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Elena Fernandez-Pello

Invasores

La bañera de Hitler y el asalto al Capitolio

Las autoridades comienzan a arrestar en EE.UU. a los asaltantes del Capitolio

Las autoridades comienzan a arrestar en EE.UU. a los asaltantes del Capitolio

El pasado miércoles Richard Barnett irrumpió en el despacho de la presidenta de la Cámara de Representantes de los Estados Unidos, Nancy Pelosi. Se sentó en su sillón, puso los pies sobre el escritorio, revolvió entre sus cosas y le dejó una nota “desagradable”, según él mismo contó luego. También se llevó un sobre y le dejó unas monedas a cuenta, y se hizo fotografiar, dejando para la historia una imagen que da pena y vergüenza. El tipo en cuestión es un ciudadano de Arkansas, de 60 años, que, a través de Facebook, defiende e incita al uso de las armas. El día del asalto al Capitolio, según publicó después “The Washington Post”, tuvo un tierno recuerdo para su madre: “Vine a este mundo pateando y gritando, cubierto con la sangre de otra persona, y no tengo miedo de salir por el mismo camino”.

Ante la estampa bravucona de Barnett, sobrada de lo que quizás él toma por virilidad y que, con ánimo ecuánime, no va más allá de un lamentable y peligroso descerebre, por alguna misteriosa conexión cerebral asciende a la consciencia otra imagen, también de la ocupación de un espacio. Es la de la fotógrafa y corresponsal de guerra Lee Miller, enjabonándose en la bañera de Hitler, en el piso que el Führer tenía en Munich. La imagen fue tomada por su compañero David E. Scherman, él trabaja para la revista “Life” y ella cubría la guerra en Europa para “Vogue”. Fue tomada el día en que el dictador alemán se suicidó, el 30 de abril de 1945.

Cuando entraron en el apartamento, Miller y Scherman llevaban encima toda la inmundicia del campo de exterminio de Dachau. En alguna ocasión ella dijo que creía que nunca conseguiría quitarse de encima todo el hedor de Dachau. En el campo de concentración Miller capturó algunas de las imágenes más sobrecogedoras de la Segunda Guerra Mundial, prisioneros famélicos y cadáveres abandonados. Son tan terribles que nadie quiso publicarlas en Europa, donde las heridas estaban en sangre viva. Sí lo hicieron en Estados Unidos, desde donde se difundieron por todo el mundo.

Lee Miller es una de las personalidades más apasionantes del siglo XX, protagonista de una oscura historia de abuso sexual infantil, modelo y ocasionalmente actriz, musa y fotógrafa surrealista, amiga íntima de Man Ray, Cocteau y Picasso, intrépida y aventurera, y bellísima en el sentido más amplio de la palabra. Su historia merece capítulo aparte.

La famosa foto de la bañera de Miller no es improvisada, por mucho que ella y su compañero contaran que habían entrado en el apartamento de Hitler buscando un lugar donde descansar y por casualidad. Los dos reporteros colocaron en una esquina de la bañera un retrato del Führer, obligado simbólicamente a contemplar a Miller en pleno rito de purificación tras haber tenido que sumergirse en el horror que él había provocado. Las botas embarradas, sucias de caminar por Dachau y por las ruinas de Munich, reposan sobre la alfombrilla. Hay fotos de ella y también de Scherman, tomadas por separado. Es una invasión en toda regla, un último golpe a la mística sobre la que el tirano había construido su imperio. Una provocación, como la de Barnett en el despacho de Pelosi, pero muy distinta, cargada de inteligencia y de legitimidad.

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