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Bartolomé Pérez Gálvez

Groucho y el bicho

Fernando Simón.

Fernando Simón.

Ocho meses tragando con la pandemia y seguimos como al principio. Incluso peor porque las cifras actuales dejan en anecdóticas a las que, en primavera, nos metieron el miedo en el cuerpo. ¡No cambiamos! Por mucho que nos den la vara con aquello de aprender de los errores, los humanos no dejaremos de ser los animales más zopencos que habitan sobre la faz de la tierra. Así estamos ahora, discutiendo sobre derechos y libertades, y considerando por igual la salud y el cachondeo. Como si la vida permitiera estas estúpidas disquisiciones. Aferrados a cualquier excusa para responder al bicho con el único instrumento que nos queda -confinar, por supuesto-, nos abocamos al caos. Una vez más vence la inmediatez, en detrimento de la visión a medio y largo plazo. Miopía hacia el futuro, como diría Damasio.

Por más que Fernando Simón insistiera en negar la mayor, lo de la segunda ola –y las que vendrán- se sabía desde hace meses. Bastaría con una pizquita de lógica para prever lo evidente, aunque no fueron pocas las investigaciones que apuntaron en este sentido desde los primeros compases de la pandemia. En una revista de tanto prestigio científico como Science, ya en el mes de abril lo advertía un equipo de investigadores de la Escuela de Salud Pública de Harvard, pero no se les hizo ni puñetero caso. Transcurrido el primer mes de veraneo ya habíamos multiplicado por ocho la incidencia de junio. Por aquel entonces, desde el Ministerio de Sanidad se evitaba hablar de segunda ola y recurrían al eufemismo de los “casos asociados a brotes”. Finalizando septiembre, el Nostradamus de la sanidad española se daba de bruces con la realidad, aunque insistiera en su esfuerzo por tranquilizarnos –o seguir engañándonos, según se vea-, afirmando que “la segunda ola del coronavirus no va a tener un impacto tan grande”. Quince días más tarde, la versión era tan positivista que se nos decía que España “probablemente está llegando al pico”. Y, hace apenas un par de semanas, Simón tiraba la toalla avisando de que “vamos a enfrentarnos a una ola peor de la que estamos viviendo”. En otras palabras, toda la experticia ministerial quedaba reducida a “donde dije digo, digo Diego”. Sálvese quien pueda.

Mientras asistíamos al crecimiento exponencial de los contagios y llegábamos a creer las mentirijillas que nos contaban, los experimentos con gaseosa se extendían por este fiasco de Estado pseudoconfederal y anencefálico, al que llamamos España. Cualquier chorrada es buena para distraer la atención, por más que no disponga de evidencia científica alguna de su eficacia. Esos “cierres perimetrales” que han demostrado mucho ruido, pero aportado pocas nueces, nos traían el recuerdo de los asedios medievales. Mientras los políticos decretaban la última tontería parida entre café y café, pocos hicieron caso a la coherencia y recomendaciones de expertos de prestigio como Ildefonso Hernández, Rafael Bengoa o Diego López Acuña. Cierto es que la tónica ha sido similar en el resto de Europa, pero no sé por qué diablos tendemos a copiar siempre lo malo –ojo, no todos los países han actuado con el mismo desorden- y no lo bueno. Maldita costumbre de acabar siendo los más tontos de la pandilla. Dicho sea de paso, de esta no salimos sin una respuesta homogénea a nivel continental. Ahora es cuando se echa en falta una política común dentro de la Unión Europea. Más allá de la económica, obviamente. O sentido común, que de políticas ineficaces ya vamos sobrados por estas tierras.

Reconozco que no está el asunto como para tomárselo a broma, pero un poco de humor siempre viene bien para desarrollar la resiliencia y afrontar la fatiga pandémica. Como uno empieza a estar harto de la ira contenida que le lleva al desespero, no se me ocurre nada mejor que recurrir al viejo Groucho para comprender tanta estupidez. “La política es el arte de buscar problemas, encontrarlos, hacer un diagnóstico falso y aplicar después los remedios equivocados”, decía el otro Marx. Cuando los políticos asumen el rol de expertos sin serlo, acontece el desastre. Porque, no se engañen, aquí no hay ciencia alguna, sino una mera utilización instrumental de la información científica. Lo jodido es que, en este proceso, juegan con vidas. Eso sí, al acabar la fiesta no esperen que nadie asuma responsabilidades: “¿Pagar la cuenta? ¡Qué costumbre tan absurda!”. Por supuesto.

Ahora bien, hemos llegado a este punto por supina idiotez común y no solo como resultado de la ineficacia de los gestores públicos. Recuerden aquello de que los humanos, partiendo de la nada, hemos alcanzado las más altas cotas de la miseria. Pues va a tener razón el señor del puro porque mísero es el comportamiento de quienes permiten que la situación se prolongue sine die. Ahí seguimos, esperando el milagro divino de que el bicho desaparezca por arte de magia, haciendo la del avestruz ante la inevitable necesidad de un nuevo confinamiento. Demoramos la única solución que permite afrontar una tasa de nuevos casos que está próxima a triplicar la registrada en los peores momentos de la primavera. Ahora nos dicen que habrá que esperar dos o tres semanas más. ¿Van de farol o esperan un milagro? Mientras nos mantenemos acomodados en esta apatía, tan timorata como masoca, el problema se cronifica y la tensión sanitaria empieza a ser extrema. ¿Alguien espera una Navidad “normal”? Si las medidas siguen postergándose, no les extrañe que los Reyes Magos lleguen en bañador y Papá Noel vista guayabera. Todo es posible.

Afirmaba Groucho que, hasta cuando bromeaba, decía la verdad. Y así es porque la situación aprieta: o se actúa con contundencia, o el túnel será más largo y oscuro de lo esperado. No queda otra.

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