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Antonio Ortuño

Ni el bien ni el mal son duraderos

Temporal.- Los daños causados por 'Filomena' en Madrid ascienden a "varios cientos de millones de euros", estima Almeida

Temporal.- Los daños causados por 'Filomena' en Madrid ascienden a "varios cientos de millones de euros", estima Almeida

Atrás quedaron las Navidades del aciago año 2020, año que será difícil de olvidar. La navidad que, al menos para mí, creía que iba a suponer un punto de inflexión en nuestro reto diario contra la pandemia provocada por el covid-19, ha llegado a su fin. La irrupción de las vacunas y el parón provocado por el periodo vacacional deberían haber servido para que las cifras de contagiados, de ingresados y las tasas de incidencias hubiesen bajado de forma significativa. Con el regreso de niños y adolescentes a las aulas se da por finalizado el periodo de descanso invernal. Poco a poco ciudades, pueblos, villas y aldeas vuelven a recobrar el pulso del día a día, de una tediosa rutina aún muy alejada de la añorada normalidad. El primer fin de semana después de la festividad de Reyes y después de dos días laborables, es el momento de hacer balance. Es el momento de ajustar cuentas.

Ha sido el fin de semana de Filomena y de la covid. Mientras la primera, la borrasca, arropaba con un manto blanco y despertaba el espíritu festivo y juvenil de media España, la segunda cubría de luto, preocupación y tristeza a todas y cada una de las provincias que decoran el territorio de nuestro país.

Ha sido el fin de semana de cifras récord. De nieve acumulada, de carreteras cortadas, de temperaturas mínimas, de toneladas de sal vertidos, de número de infectados, de la mayor tasa de incidencia, de vacunas no puestas y del aumento del precio de la luz.

Fin de semana donde todos, políticos, tertulianos, alcaldes, policías y ciudadanos de a pie expresaban, sin asombro alguno, que tras las vacaciones el repunte de los contagios sería un hecho certero. Nos tachan y nos tachamos todos de irresponsables, de temerarios, mientras de forma individual cada cual mira su ombligo y culpa “al vecino de enfrente” de actos suicidas, de reuniones no aconsejables, de visitas a centros comerciales llenos a rebosar, de fiestas ilegales, botellones y de todas aquellas conductas que hacen posible un lugar idílico, un paraíso para que el coronavirus siga esparciendo su veneno.

Fin de semana donde hemos contemplado aglomeraciones de ciudadanos en busca de rebajas, en busca de la nieve y de compras navideñas… Y todo, todavía, bajo las luces navideñas que iluminan nuestros pueblos y ciudades, bajo la justificación del espíritu navideño y con la permisividad de unos y de otros, algunos más responsables que otros.

Fin de semana, y sin ser novedad, hemos vuelto a ver cómo los políticos siguen usando la COVID, las vacunas y ahora hasta la borrasca Filomena para culparse unos a otros, para desacreditarse entre ellos e intentar sacar rédito electoral. Políticos que siguen sin darse cuenta del hastío, la fatiga y el desengaño que han sembrado en buena parte de la sociedad, cansados de tanta crispación, de tanta bronca y de tanta mentira.

También ha sido el fin de semana del asalto al capitolio estadounidense, cuestionando y poniendo en jaque a todo un potente modelo de democracia.

En definitiva, un fin de semana para olvidar.

Parece que el 2021, en el que tantos sueños y esperanzas hemos depositado antes y durante las campanadas de fin de año, se está haciendo el remolón. Aunque las cosas a principio de este año nuevo parece que no han cambiado, incluso den la sensación de que han empeorado, seguro que, trascurridos los 366 días, cuando hagamos recuento, habrá cubierto nuestras expectativas con creces. A los menos optimista, a los mas desesperanzados, tengo que recordarles una conversación entre Alonso Quijano y su fiel escudero Sancho Panza en la obra atemporal, inmortal y referente más famosa de Miguel de CervantesDon Quijote de la Mancha”. En la primera parte de esta maravillosa obra, en su capítulo dieciocho, decía Don Quijote: “Sábete, Sancho, que todas estas borrascas que nos suceden son señales de que presto ha de serenar el tiempo y han de sucedernos bien las cosas; porque no es posible que el mal ni el bien sean durables, y de aquí se sigue que, habiendo durado mucho el mal, el bien esté ya cerca...”.

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