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Manuel Alcaraz

¿Debe pedir el doctor Simón la dimisión de España?

El problema de Simon es que muchos se han cansado de él

Fernando Simón.

Fernando Simón.

En los últimos días asisto con cierto interés a la generación y difusión de la opinión de que el doctor Simón debe dimitir, o ser cesado. En Santa Alianza, confluyen en esta idea algunas personas a las que más respeto por su coherencia e intuición política, los Colegios de Médicos de España -algo averiados en su contundencia por desencuentros sobre la cuestión y por la oscuridad en la sesión en que se adoptó la decisión- y, por supuesto, el cantante Ramoncín.

La derecha ya estaba en ello. El asunto no debería inquietarme: pedir la dimisión de alguien suele ser recurso trivial en estos tiempos, pues permite polarizar en un ser tangible, aún humano, la rabia, la ira que sustituye a los argumentos. Pero en este caso, dado que, literalmente, afecta a cosas de vida o muerte, me preocupa más y hasta me indigna. Resumiendo: esto me recuerda a cuando el Real Madrid no mantuvo como entrenador a Del Bosque porque le faltaba glamur, proyección externa convincente. Luego ganó la Copa del Mundo, el muy desgraciado, y tiene una valoración social algo más alta que la del presidente del Real Madrid y todos los demás presidentes del fútbol juntos.

Esto no es una boutade. El problema de Simon es que muchos se han cansado de él. Muchos meses en primera línea. Dicen algunos estudios que estamos sometidos a unos 3000 impactos diarios de publicidad y que el lapso de atención a cada mensaje en la web se va reduciendo a los 4 ó 5 segundos. Pues hágase una idea. Por eso, al parecer, estaría “quemado”. Ya no vende camisetas. Y no digo yo que no sea así. Pero es que su misión no es vender camisetas. Y, por supuesto, ha cometido errores: ¿alguien imagina estar en ese puesto y no cometer errores? Para cometer esos errores ha precisado meses y meses, que advirtió Santa Teresa que “carrera muy larga/ es la de este suelo”. Un repaso de los cambios, giros y alternativas que se han producido el último año muestra que el tiempo ha hecho extrañas fintas, que lo que ayer fue falso haya acabado por ser certero y que lo que fue equivocación se revelara evidencia, y al revés. ¿Hay alguien sacando cuenta de todo esto? Que él haya tratado de explicar esta endiablada dialéctica, que haya pedido perdón más de una vez -en un país en que no pide perdón nadie, menos Juan Carlos I- y que haya dejado de voces adentro sus frustraciones, quiebras y dolores, dice mucho de él. Nadie podrá acusarle de jugar a influencer vacuo que cada día nos explica los arcanos verídicos de las tripas del murciélago o las trampas carroñeras de las farmacéuticas. La mesura, para algunos, precisamente, es lo que le pierde. ¡Cuán creíble sería si insultara a gritos!

El problema es que en una sociedad fragmentada y exasperada es muy difícil colocarle en un nicho de identificabilidad, por la sencilla razón de que es único, de que su tarea es única. Y lo único hoy molesta sobremanera, inquieta, da lugar a la desconfianza: nos faltan códigos para articular la correspondiente sospecha. En una sociedad marcada por la sospecha el doctor Simón da mucho que pensar porque no sabemos de qué podemos sospechar de él. Está quemado, pues.

Su cargo participa de dos categorías específicamente complicadas: del político y del científico. Político en cuanto que tiene que intervenir en decisiones, o/y explicarlas, y en decisiones que, sin remedio, molestan, agravian. Científico por su formación, por su lenguaje -que consigue manejar sin ofender al lego ni al especialista- y por la lógica de largo plazo de sus explicaciones. Pero ahí es donde surge una doble contradicción. La primera es que estamos empeñados en creer que entre ciencia y política hay una disputa perenne e insoluble -Weber nos advirtió-. Pero ¿y si no fuera así en todo momento?, ¿y si estuviéramos demostrando que las relaciones entre algunas políticas públicas y el uso público de la ciencia fuera más simbiótico de lo que pensábamos?, ¿y si el enfrentamiento entre verdad y responsabilidad no tuviera los perfiles tan nítidos que creímos?, ¿no será todo esto un descubrimiento postcovid que beneficiará a unos y otros? ¿Y qué decir, en fin, de los cientos de apelaciones que el doctor Simón ha hecho a la ciudadanía para que sea prudente, cosechando fracasos en su intento?, ¿también de eso será culpable?

Más: la política es controversia en público. Y a esas controversias está sometido el doctor Simón, porque su misión deriva de una legitimidad democrática esencialísima. Pero, por definición, no puede entrar en las polémicas que sus mismos anuncios provocan, ni en las decisiones que otros adoptan. Por eso hay que preservarlo para que no se convierta en chivo expiatorio, porque la democracia abomina de los chivos expiatorios -Les Luthiers hablaban de los “chivos explicatorios”, y aquí el chiste es perfecto. Diríase que ese debate cesa a las puertas sagradas de la ciencia. No sé cómo avanza la ciencia si no es a base de conflictos, aciertos y errores en torno a hipótesis, pero dejemos eso para otro día. Lo cierto es que el mayor número de desacuerdos públicos de estos meses ha sido protagonizado por científicos, a veces con una ferocidad para con los colegas dignas de mejor causa, aunque fuera sobre cuestiones de matiz. Lo que no vale es decir que un doctor, por ser portavoz de un Gobierno, si cambia de posición erra, y si son 500 especialistas cambiando de idea cada semana, con toda justicia en su digno afán de explicar, aciertan, porque uno, aunque sea uno, ha acertado.

Llegados a este punto no creo que quepa ni la loa desmedida ni el insulto y el chascarrillo sistemático. Si el doctor Simón quiere irse se irá. Pero lo que menos puedo aceptar es el argumento con el que empecé, el que concede que sí, que ha sido honesto, valiente, trabajador hasta el límite, pero que debe irse porque le falta el glamur preciso para que sus mensajes sean eficaces. Una vez más, un justo debe morir para que el pueblo se salve. Y que Poncio Pilato se lave las manos con hidrogel. Lo siento, pero no acepto la idea de fondo. Porque, pasados los años, alguien tendrá que escribir un libro de Historia y necesitamos pensar ahora que habrá gente decente que sentiría mucha vergüenza si, dadas las cosas como están, vieran lo que se hizo con este hombre.

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