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Juan R. Gil

ANÁLISIS

Juan R. Gil

Adiós a la guerra

La nueva rectora de la Universidad de Alicante tendrá que restañar heridas para enfrentarse al desafío de mantener a la institución en un mapa de competencia globalizada

Amparo Navarro en el transcurso de una entrevista concedida a este diario tras proclamarse vencedera en las elecciones al rectorado de la Universidad de Alicante.

Amparo Navarro en el transcurso de una entrevista concedida a este diario tras proclamarse vencedera en las elecciones al rectorado de la Universidad de Alicante.

La catedrática de Derecho Financiero y Tributario Amparo Navarro se proclamó vencedora de las elecciones al rectorado de la Universidad de Alicante esta semana. Navarro hace historia por ser la primera mujer que alcanza la máxima dignidad de la UA en sus 41 años de historia. Pero también porque es la primera licenciada en esta Universidad en ponerse al frente de ella: todos sus predecesores (Antonio Gil Olcina, el ya fallecido Martín Mateo, Andrés Pedreño, Salvador Ordóñez, Ignacio Jiménez Raneda y su predecesor en el cargo, Manuel Palomar), todos, digo, se habían formado en otras universidades. Ella es pionera en asumir el Rectorado de la Universidad en la que estudió. Si hubiera ganado los comicios su rival, el catedrático de Historia Medieval José Vicente Cabezuelo, se habría producido el mismo resultado: también él es hijo de la Universidad que aspiraba a dirigir. Nunca se había dado una circunstancia así. Jamás había competido ningún candidato que hubiera sido alumno y en esta lo eran los dos. Puede parecer un tema menor. Pero no lo es: significa que por fin la UA ha alcanzado la mayoría de edad.

Amparo Navarro no sólo será la primera mujer que dirija la UA. También es la primera rectora que ha estudiado en ese Campus. La Universidad se ha hecho mayor de edad

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Obviamente, Navarro no ha ganado por eso. Pero por ser mujer, tampoco. Introducir la cuestión de género en el análisis de lo sucedido en las elecciones al Rectorado de la Universidad de Alicante conduciría al error de menospreciar sus méritos. Navarro tiene un amplio currículo docente e investigador: fue durante ocho años decana de la Facultad de Derecho (en ese cargo ya rompió el famoso techo) y ha sido durante otros ocho vicerrectora de Investigación y Transferencia del Conocimiento. Y lo recuerdo, no sólo porque es de justicia subrayar que si Navarro va a ser rectora no es por el mero hecho de ser mujer, sino porque está sobradamente preparada para ello. También para desmontar otro mito que se ha ido creando alrededor de su figura y que, si no lo controla, puede acabar convirtiéndose en su peor enemigo: el de que ha triunfado por ser la candidata «antiaparato». A ver: durante los últimos ocho años nadie ha representado ese «aparato» como Navarro, la número dos del equipo que comandaba Palomar. Y, sin embargo, sí es cierto que en estas elecciones ella ha encarnado la idea de cambio, mientras que Cabezuelo aparecía como la imagen de la continuidad. Esa ha sido probablemente una de las claves de su éxito. Pero no ha sido tanto mérito suyo, como error de Palomar. Navarro nunca quiso enfrentarse a él. Habría sido «su» candidata si él hubiera querido. A lo que no estaba dispuesta era a no presentarse porque él no lo quisiera. Esa fue la primera equivocación del rector saliente: empeñarse, quizá por lealtad personal, en que sólo Cabezuelo podía sustituirle, cuando en su entorno había otras personas, no sólo Navarro aunque ella fuera la única capaz de llegar hasta el final, que estaban levantando la mano. La segunda fue, dado que los dos candidatos y cualquier otro que hubiera surgido procedían de su equipo, no apartarse. De haberlo hecho, él habría ganado venciese quien venciese. Y Cabezuelo no habría estado tan maniatado.

Los rectores tienen el tratamiento de «magníficos». Jesús Rodríguez Marín, que fue el que edificó la Universidad Miguel Hernández, siempre bromeaba con eso. Decía que «excelentísmos» o «ilustrísimos» había en este país miles, pero «magníficos» eran muy pocos y eso los convertía en una casta especial. Los rectores de la UA han hecho honor a su rango. Han sido todos, ciertamente, magníficos. Y en una teórica clasificación, Palomar tendría un lugar sobresaliente porque ha sido el rector que ha imbricado la Universidad con Alicante y con la idea de Alicante hasta extremos que nadie antes se había planteado y que, sin duda, redundan en un importante beneficio para la institución académica. Más, en estos tiempos en los que no va a ser medida tanto por lo que es como por su capacidad de proyectarse. Eso es un valor de presente que cotizará más al alza cuanto más tiempo pase. Y, sin embargo, es cierto que en el imaginario de la Universidad de Alicante hay otros dos rectores que tienen un lugar singular: Antonio Gil Olcina y Andrés Pedreño. El primero, por eso: porque fue el primero y el fundador. Y porque fue el que marcó el carácter de lo que la institución debía ser: una referencia plural y no manipulable. El segundo, porque fue el que construyó el actual Campus, de cuya modernidad da pruebas el hecho de que todavía presumamos de él veinte años después. Y porque ha sido uno de sus más destacados dinamizadores desde los años 90 hasta hoy. Pero, sobre todo, porque son los dos que dimitieron de sus cargos cuando el poder político trató de imponerles condiciones. Todos los demás «murieron» en sus camas. Ellos fueron los únicos que cayeron «en acto de servicio». Y eso les sigue concediendo un predicamento que quizá algunos no supieron medir.

