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Joaquín Rábago

¿Qué puede esperar el mundo de la próxima presidencia de EEUU?

Biden

Biden

El próximo presidente de EEUU no es un advenedizo como Donald Trump, personaje catapultado a la fama por sus hoteles, sus campos de golf y un programa de telerrealidad que era escaparate del peor capitalismo, sino un veterano del establishment de Washington que aquél tanto desprecia.

¿Qué puede esperar el mundo de alguien que no sólo ha sido dos veces vicepresidente, con Barack Obama, sino que estuvo también muchos años en el comité de Asuntos Exteriores del Senado, donde tomó algunas decisiones de las que hoy dice al menos rrepentirse como el voto a favor de la guerra de Irak?

Por lo pronto, y ya es mucho, un cambio de tono: un regreso a las formas diplomáticas, a las consultas a los aliados, tras los malos modales exhibidos continuamente por un político que ha pretendido gobernar su país con total desprecio de las instituciones. como si se tratara de su propia empresa.

Lo primero que cabe esperar del presidente Biden es el regreso de EEUU al acuerdo de París sobre el cambio climático, la reanudación de los pagos a la Organización Mundial de la Salud, caprichosamente suspendidos por Trump, y una vuelta también al tratado nuclear con Teherán, aunque seguramente ligado a nuevas condiciones sobre el programa iraní de misiles.

Los gobiernos europeos no deberían, sin embargo, hacerse demasiadas ilusiones sobre lo que pueda estar dispuesto a ofrecer el demócrata en materia de comercio: Biden tratará de proteger cuanto pueda – como ya hizo Trump aunque de forma menos errática y con mejores modales- a sus agricultores y a sus industrias.

Continuarán con total seguridad las subvenciones a sectores considerados estratégicos por el Gobierno de Washington como es la industria aeronáutica, y Biden seguirá protegiendo, al igual que ha hecho Trump, a las cada vez más poderosas empresas del sector digital de aquel país.

Bruselas tendrá, a su vez, que seguir defendiéndose de eventuales medidas distorsionantes de la competencia que pueda adoptar Washington como acaba de hacer ahora, imponiendo aranceles de hasta 4.000 millones de dólares a las importaciones norteamericanas en respuesta a las ayudas ilegales de EEUU a Boeing.

No ha querido tampoco esperar la Comisión Europea a la toma de posesión de Biden, el próximo enero, para actuar contra la multinacional de venta por internet Amazon, a la que, desde este lado del Atlántico, se acusa de prácticas monopolísticas, algo, también reprochan a la empresa de Jeff Bezos las propias autoridades de aquel país.

Por lo que se refiere a China es de esperar una política menos errática, más consecuente, aunque igualmente dura que la de Trump, quien comenzó cortejando al presidente de su gran rival asiático y ha terminado prohibiéndoles a sus compatriotas cualquier inversión en una treintena de empresas a las que acusa de estar relacionadas con las Fuerzas Armadas de aquel país.

Según decidió últimamente Trump, que culpa a China de la propagación del virus que acabó con su ambición de seguir cuatro años más en la Casa Blanca - “el virus chino”, como él lo llama- tanto inversores privados como fondos y bancos deberán deshacerse de cualquier participación que puedan tener en compañías estatales como China Telecom o China Mobile.

Biden ha dado muestras ya en el pasado de no ser precisamente un amigo de China, a cuyo presidente, Xi Jinping, llegó a calificar en una ocasión de “thug” (rufián), y es previsible que en nuevas negociaciones utilice, como ha venido haciendo Trump, los aranceles como instrumento de presión para obligar a China a abrir más su mercado.

El próximo ocupante de la Casa Blanca debería mostrar además mayor interés por los países del sureste asiático, en contraste con el abandono de Trump, que ha permitido a China extender su hegemonía económica por toda la región con la firma del nuevo acuerdo de libre comercio Asia-Pacífico, que representa cerca del 28 por ciento del comercio mundial y abarca a un tercio de la población del planeta.

Aunque en relación con África no cabe esperar grandes cambios, al menos no se repetirá con Biden el grosero y racista desprecio manifestado por Trump, que llegó a calificar a los países del continente negro de “shitholes” (agujeros de mierda) y por supuesto nunca puso el pie allí.

Los gobiernos africanos conceden cierta importancia al programa Agoa (African Growth and Opportunity Act), que lanzó en 2000 el presidente Bill Clinton y que permite el libre acceso al mercado norteamericano de miles de productos agrícolas africanos.

¿Y qué decir finalmente de las relaciones con América Latina, otra región despreciada por el Donald y algunos de cuyos países atraviesan en estos momentos crisis de gobernabilidad de consecuencias desastrosas para sus economías?

Biden mostrará sin duda un trato más respetuoso que Trump hacia el vecino México aunque el futuro Gobierno demócrata será al mismo tiempo mucho más estricto en la exigencia del cumplimiento de estándares tanto ecológicos como laborales para evitar prácticas de dumping.

Más difícil lo tendrá tal vez Brasil con su presidente Jair Bolsonaro, el Trump brasileño. Biden parece más preocupado que su predecesor en la Casa Blanca por la destrucción ecológica que se lleva a cabo diariamente en ese pulmón del planeta que es la Amazonía. ¿Actuará en consecuencia?

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