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Justo Gil Sanchez

Cuando las palabras no son preclaras

Felipe VI durante su mensaje de Navidad.

Felipe VI tenía un papelón en el discurso de Nochebuena de 2020, por todo lo acontecido con el rey emérito, en una situación de pandemia y de estrechez y necesidad económica de muchísimas familias. Humildemente creo que soslayar todos los episodios acontecidos –ya desde hace años y de forma soterrada o sotto voce- con una simple frase de que los principios morales y éticos están por encima de las consideraciones familiares, es un brindis al sol. Lo siento. Pero la frase se conduce en camino alicorto y torpe. El concepto preclaro es sinónimo de digno de admiración y de respeto, y se ha de decir que se ha quedado a medio camino. Es algo así como un “quiero decir, pero no digo”. O, sometiendo a interrogante el Monarca, con un -“¿Me entendéis, no”?-. Y la ciudadania, expectante, contesta: -“pues, no, Majestad, no”-.

Si el discurso ha sido negociado con el Gobierno demandando “cautela”, creo que es un craso error. Porque en los momentos presentes de desazón, mentiras, encontronazos y desconciertos, toda cautela – la pretendida institucionalmente- es absolutamente contraproducente. Máxime en un momento en que la sociedad demanda transparencia, claridad, que se entienda lo que se dice. Aquí hay ya una “madurez social” que, interpreto, no ha sido tomada en consideración o computada. Déjense para otros momentos los lenguajes crípticos, indescifrables e interpretativos. Queremos saber de verdad qué piensa la Corona ante presuntos desmanes del rey emérito, pero rey al fin y a la postre. Esa frase de los principios morales y éticos sólo es enseñar la patita y esconderla sigilosamente. A modo de ensayado prestidigitador. Si no se es mucho más claro, malo.

Luego, a llorar a la mota o suscitar parangón con el proverbio de la carabina de Ambrosio. Este era un labriego del siglo XIX que trocó los aperos de labranza, ante los pocos réditos que dejaba, por una carabina, como salteador de caminos, y era tan bonachón y su carabina tan inofensiva, que a cuantos detenía se lo tomaban a broma, y le apartaban a un lado, poco menos, la carabina, prosiguiendo en su marcha.

Aquí está el peligro. Ese es el miedo que la Monarquía constitucional debe temer: que se la tomen a broma, por no haber desplegado, con claridad y contundencia- cuando debía, pero, en verdad, en todo momento-. su respeto inquebrantable por la Justicia, y se la venga en ningunear. Quienes asesoran al Rey no pueden hacer abdicación de su asistencia sincera –déjense aquí de aduladores- para indicarle la realidad en que habita. No hay súbditos, hay una ciudadania sana, que se las ve y se las desea para llegar a fin de mes.

Por otra parte, la proyección de sus palabras a la “unidad” y a la “dimensión colectiva” son positivas. Nuestra Norma suprema vino en optar por la única via de conciliación entre democracia y monarquía, y de ahí que se configurara la forma política del Estado como una Monarquía parlamentaria.

El Rey carece de poderes propios. Es cierto que tiene “auctoritas” – de ahí la importancia de este valor transmisor que se residencia en la credibilidad de los hechos insertos en el día a día- pero no de “potestas”, ya que este no es soberano, ni legisla, ni gobierna.

Este escribidor confía en que el Rey ejercite el papel constitucional de árbitro y moderador del funcionamiento regular de las instituciones, cumpliendo con tan excelsas funciones, y para eso tiene que tener la expresada auctoritas. Hemos de señalar que toda critica debe y tiene que ser constructiva, porque como decía Sócrates, cuando la democracia se desgasta y se debilita es suplantada por la oligarquía. Mucho cuidado.

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