Suscríbete

Contenido exclusivo para suscriptores digitales

Filomena, a su pesar

Curiosos que se han acercado para ver la nieve a la zona de la Canal, entre Ibi y Alcoy.

Curiosos que se han acercado para ver la nieve a la zona de la Canal, entre Ibi y Alcoy.

El título parafrasea, con las solas variantes de posesivo y género, el de una extraordinaria novela de Gonzalo Torrente Ballester, leída treinta años atrás; posiblemente, la obra me vino al recuerdo más aún que por el nombre del protagonista, Filomeno, a causa de un cierto paralelismo, salvadas todas las distancias, entre la azarosa vida del citado personaje de ficción y la compleja e intrincada diacronía real de la Borrasca Filomena; y, personalizándola, no porque esta recibiera un nombre indeseado, como en aquel caso imaginario, sino por su condición de sujeto pasivo e inerme ante la atribución de culpas y daños de los que, en modo alguno, es única y exclusiva responsable. No se trata de aducir una circunstancia por completo eximente, aunque sí atenuante, de participación bien condicionada en un portento de consecuencias sumamente graves. Más allá, incluso, de la justicia distributiva, se plantea una imperiosa exigencia de ponderación y equidad, máxime si se tiene en cuenta que Filomena/o no es nombre frecuente ni el más afortunado, se suele considerar poco eufónico, olvidando o desconociendo que su etimología y acepción griegas no resultan, en absoluto, desdeñables: llaman a quien lo recibe persona amante de la vida, destacable por su fuerza, vigor e ímpetu. Por otra parte, es de resaltar que si a alguien inquieta o preocupa la cuestión Filomena/o: cuando la referencia es a borrasca, baja o depresión, toca el primer nombre, o sea, el oficial; de Filomeno podría hablarse si se maneja el concepto y nombre estrictamente científicos, el de ciclón extratropical o noruego, cuya estructura reveló y representó, por primera vez, en 1919 el miembro de la Escuela de Bergen o Instituto Geofísico Noruego Jacob Bjerknes. Y, para concluir estas mínimas disquisiciones semánticas, es de recordar que el suceso que nos ocupa merece, por su importancia, las denominaciones de acontecimiento o acaecimiento; en cambio, debe evitarse la de evento, relativa a un suceso imprevisto; este no fue tal: la predicción meteorológica lo previó y anunció con antelación más que suficiente para la adopción de las medidas pertinentes.

El extraordinario hidrometeoro que ha conmocionado el país y paralizado buena parte del mismo ha tenido también una fase previa y otra posterior de particular interés, con algunas claves interpretativas a las que conviene prestar la mayor atención ante el riesgo cierto de quedar desvaídas, relegadas y, en definitiva, minusvaloradas por la espectacularidad de las nevadas, la indescriptible belleza de las cencelladas que la niebla helada o “boira gebradora” deja en árboles y arbustos, el fulgor deslumbrante del sol sobre la nieve o, como dolorosa contrapartida, las dificultades de todo tipo y el sufrimiento que ello ha ocasionado. En primer lugar, por sus efectos y secuelas, sobresalen la gran duración (en torno a 72 horas), inusitada potencia (30-70 cm) y enorme amplitud territorial de las nevadas; ello sugiere, de inmediato, que ese ingente volumen de agua precipitado en forma de nieve se hallaba en la atmósfera: al aplicar el adverbio “muy” al aire aportado por “Filomena” el adjetivo al que, preferentemente, ha de anteponerse no es “frío”, sino “húmedo”: gracias a su notorio descenso latitudinal y a su trayectoria meridional, al entrar por Gibraltar en el Mediterráneo, la perturbación pudo incorporar aire tropical marítimo y de procedencia mediterránea, con elevada humedad específica, es decir, portador de la copiosa carga higrométrica que luego había de caer en nevada de insólita entidad. Esta aportación, sin la cual no habría resultado posible una nevada de tan singular magnitud, era una componente imprescindible, la condición “sine qua non”. Es de recordar, al respecto, que la capacidad del aire de retener vapor de agua evoluciona en razón directa a como lo haga la temperatura, dicho de otro modo: un aire a muy baja temperatura no posee ni aporta una subida carga higrométrica.

Ahora bien, las excepcionales nevadas acaecidas requieren asimismo la presencia de aire a baja temperatura; y este tampoco faltó a la cita: cuando “Filomena”, tras originar lluvias abundantes e intensas en tierras malagueñas, con alguna mortífera crecida-relámpago incluida, dejó el Sur de la Península Ibérica, ganó unos grados de latitud y, desde el este, se adentró en ella: encontró en altura, esperándola, un ambiente gélido. Es de subrayar, por cuanto también se trata de clave explicativa necesaria e indispensable, que poco antes de desencadenarse las nevadas, se había producido un tremendo desplome térmico en las alturas de los Pirineos y de la Cordillera Cantábrica: en la madrugada del 6 de los corrientes la estación de Clot del Tuc de la Llança (Pallars Sobirá), a 2.350 m, registró -34,1 ºC; y un día después el observatorio de Vega de Liordes, a 1.872 m, en el sector leonés de los Picos de Europa, habría marcado -35,8 ºC. Al margen de que estos datos se homologuen o no como mínimas absolutas, lo que no ofrece la menor duda es la presencia, antes de la llegada de “Filomena”, de aire a muy baja temperatura en la troposfera libre. La interacción de este aire muy frío con el muy húmero movilizado e incorporado por la referida borrasca o ciclón extratropical causó las formidables e históricas nevadas que han colapsado Madrid y su área metropolitana, así como otros núcleos castellanos, castellonenses (Morella), aragoneses y catalanes, interrumpiendo o afectando muy negativamente las comunicaciones y, con ellas, la actividad en gran parte del país.

Tras las nevadas, la Meseta y un amplio entorno, el cubierto por aquellas, han registrado estos días pasados y conocen aún fortísimas heladas, con valores particularmente bajos en tierras turolenses (-26,5 ºC, en Calamocha; -25,4 ºC, Bello; -21,0 ºC, Teruel), sin olvidar -25,2 ºC en Molina de Aragón (Guadalajara). La ola de frío, que promete ir remitiendo en las próximas fechas, debe su intensidad a la conjunción de diversos mecanismos y procesos: el descenso a superficie y asentamiento del citado aire; ínfima recepción de la radiación solar en la combinación del elevadísimo albedo de la nieve (90 %) y la baja altura del sol en esta época del año (con incremento de las pérdidas por reflexión a causa de la oblicuidad de los rayos, más la reducción de aporte por unidad de superficie, -Ley de Lambert-, y el aumento de la detracción de calor al atravesar, -Ley de Bouguer-, un mayor espesor de masa atmosférica); déficit térmico agravado por la intensa irradiación nocturna, con la nieve como radiador integral, en una situación anticiclónica de cielos despejados.

Para continuar leyendo, suscríbete al acceso de contenidos web

¿Ya eres suscriptor? Inicia sesión aquí

Y para los que quieren más, nuestras otras opciones de suscripción

Compartir el artículo

stats