La incertidumbre respecto al futuro de muchos profesores, alumnos y del personal ha marcado las elecciones de la pandemia. Navarro ha sabido representar el cambio

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Gil Olcina y Pedreño iban en el vagón de Amparo Navarro en estas elecciones. Como iban otros destacados pasajeros como Manuel Desantes o el exconseller Manuel Alcaraz, por citar sólo a otros dos. Ellos son el sistema, si es que tal cosa existe, así que difícilmente puede sostenerse que Navarro fuera la candidata «contra el sistema». Pero la oposición de Palomar a su candidatura sí la convirtió en la aspirante «renovadora». Navarro fue capaz de convertir una aparente debilidad -que el rector saliente no te apoye- en un relato épico: logró presentarse como la mujer sola ante el peligro, frente al rival que personificaba la continuidad. Cabezuelo no era, strictu sensu, eso; pero no fue capaz de evitar parecerlo. La pulsión de cambio, formidable en momentos de gran incertidumbre, hizo el resto.

Porque la inquietud explica en gran parte los resultados de estas elecciones. Pero no una inquietud provocada por Cabezuelo, por Navarro o por nadie en concreto. Sino la zozobra causada por un presente tan convulso como el que enfrentamos, en medio de una pandemia que hasta obligó a suspender en primera instancia las elecciones y de la considerada cuarta revolución industrial. Una zozobra que atenaza a muchos profesores, que se ven incapaces de adaptarse a los cambios de paradigma que la pandemia ha acelerado; al personal administrativo y de servicios, cuyo trabajo se ve superado por la realidad; a los alumnos, cuyo futuro es incierto. ¿Acaso Cabezuelo prometía acelerar aún más las transformaciones y Navarro abogaba por frenarlas y mantener a todos en una zona de cierto confort? En absoluto. Ni uno era espoleta ni otra resistencia. Pero hay una desazón muy grande, que se traduce en un enfado con quien gobierna, sea lo que sea. Y cuando alguien se encuentra en esa situación de absoluto desasosiego, lo que hay no le satisface. Navarro supo personificar desde el primer momento que, si querías que las cosas no siguieran igual, había que votarla a ella. Y a Navarro, además, le han beneficiado tanto las compañías (ya se han citado algunas), como a Cabezuelo le han perjudicado las amistades: todo indica que el grupo formado por catedráticos como Roque Moreno, Salvador Palazón y compañía ahuyentó más votos de los que aportó. En cuanto a la subasta de dádivas para ganarse el favor de unos y otros, es un juego de suma cero. Todos prometen.

La catedrática de Derecho y vicerrectora compareció con el apoyo de Gil Olcina o Pedreño. Cabezuelo tenía el de Palomar, pero eso se interpretó como continuidad

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Como se ha escrito en este periódico otras veces, si hubiera que elegir dos elementos transformadores de Alicante en el último siglo seguramente éstos serían el aeropuerto y la Universidad. La incidencia de esta última en los cambios económicos, políticos y sociales ha sido de una magnitud necesitada de estudio. Curiosamente, los períodos electorales en el Campus suelen ser los momentos en que la institución y sus pobladores más se miran el ombligo. Sus procedimientos son tan enrevesados que, salvo circunstancias muy especiales, es muy difícil que la campaña despierte el interés de los ciudadanos, por muy intensa que sea y por mucho que los candidatos se empeñen en acaparar espacios en los medios. Nadie hace caso a esa conversación, que se establece entre ellos mismos y a través de códigos que nadie entiende ni a nadie importan. Por eso, las lecturas políticas que se están intentando hacer desde el jueves sobre el resultado carecen de sentido. La comunidad universitaria ha decidido por razones que nada tienen que ver con el juego de los partidos, todos los cuales tenían huevos en los dos nidos, así que ninguno puede adjudicarse la victoria. Por suerte.

Pero ahora ya hay rectora. Y, por tanto, es el momento en que la sociedad alicantina tiene derecho a volver los ojos a su Universidad. Navarro tiene ante sí un desafío formidable: poner la UA en el mapa de un mundo global, en el que la competencia es asimismo global y feroz. El primer paso tendrá que ser restañar heridas. Adiós a la armas para, como dice su lema, seguir haciendo «el camino que asciende hasta el ocaso».

Puig vs Oltra: hasta la próxima

Si tienen a mano cualquier aparato que emita música bajo demanda, pongan aquí el sonido de unas fanfarrias. El presidente de la Generalitat, Ximo Puig, y la vicepresidenta del Consell, Mónica Oltra, se reunieron el jueves en el Palau para abordar las diferencias que durante más de un mes han separado a ambos, hasta abrir entre ellos un abismo. Para conseguir dicha entrevista, Oltra había tenido que amenazar con no votar los presupuestos, había puesto en cuestión la política contra la pandemia de la Generalitat y había desmentido la existencia de un plan de recuperación de la Comunidad Valenciana para hacer frente a la crisis económica y social que esta conlleva. Después de descalificaciones tan gruesas, Puig y Oltra se vieron las caras y coincidieron en que tampoco era para tanto y que todo se arreglaba con que la propia Oltra, acompañada del conseller de Educación, Vicent Marzà, por aquello de mantener los equilibrios dentro de Compromís, se incorporaran a las reuniones del gabinete de crisis. Nadie, ni siquiera los protagonistas, creen que con esto se haya solucionado nada. En Compromís, uno de sus miembros señalaba que lo ocurrido ha sido «el parto de los montes: al final, parieron un ratón». Y se mostraba seguro de que volvería a haber enfrentamientos. En el PSPV, otro coincidía en el análisis y resumía con más tino: «Qué le vamos a hacer, habrá que gestionar el ‘entretanto’». Eso sí: todo el mundo, a babor y a estribor del barco, se siente aliviado. Hasta la próxima.

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