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Barack Obama.

Barack Obama.

   Dice Barack Obama en un momento de sus memorias (Una tierra prometida): “No era una sorpresa que una parte de mi trabajo implicara ordenar que matasen personas”.

Aparto el libro a un lado para digerir la frase. No sé si es muy valiente o muy cínica. ¿Se presentaría usted como aspirante a un puesto de trabajo cuya misión, parcialmente al menos, consistiera en ordenar que matasen personas? “Ordenar que matasen personas”, afirma. Podría haber dicho “matar personas” a secas, pues ordenar un acto constituye un modo de ejecutarlo. Pero recurre a la perífrasis (muy fea formalmente hablando, por cierto) como para dejar bien claro que él no tendría que mancharse las manos. Los jefes no se manchan las manos, pues disponen de verdugos que cobran por ensuciar las suyas.

Permanezco atónito debido a la contundencia de la frase, escrita por un hombre con el aspecto y la fama de una buena persona. En el libro citado se refiere mucho a su mujer y a sus hijas, mostrándose como una persona familiar, llena de afectos. No estoy leyendo, en fin, las memorias de un psicópata incapaz de colocarse en el lugar del otro. Hablamos de un individuo normal cuya vida aparece guiada por los afanes y las preocupaciones del común de la gente. Sus colaboradores lo adoran y él responde a esas muestras de cariño con dosis estimables de sincera amistad. Con frecuencia lleva a las niñas al colegio y acude a ceremonias religiosas y juega inocentemente con el perro sobre el césped de los jardines de la Casa Blanca. Le gusta salir a cenar con su esposa, ama el cine, la lectura, el teatro. Aprecia el orden y sufre por las desigualdades del mundo que le ha tocado gobernar. Llora cuando muere su abuela y se angustia frente a las dificultades económicas de los paganos de la crisis (o lo que fuera) de 2008.

Pero al mismo tiempo sabe (lo sabía ya cuando presentó su candidatura) que parte de su trabajo implicaría “ordenar que matasen a personas”. Podría haber omitido esa frase de un libro de 900 páginas sin que nadie la echara en falta, pero algo, dentro de él, le obliga a ponerla. ¿Cómo llamar a ese “algo”? ¿Es contrición, realismo, sinceridad, desfachatez? ¿Es una muestra de poder? Lo ignoro y esa ignorancia cruel logra amargarme el día.

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