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Joaquín Rábago

El segundo “impeachment” de Donald Trump y el cinismo de los republicanos

Una imagen de Donald Trump.

Una imagen de Donald Trump.

Seguí el otro día, pegado al televisor como me imagino que tantos ciudadanos de nuestra “aldea global”, que dijo McLuhan, las intervenciones en el Congreso de EEUU a favor y en contra del segundo “impeachment” de Donald Trump.

Fue agotador escuchar una y otra vez cómo los demócratas acusaban al todavía Presidente de haber incitado con su arenga a sus fanáticos seguidores a marchar sobre el Capitolio mientras los republicanos intentaban, a su vez, relativizar lo ocurrido o culpar de la violencia a la propia izquierda.

Era un formato demasiado encorsetado sin la viveza que caracteriza, por ejemplo, los debates en el Parlamento británico: cada interviniente se limitaba a leer con mayor o menos pasión, especialmente acusada ésta en el caso de los afroamericanos, el papel que llevaba escrito.

Uno se preguntaba, por ejemplo, por qué los demócratas no replicaban inmediatamente a sus rivales cuando éstos los acusaban de doble rasero al no haber condenado los tumultos organizados por la izquierda tras la muerte por la policía de ciudadanos negros.

¿Cómo se atrevían algunos de esos legisladores republicanos a comparar la destrucción de coches o de comercios, violencia en la mayor de los casos espontánea y siempre reactiva, con el claro llamamiento del presidente del país a la insurrección contra otro poder del Estado?

¿Cómo minimizaban otros la gravedad de las palabras de Trump jaleando a sus seguidores poco antes de que ésos asaltaran el Congreso o si, la reconocían, decían oponerse al “impeachment” (destitución) del Presidente, porque agravaría, según ellos, las tensiones en un país profundamente dividido?

¿Por qué no sacaron a relucir los demócratas en todo momento el discurso de odio de Trump desde antes incluso de llegar éste a la Casa Blanca, discurso destinado siempre a deshumanizar a sus adversarios políticos, sus continuos abusos de poder, su desprecio de las minorías, sus incesantes mentiras?

Hablaban los republicanos menos fanatizados de la necesidad de calmar los ánimos, de reconciliar al país, pero se negaban todos ellos, con excepción de los diez valientes que votaron junto a los demócratas, a enfrentarse a un desvergonzado populista que parece haber secuestrado el partido de Abraham Lincoln.

¿No se percataban esos republicanos de la gravedad de lo ocurrido, de la deriva fascista de su comandante en jefe? Pecaban de ingenuidad como los millones de norteamericanos de a pie que se han tragado durante más de cuatro años las mentiras de un narcisista patológico hasta el punto de volverle a votar masivamente?

¿O se trataba de puro y simple cinismo o tal vez de miedo a sufrir, la próxima vez, el castigo en las urnas de unos ciudadanos que, desde la irrupción en la escena política de Trump, viven, gracias al poder de las redes sociales, en una realidad paralela que se niegan a abandonar?

El presidente electo, Joe Biden, habla continuamente de “salvar el alma” de la nación, de reconciliar a las dos mitades en las que el país parece irremediablemente dividido. Pero podemos ya predecir que, con o sin Trump, los republicanos no van a darle desde el primer momento tregua alguna. ¡Ya puede irse preparando!  

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