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Extrañezas

Cuando yo era pequeña los curas aún llevaban sotana. En una ocasión en que iba por la calle con mi madre y mi hermano, que tenía unos cuatro años, pasó un cura por nuestro lado y le hizo una caricia al niño, que reaccionó quedándose muy serio y muy quieto, dos cosas totalmente desacostumbradas en él. Y de pronto, lanzó un comentario acorde a su edad y a su nula experiencia en vestimentas eclesiales: «Mamá, ese cara de hombre me ha tocado la cabeza».

Con esta reveladora frase no solo hacía ver que nunca antes había estado delante de un hombre vestido con sotana, sino también que se extrañaba y desconfiaba de su aspecto tan diferente al de los demás hombres que llevaban indumentarias corrientes. Y, sobre todo, hacía ver su alarma y su miedo ante lo desconocido. En mi casa, aquel encuentro se tomó como una gracia o una agudeza de mi hermano y fue contado una y mil veces. Seguramente por eso me acuerdo tan bien de los más mínimos detalles y hasta sé en qué tramo de la calle Castaños ocurrió el encuentro.

Lo saco a colación a cuenta de otras extrañezas que me rondan estos días. Tengo unos amigos que tienen un niño de nueve meses y desde hace unas semanas, está manifestando temor ante las personas desconocidas que se le plantan delante a saludarle o a decirle lindezas. Primero las mira atentamente, después pone cara de «lo siento, no estoy preparado para tantas amistades», y a continuación llora o se esconde en los cuerpos de sus padres o abuelos.

También la nieta de mis vecinos está transitando el tiempo de la extrañeza. Reacciona con rapidez si detecta que los que le hablan no son de la familia. Entonces se pone a hacer pucheros, manotea como queriendo apartar a los intrusos y se «repliega». Se le nota claramente que le gustaría que desaparecieran de inmediato las inquietantes distorsiones externas en forma de vecina, tendero o paseante bien intencionado.

He visto escenas parecidas en muchas ocasiones. La actitud de los pequeños «extrañadores» es muy conocida, aunque los familiares, deseosos de que los bebés sean desde bien pronto sociables, insistan en negarla o quitarle entidad con comentarios como éstos:

-No sé qué le pasa a este niño, es muy alegre y siempre le ha encantado saludar a todos...

-Pero si mi niña es muy simpática, ¿por qué será que ahora le da por llorar cuando ve a alguien que no conoce?

Menos mal que de tanto en tanto encuentras a alguien que simplemente comenta:

-Mi hijo últimamente extraña.

Sin embargo, todos sabemos que esto del extrañamiento no es ninguna novedad, sino que es una de las reacciones características del momento evolutivo que atraviesan los niños sobre los ocho meses, y además es un indicador de normalidad y de buena salud. Gracias al vínculo con la madre o con quien le cuida, el niño va constituyendo su psiquismo y va pasando de lo puramente sensorial a la simbolización, o sea, a las imágenes de los objetos ausentes y después a las palabras. Así la madre le ayudará a entender su cuerpo y sus necesidades. A pedir, a esperar, a sonreír, a reconocer.

Cuando este vínculo está bien establecido, el niño puede retener la imagen de su madre, puede calmarse al evocarla, y así logra soportar el hecho de que ella no esté presente en todo momento. En este proceso necesita acompañamiento, ya que ha de ir aprendiendo muy poco a poco a tolerar la frustración que conllevan la espera y la postergación de sus deseos.

Después es cuando empieza a «extrañar» a las personas desconocidas. Cuando juega al escondite, disfrutando al desaparecer y reaparecer, pero esto lo puede hacer porque ya sabe que existe de manera «independiente», ya puede recordar que hay otros que no desaparecen, aunque no estén delante de sus ojos.

O sea, que desde el punto de vista psicológico extrañar viene a significar que el niño ya es capaz de reconocer a las personas más cercanas y de hacer notar al mundo exterior que prefiere estar con ellas porque le dan el afecto y la seguridad que necesita. Y también indica que sonreír o ser tomado en brazos por una persona desconocida le produce miedo por si sus personas queridas desaparecen, sustituidas por las «nuevas». El desvalimiento y la fragilidad de los niños pequeños es grande y la manera que tienen de resolverlos es apegándose fuertemente a quienes los cuidan y los crían.

Por tanto, aceptar que durante unos meses nuestro niño va a extrañar equivale a pensar que ya nos conoce, nos quiere y nos elige. Y esas son muy buenas noticias. Sólo habrá que esperar un poco de tiempo, armarse de calma y serenidad, y acostumbrarse a poner palabras a las diversas situaciones cotidianas para que el bebé vaya comprendiendo que no tiene de qué alarmarse y para que aprenda que tolerar la presencia de personas desconocidas, de situaciones nuevas y de pequeñas ausencias de sus figuras de referencia no supone ninguna catástrofe.

¡Extrañar es bueno!

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