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Francisco Esquivel

Broches de oro

Imagen de los títulos iniciales de "Black Mirror".

Imagen de los títulos iniciales de "Black Mirror".

Recibo el penúltimo meme de temporada: «Ya lo único que hace falta es que el 31 se pare el reloj y nos quedemos en el año en que estamos».

  Nada más saludar a un amigo le pregunto si ha venido por la costa o por el interior y, al responderme, la mollera se lanza por su cuenta a bucear en la tarde de Año Nuevo que cogimos la autopista libre de peaje y, ¡Ou, mamma!, resulta que fue en este mismo 2020 cuando da toda la impresión de que se produjo no antes sino en otra vida. Es que lo era, qué cojones. Y como Canarias además se encontraba en temporada alta decidimos darnos unos reyes por aquellas latitudes, en concreto por la isla en la que el padre Teide lo preside todo. Salvo cuando subimos a apreciarlo fue una estancia de manga corta en la que la plebe se sumergía en el Atlántico como si no hubiera un mañana y es que no lo había. A los nórdicos pero nórdicos, que imponían su mayoría, el agua se la traía al fresco y donde se arremolinaban horas era a los acordes del sol. Desde las extensiones para el cultivo del plátano, cuyo prucés sí que es arduo y no el de Merimée, hasta los viñedos con bodega adherida tenían grabado que el monocultivo que les sacaba las castañas del fuego no era otro que el del turismo. La estética colonial traza el aroma de La Laguna donde iglesias, conventos y casas señoriales se dan codazos a la espera de que el desembarco incesante desde los buses apiñados en las plazas haga estragos. Así se inició el año en este apartado y, como en el resto de parajes, de ese modo acabó.

  Y una vez pasado el momento, Netflix y cuatro fruslerías más. La compañía ha echado mano de Charlie Brooker, el de Black Mirror –que lo petó a base de episodios ambientados en un futuro cercano y oscuro– para arrancar la última hoja del calendario con una buscada cachondez sobre la desaparición de 2020 haciendo un repaso por las páginas más convulsas y siniestras a modo de remate del añito que llevamos. Ni que decir tiene que, como corresponde, se han cubierto de gloria.

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