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Juan R. Gil

Análisis

Juan R. Gil

Cortar los hilos

Tan cerca, tan lejos. Puig y Oltra, en primer término, en el pleno del Consell celebrado hace dos semanas.

Tan cerca, tan lejos. Puig y Oltra, en primer término, en el pleno del Consell celebrado hace dos semanas.

Alicante registró el viernes una nueva cifra récord de contagios de covid, con 876 casos, a pesar de las medidas de contención (cierres perimetrales, reducción de aforos en hostelería, toque de queda...) adoptadas por la Generalitat. Las dos próximas semanas serán «muy duras», en palabras de un alto cargo del Consell. Es una locución –«muy duras»– que de tanto ser usada empieza a perder valor. ¿Qué es lo que no está siendo «muy duro» desde que nos atacó este virus?

Pero en todo caso significa que los expertos creen que no hemos llegado al pico. Y que la Comunidad, que hace nada estaba entre las que mejores ratios presentaba de España, escala hasta posiciones mucho menos soportables. ¿Significará eso la adopción en los próximos días de medidas aún más drásticas?

Dejando a un lado lo que haga el Gobierno de España, si es que en algún momento Pedro Sánchez comprende que, siendo fundamentales los Presupuestos, más lo es no tensar el país (faltaba Bildu) y no seguir llamándose andana en la lucha contra la pandemia; dejando aparte el laberinto nacional, digo, la intención del jefe del Consell, Ximo Puig, es no incrementar las restricciones. Los confinamientos perimetrales están demostrando ser poco efectivos, pero una segunda clausura general sería un golpe a la economía difícil de soportar. Ya escribí aquí hace meses que la contraposición salud/economía era una dicotomía falsa: por supuesto que sin salud no hay economía. Pero comprendo a los gobernantes que ponen en la balanza también la economía, porque a su vez la economía es salud: que se lo digan a los psiquiatras, a los psicólogos, a los asistentes sociales, a los farmacéuticos a quienes los clientes de toda la vida les reclaman ansiolíticos sin receta; que se lo digan a los que ya han sido despedidos y no ven un mañana, o a los que están inmersos en un ERE o a los que viven colgados de un ERTE que no saben hasta dónde ni hasta cuándo les protegerá.

Lo que hoy se sabe, a pesar de esas «dos semanas muy duras» que vienen, es que la intención de la Generalitat es mantener las restricciones que hay dictadas ahora, e intentar no ir mucho más lejos. Todo lo va a determinar, más que la tasa de contagios, la evolución de los hospitales, y sobre todo de las UCI. Se está evaluando, por ejemplo, adelantar el toque de queda, una decisión difícil porque sería dar la puntilla definitiva a miles de negocios. Pero quizá esa decisión –y no la de otro enclaustramiento de toda la población– sea la que finalmente se tenga que tomar. En todo caso, no será el consejo de los epidemiólogos el que prime, sino el de los intensivistas: si estos lanzan la alerta de que las UCI van a desbordarse, entonces todo se endurecerá. No es por ahora la situación en la Comunidad Valenciana. Veremos si se llega a ese punto. La Generalitat confía en que esas dos semanas «muy duras» no nos lleven a alcanzarlo.

Fíjense, de todas maneras, cómo de inestable es la situación. Por eso, urge más que nunca que el que se mantenga estable sea el Gobierno de la Generalitat, se caigan bien o se caigan mal sus miembros. Por eso es inaceptable todo lo que ha ocurrido estas semanas, en las que Compromís y el PSPV han venido cruzándose descalificaciones, trasladando a los ciudadanos la imagen de que, cuando de verdad se necesita un Gobierno, sus miembros consumen más energías en la pelea propia que en la cosa pública. Dirán que no es así. Pero no podrán negar que hacen todo lo posible para que lo parezca.

En los últimos días parece que, a trancas y barrancas, afortunadamente va abriéndose paso la sensatez. La vicepresidenta del Consell, Mónica Oltra, protagonizó como portavoz del Gobierno una comparecencia de perfil bajo el viernes, muy alejada de la intervención incendiaria de la semana anterior, cuando dijo la frase maldita que aún no le han perdonado en el Palau de que ella era la que se ocupaba de las personas, mientras otros –en alusión clara a Puig– estaban en «otras cosas». Uno no duda de la sinceridad de Oltra en su preocupación por las personas, pero se sorprende de la simpleza de sus argumentos siendo una líder de la izquierda: ¿hay que recordarle que las empresas, por ejemplo de hostelería, emplean trabajadores? En Alicante son 117.000. Más de cien mil personas que están muy preocupadas por si enferman, por supuesto; pero que no pueden ver las cosas de la misma manera que las ve ella desde su posición social y económica: ella no va a perder su puesto de trabajo en los próximos tres años; ellos lo están perdiendo ya. Así que debería pronunciarse con menos suficiencia de lo que lo hace. Aun si tiene razón.

Pero decíamos que Oltra ha bajado el tono, y eso está bien. Ha pasado, de cuestionar abiertamente las medidas que se toman, a criticar específicamente el hecho de que no se le consulten. Sobre eso de «consultar» habría mucha tela que cortar. El Palau, donde habita Puig, pero también su «aparato», es conocido entre los políticos como «el agujero negro», porque todo lo que entra allí, o no sale, o sale distorsionado. Ese es un problema de y para Puig. Pero las filias y fobias de Oltra, y las estrategias trazadas siempre en términos antinómicos y continuamente buscando una foto que certifique que, si ella no es la dueña de ese Palau, al menos sí lo es de varios de sus salones, disparan la visceralidad de unos y otros de forma exponencial. Ahora dicen los socialistas, para desmentir que no se informe de las grandes decisiones, que antes de decretarse el toque de queda, hace tres semanas, Puig convocó a la consellera de Sanidad, Ana Barceló; al vicepresidente segundo, Rubén Dalmau, de Unidas Podemos, que estaba en Alicante y regresó precipitadamente a València; y a la propia Oltra... que habría sido la única que dio plantón. Desde Compromís, lo niegan rotundamente. Y en el entorno de Podemos, confirman que su máximo representante en el Consell fue convocado y acudió. En cuanto a Oltra, se acogen al sin comentarios.

