los que se sienten con fuerza para amenazar -aunque sea sutilmente y sin mala intención-, los que encuentran cobijo en alcaldías asustadas y en titulares guiados por la inercia, suelen ser los que han sabido, por una cosa o por otra, concitar un consenso histórico en las bondades de sus negocios. Muchas veces con razón. Y en esos consensos también se basaban algunos equilibrios sociales, el relato de la convivencia y de identidades locales o comarcales. ¿Qué sucederá si a fuerza de meter presión ese consenso se pierde o se difumina? ¿Y si en el futuro postcovid algunas seguridades actuales ya no pueden mantenerse por cosas tan desconcertantes como el cambio del flujo de turistas o en el tipo de visitantes, el miedo prolongado a viajar o la necesidad de desviar ayudas a apremios que hace un año eran inimaginables? Desde luego que en esta tristísima lotería a algunos sectores económicos les ha venido especialmente mal dadas. Y no me parece mal que, si es posible, dispongan de ayudas condicionadas, también, a la utilidad general del negocio. Pero es que a otros les ha venido muy bien dadas. Y estoy por ver a ejecutivos o dueños de empresas tecnológicas o de comercio a domicilio ofrecerse a pagar más impuestos. O sea, que sí, que toda queja debe encontrar un lugar al sol, que ojalá toda penuria acabe pronto. Pero que ni se dirijan todas las peticiones a los que gestionan lo común ni se olvide que intentando castigar al político se agobia aún más a la inmensa masa de ciudadanos que no alcanzan ni a quejarse.

Pero, como he dicho, hay una segunda razón para felicitar a Mónica Oltra. Y es que es bueno, en sí, que aflore esa sensación que muchos tienen. Y no hablo de aficionados a conspiraciones y conjuras. Hablo, otra vez, de la gente “normal” -si alguno aún goza de tal virtud-. Porque uno de los rasgos de la crisis política larvada por lustros es haber involucionado a una cultura de la sospecha que, aquí, encontró combustible en los casos de corrupción. ¿No deberá agravarse ahora? Sospechar no nos hace ni más sabios, ni mejores personas, ni inmejorables políticos, periodistas o profesores. Pero avisar de los peligros de la generalización de la sospecha si nos hace mejores. Y en ese punto estamos: necesitamos identificar las razones que llevan a una tremenda cantidad de ciudadanos a recelar, por ver si podemos aislarlas, corregirlas y eliminarlas. Quizá sea una tarea imposible: cada herida sanada dejará espacio para otra. Con una pandemia y una crisis económica ese va a ser nuestro horizonte: la confianza es la tercera víctima, aunque caminara renqueante desde antiguo. Por eso es urgentísimo que las instituciones enfaticen el buen gobierno, que no dejen huecos para que penetre ese vector de gravedad que desanima a la hora de cumplir las indicaciones de salud pública, que incita a estúpidas rebeliones, que relega medidas y normas jurídicas. Los empresarios con la tentación de influir con desmesura deberían estar interesados en ayudar: la recuperación también depende de ello.

La transparencia fue un emblema que se alzó contra la corrupción. Creo que hay que revitalizarla, unirla a otros criterios como la austeridad, la claridad en las promesas, la configuración de enunciados de proyectos que permitan rastrearlos y una buena dación de cuentas. Hay que repensar el contenido del concepto “buen gobierno”. Considerarlo como una medicina, como una vacuna. No como magia, sí como necesidad perentoria. Los ciudadanos tenemos derecho a saber las reuniones que se celebran: eso no es una molestia, es una garantía de construcción de confianza. Decir lo contrario no es una evidencia sino una expresión cultural que debe ir cambiando. Si a eso sumamos los cientos de millones que deben llegar de la UE, sobre los que también se alzarán aves de rapiña y logreros avezados, es fundamental hacer esta reflexión. Que sólo será posible desde la lealtad y la buena fe: todo estará perdido si se intenta jugar esta partida para la obtención, en el cortísimo plazo, de presuntos votos, beneficios de imagen, fotos de ocasión y fama efímera de bondad. En este momento, entre un bueno y un inteligente, prefiero con mucho al inteligente. Lo peor es que los malos, además, suelen ser tontos. Pero eso lo dejaremos para otro día. ¡Gracias Mónica!

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