Dimes y diretes que al ciudadano sólo pueden soliviantarle cuando se convierten en arma política. Al que está enfermo, al que tiene miedo de enfermar; al que no puede ver a la familia y no sabe cuándo la verá; al que está en paro o no sabe cuándo lo estará o no está seguro de si podrá ayudar a los familiares que necesiten su auxilio; al que tenía una empresa y ahora tiene un callejón sin salida... a todos esos, esas peleas sólo pueden conducirles a la desesperanza, que en política siempre se sitúa en el último escalón antes de llegar a la ira.

La relación entre el PSPV y Compromís está envenenada, y no hay antídoto. Pero es imperativo que recompongan la figura, hagan de tripas corazón y vuelvan a actuar como un solo gobierno, porque eso es lo que necesitan ahora los ciudadanos. Dicen que el hombre evolucionó no gracias al famoso pulgar oponible, sino el día que con el índice señaló la Luna. Si es así, el Botànic es una muestra de cómo la especie puede retroceder: lo más importante para ellos, al parecer, vuelven a ser los pulgares con los que tuitean compulsivamente zascas sin control cuyo nivel hace sentir vergüenza ajena.

Cortar los hilos, los de twitter digo, debería ser una prioridad para el Consell. Y a continuación, que Oltra deje de utilizar algo tan grave como la pandemia para sus propias batallas: que ya no te llame La Sexta y tengas que conformarte con dos entrevistas en cuatro días en À Punt es duro, pero no puede ser causa política. Y que Puig recicle su propia política de comunicación, porque sí tiene que tener permanentemente al día a sus socios y también tiene que articular un mecanismo por el cual fluya de manera regular la información hacia los ayuntamientos, sean del color que sean, y las diputaciones, porque son los instrumentos imprescindibles para desarrollar con éxito la lucha contra la pandemia y tienen razón tanto Barcala como Mazón cuando se quejan de que, siendo los que afrontan en primera línea los problemas, son los últimos en enterarse de cómo evolucionan las cosas. Así que Puig tiene que reunirse con Oltra, aunque sólo sea porque la vicepresidenta lo ha pedido, de la misma manera que tiene que hacerlo con los alcaldes de las poblaciones más importantes y con los de las más afectadas por la covid. No puede, ni debe, compartir la responsabilidad. Es suya, ha sabido aceptarla y no sería razonable que la delegara, como ha hecho Sánchez. Pero puede compartir la información y sobre todo debe, por el interés general, hacerlos a todos cómplices de las decisiones.

En la mítica serie El Ala Oeste de la Casa Blanca, el presidente Bartlet castiga a su jefa de Prensa contándole una de sus historietas. Es la de un pesimista y un optimista que están charlando. El pesimista dice: «Esto no puede ir peor». Y el optimista contesta: «Sí, claro que puede ir peor». El optimista tiene razón: aún hay margen para empeorar. Así que a riesgo de que Oltra emita una fatwa contra mí por machista o Puig malinterprete lo que escribo, les aconsejaría a ambos que escuchen el estribillo de la vieja «Estoy por tí», que cantaba Amistades Peligrosas. Ese que dice aquello de «basta ya de tanta tontería». Lo de «meterse mano» no viene a cuento. Pero lo de «ir al grano», en su caso, va en el sueldo.

Juego limpio en la Universidad

La campaña para elegir al rector o rectora que sustituirá a Manuel Palomar al frente de la Universidad de Alicante acaba de empezar y ya estamos teniendo más de un sofoco. Los dos equipos están denunciando juego sucio por parte del contrario y los dos aportan pruebas de que, efectivamente, se está produciendo. Tanto el catedrático de Historia José Cabezuelos como la catedrática de Derecho Amparo Navarro deberían cortar de raíz esta dinámica, que no beneficia a ninguno y que puede dañar mucho la imagen de una institución tan importante para Alicante como es la Universidad. Sus «hooligans», que ambos los tienen, deberían ser conscientes de que la situación no tiene nada que ver con ninguna otra en el pasado. Antes, el sacrificio que una familia tenía que hacer para que uno de los suyos fuera a la Universidad no necesitaba justificación: era un honor y una ventaja profesional. Hoy, el ascensor social está parado. Por tanto, es ahora cuando la Universidad tiene que defender más que nunca su prestigio y su utilidad. Sigue siendo mejor formarse en ella que no hacerlo, pero ese rédito ya no viene de suyo, ya no está tan claro; por primera vez en muchas generaciones, hay que ponerlo en valor de forma activa. Y la imagen de dos candidatos bajando al barro a pelear, defendiendo intereses de departamentos o clanes endogámicos, cruzándose denuncias de irregularidades o de malas prácticas, es una imagen que perjudica gravemente la marca de la UA en el peor momento para hacerlo, y también malbarata el prestigio propio tanto de Cabezuelos como de Navarro, ganado después de muchos años de ejercicio en sus respectivas responsabilidades. Así que más les vale a ambos sujetar a los perros de la guerra que cada uno lleva a su lado.

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